dissabte, 1 de juny del 2013

Yo siento.


Sentimiento.
Si nos perturbamos ante una emoción, sea del cariz que sea, reclamamos la atención de los demás. Enseguida, los seres que nos rodean, acuden a la llamada e intentan aplacar esa emoción. El objetivo es conseguir que no sobresalga demasiado para evitar, así, el contagio a modo de epidemia.

Ya desde la Antigüedad el sentimiento era perturbación. Se consideraba al sentimiento como una alteración del ánimo que debía ser controlada e incluso eliminada por la razón. Era locura. La locura inspiraba al poeta, que se creía poseído por un dios. Venía de fuera y tomaba posesión del alma. Según Platón había cuatro tipos de locura: la profética, la ritual, la poética y la amorosa. Todas eran divinas y venían acompañadas de entusiasmo. Se trataba de un sentimiento que elevaba a la persona por encima de lo normal y cotidiano.

Para el cristianismo, este sentimiento sería la “moria”, una nueva forma de sabiduría que queda expresada en San Pablo: “Cristo crucificado es escándalo para judíos y locura para los paganos”. Es la sabiduría de la simplicidad. El sentimiento es un saber primario e inmediato, así como el entendimiento es mediato.

Durante la modernidad, pasó a ser una de las facultades básicas humanas, junto a la voluntad y el pensamiento. El sentimiento es el que experimenta con la realidad y los valores, y es, asimismo, capaz de juzgarlos. Su papel adquirió cada vez mayor importancia hasta llegar al romanticismo, donde se consideraría el sentimiento como la intuición de la realidad última. Era la única facultad capaz de expresar la naturaleza y sus formas. Véase los románticos cuadros de Gáspar David Friedrich.

Después de esta avalancha idílica, se intentó reducir los sentimientos a meras sensaciones, pero vieron que la vida emocional tiene una intencionalidad mayor, que sobrepasa al sujeto para acercarse al objeto. Y se pusieron a estudiar este grado de acercamiento, surgiendo así la clasificación de sentimientos actual.

Primero, existen los sentimientos más cercanos al contenido sensible (siento dolor porque me quemo). Segundo, los sentimientos vitales, como el bienestar y el malestar, que contienen una carga mayor de continuidad. Ya no son tan puntuales como los primeros. Tercero, los sentimientos anímicos, como la melancolía o el alborozo, que son ya intencionales. Pertenecen directamente al yo, y difícilmente se alteran por el estado somático. Finalmente, los sentimientos espirituales, que brotan de la última hondura de la persona. Ya no están sometidos a las vivencias personales. Constituyen el ser y el valor de la persona misma, como la beatitud y la paz.

Cabría decir, y ¿cómo se siente nuestro yo? ¿Cómo vivenciamos cada uno de nosotros la realidad? ¿Sentimos nuestro propio poder y valor? ¿Cómo sentimos las exigencias que la lucha por la vida supone? Así, del modo como sintamos, podemos ser personas más sensitivas, pendientes sólo de nuestros dolores y placeres. Personas vitales, que persiguen el bienestar general. Más anímicas, sujetas a las vivencias personales que nos proporcionan alegría o melancolía. O bien, personas con un sentimiento más ligado al valor de la persona y que quizá nos proporcione una serenidad del alma.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada