dimecres, 3 de juliol del 2013

Mujer cibernética.

Estadística sexual.
En la época medieval, los caballeros acostumbraban, al irse de cruzadas, a imponer a sus mujeres el uso del cinturón de castidad. Así se aseguraban la fidelidad, y el no hallarse, a su regreso, con el encuentro de hijos postizos. El control sexual de la mujer siempre ha sido una premisa en todo tiempo y lugar. Los tiempos actuales dan la apariencia de liberación, pero sigue habiendo un sustrato mayúsculo en donde el cinturón de castidad sigue existiendo, aún de diferentes modos.
 
Fue el caso de una mujer, que se casó muy enamorada de un hombre, y que con el tiempo descubrió que era un controlador obsesivo. Amante de la cibernética, trasladó el control de la información, al control sexual de su mujer. Controlaba los orgasmos y los apuntaba en una agenda. Luego, confeccionaba gráficos en los que medía también la intensidad del placer.
 
Llegó a un punto de obsesión en el que convenció a la mujer de instalarle en la vagina una cámara y unos detectores que, programados, emitían señales de frecuencia. El único destinatario era su dominio on-line, a través del cual, visualizaba los orgasmos en el smartphone.
 
Así, estuviera donde estuviese, un pequeño pitido le avisaba de que su mujer iba a correrse, y la cámara le mostraba si estaba sola o acompañada. La mujer participaba del morbo, y el marido entusiasmado, decidió él mismo provocarle los orgasmos, activando los microchips de la vagina a modo de vibradores. Cuando se hallaba en las situaciones más inesperadas, en el trabajo de recepcionista, hablando con clientes;o, en la compra, pagando en la caja, él le activaba los sensores, y, ella, bajo un sudor frío, tenía que balbucear una excusa y encaminarse hacia el lavabo.
 
La situación se tornó insufrible. El marido cada vez más ciego activando los sensores; la mujer, consumida, sólo lloraba de desesperación. Hasta que una amiga le mostró la solución. Le dijo que convenciera a su marido de incrustarse en el pene un anillo-sensor para que él sintiera también un placer inmenso que sobrepasara al suyo. El marido aceptó y se lo incrustó, y ahora era ella la que activaba sin parar los sensores.
 
El marido le pedía más y más. Dejó el trabajo, el círculo social, los hobbies, y hasta dejó de dormir. Se convirtió en un zombie. Actualmente, ella lo lleva a pasear cada mañana por el parque. Y cuando se sienta en un banco para contemplar el paisaje, junto a él, activa desde el smartphone los sensores; pero no los del pene, sino los de su vagina.

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