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| El reino de los muertos. |
Las tumbas de los cementerios se prestan a la memoria y al olvido. El silencio de los muertos es un decir prolongado. Han dicho todo y sus palabras son envolventes. Dialogamos frente a sus tumbas, sabemos de antemano sus respuestas. Las escuchamos en el silencio de la muerte y a pesar de la muerte. A través de las inscripciones funerarias, comprendemos que al otro lado del muro del tiempo, hay alguien que nos habla. Esta lápida que está ante mí, me hace llegar el difunto con toda su vida.
Antes del duelo y del culto al muerto, ha tenido lugar el desgarramiento del ser. La ausencia mortal se convierte, entonces, en una sutil presencia que nos acompaña siempre. Cuando visitamos el cementerio, cuidamos las tumbas, y hacemos acto de presencia, nos llevamos el espíritu del difunto que vela por nosotros. Ubicamos un lugar, el cementerio, que simboliza el reposo y la sepultura. A partir del s.III la sepultura se considera lugar sagrado, y aparecen los ritos de bendición de los cementerios.
Se da una bendición solemne en el acto de inauguración del cementerio. Luego, a cada difunto, se le presta la oración y el rito de las exequias. El rito consta de tres partes: acompañamiento del difunto con oraciones al templo, celebración del oficio y traslado del cadáver a la tumba. En la primera parte, tiene lugar la procesión hasta el templo con cirios encendidos. Se eleva una oración ante el espectáculo de la muerte, que recuerda nuestra caducidad. Nos ponemos en lugar del difunto y prestamos nuestra voz para rogar por su buena suerte.
En la segunda parte, entramos en el templo material, símbolo del espiritual, donde se ruega el acompañamiento del alma al cielo. Se reza el oficio de Difuntos. Se declara que el difunto salió de este mundo en paz y con derecho a sepultura sagrada. En la tercera parte, frente a la tumba, tiene lugar la oración fúnebre, justo antes de la inhumación. El difunto, con su muerte, pasa a ser un profeta. Designa, en lo invisible, el comienzo de un universo sin exterioridad.
La música que acompaña la marcha fúnebre, el Réquiem, siempre es un “tempo lento”. Expresa una dialéctica del horror. Con pasos vacilantes, nos dirigimos en línea a lo desconocido. Hay conciencia de la muerte, del abismo de las profundidades, pero también conciencia de la contra-muerte. No tenemos aquí un lugar definitivo, pero estamos buscando el futuro. El despertar. Esperamos la metamorfosis. Se da una analogía con el nacimiento. Por eso, en muchas culturas se entierra en posición fetal.
Pero los ritos funerarios, en general, están destinados a poner una barrera al retorno del muerto. Porque el difunto se ha desplazado a una oscuridad fantasmal, de la que sólo puede venir el mal. Se ofrecen dones (alimentos, motivos varios y sacrificios en las tumbas), para que el alma no vague desconsiderada, y que la sepultura realmente retenga al cadáver. Siempre que se le rindiera al muerto el honor del entierro o cremación, su alma, su último aliento, seguirá viviendo serenamente en otro lugar.

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