dimecres, 17 de juliol del 2013

El olvido.


El mar quita y da memoria.
Hölderlin dice que el mar quita y da memoria. En el romanticismo temprano alemán, la noción de viaje, de partida, arrancaba al ser humano de la memoria de lo cotidiano, y lo llevaba al olvido de cuanto le rodeaba. Este olvido, producido por la distancia del viaje, era formativo; pues le permitía enriquecer su noción de mundo con la experiencia de mundos ajenos. El mar era el símbolo del viaje. El hecho de coger un barco en aquella época representaba, poco más o menos, que irse al fin del mundo.

Este es el sentido amable del olvido. Por eso, cuando estamos cerca de una persona con pérdida de memoria, la sentimos lejana, como si estuviera de viaje. Ha perdido el sentido de lo cotidiano, está allende los mares.

Pero el olvido también tiene otra función, y es, paradójicamente, la de la conservación del recuerdo. Porque no podemos retener todo lo que reclama nuestra atención, sino sólo lo útil, lo que es necesario para nuestra supervivencia. Se conserva sólo el recuerdo útil. Por eso, Bergson dice que la materialidad coloca en nosotros el olvido. Es el olvido de reserva o recurso. Se sustrae a la vigilancia de la conciencia.

Se denomina también la técnica de lo finito, por ir erosionando la amplitud de la memoria, y reduciéndola a la expresión de lo útil. Volviendo a la teoría de la reminiscencia platónica, el olvido sería aquello que el nacimiento no pudo borrar, y del que se nutre la reminiscencia. Así es posible aprender lo que nunca se dejó de saber. Es el olvido que preserva, que hace posible la memoria.

Heidegger insiste en que el recuerdo sólo es posible sobre la base de olvidar. El olvido abre el horizonte de posibilidad del recuerdo. Se enfrenta a la noción de olvido como destructor. El olvido destructor es el pasado que ha sido. En cambio, el que fue, preserva. En el primero, ya no podemos actuar sobre él. Es la ausencia del pasado. En el segundo, sí; el olvido se puede retomar o repetir.

En este olvido positivo se acopla el “adelantarse” con el “venir hacia atrás”. Según Koselleck, el olvido se sitúa entre el horizonte de espera y el espacio de experiencia. Es la reanudación. Y el origen común tanto al destruir como al construir. El olvido es un trabajo de erosión y de mantenimiento. Así se estabilizan los niveles de vigilancia de atención a la vida.

Finalmente, otra función más del olvido revelaría el lado astuto del inconsciente. Al borrar las impresiones y los proyectos del ser humano, lo convierte en funcional para su relación de convivencia con los demás. Es la dimensión ética de la represión. El olvido de aquello que puede obstaculizar la integración.

Y he aquí cómo nos narramos o relatamos nuestra identidad. Olvidamos aquello que no nos gusta para configurarnos en nuestra personalidad. Las estrategias del olvido se injertan en este trabajo de configuración. Es la dimensión selectiva que necesitamos para constituirnos. Suprimimos, desplazamos, refiguramos nuevos contornos de nuestra acción diaria.

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