diumenge, 21 de juliol del 2013

Perversiones.


Fetiche.
Pervertir es jugar con el límite de lo permitido. Es una labor creativa que cambia el supuesto orden convencional del ser humano. Lo que sirve para cubrirse, puede servir para el goce. Lo que se ingiere, para untarse. Lo que se expulsa, para dar placer a otros. Es transgresión; o, traducción de las tendencias que reprimimos por el bien social. Aquello que ocultamos lo transformamos en perversión.

La historia de la perversión comenzó con la aniquilación del cuerpo humano. Ya desde Platón se consideraba al cuerpo como cárcel del alma. Obstaculizaba el acceso a las ideas y a un conocimiento superior. Posteriormente, el cristianismo recogía esta noción, pero aplicándola a la exaltación mística. El reducirse a la nada, mediante el sufrimiento y la degradación, conduce a la santidad, a la suprema sabiduría del alma.

Se hizo, entonces, de la destrucción del cuerpo carnal un arte de vivir. El cuerpo se mortificaba, se flagelaba, se le sometía a ayunos y a todo tipo de tormentos. Esta impulsividad autodestructiva, con el tiempo, fue considerada acto de desenfreno. En la Ilustración, se planteó si este acto de desenfreno formaba parte del lado oscuro de la naturaleza humana, o, si era fruto de una educación cultural heredada.

Sade consideró que sería la expresión pervertida del goce del cuerpo, negada durante tanto tiempo. Los libertinos, en aquella época, reivindicaron los placeres del cuerpo, a riesgo de perder el alma. La pasión prevalecerá sobre la razón y se creará un universo de pura transparencia sexual. La degradación ya no será puesta por orden divino, como camino hacia la santidad, sino que formará parte de la propia humanidad del hombre.

Sade será el escritor de la sociedad perversa, del desbordamiento de los sentidos. El mundo vivo será invertido: hay que buscar el último grado de lujuria en los seres. Con los actos sexuales más extravagantes, se borran las fronteras de la diferencia de sexos y se va a la sociedad más igualitaria posible.

La reacción a esta concepción de vida no se hizo esperar: se demonizó todo lo considerado perverso o que contravenía al orden natural. Homosexualidad, onanismo, felación, cunnilingus… todo se estigmatizó. Quién abrió una brecha en esta estigmatización, fue el paradigma darwiniano de la animalidad. El perverso ya no será quién desafía el orden natural del mundo, sino el que pone al hombre frente a su bestialidad original.

Se abren las barreras de las especies: al provenir el hombre del mono, surgen fenómenos como Drácula (el hombre mitad vampiro), o el hombre elefante (enfermedades que degradan al hombre a la condición de bestia). Freud también puso su granito de arena al definir la pulsión de muerte. Dijo que era la condición primordial de toda sublimación. Es el paso de la naturaleza a la cultura. Todo sujeto lleva en sí la perversión, y está en su mano sublimarla en forma de cultura.

Hoy en día, pensadores como Georges Bataille, dicen que el erotismo humano difiere de la sexualidad animal, que es puro instinto. En el hombre, en cambio, la sexualidad moviliza su vida interior. Ninguna subjetividad animal es susceptible de reconocer al otro como portador de una subjetividad idéntica a la suya. Nuestra sexualidad transgresora, como todo lo humano, tiene como fin hacer avanzar a la civilización.

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