dilluns, 10 de juny del 2013

Bajada a los Infiernos.


La muerte.
Donde fluyen las aguas del Aqueronte, a su paso por Efira, en Grecia, existe un santuario que posee la entrada al Hades, las puertas del Infierno. Actualmente, lo cubre una pequeña iglesia bizantina junto al cementerio del lugar. Y allí, al lado de una tumba, se vislumbra un orificio que conduce a lo más recóndito. En esa oscuridad siniestra se halla el santuario, donde se ofrecían sacrificios y se consultaba a los muertos. La persona que pedía consejo era acogida por un sacerdote y, durante veintinueve días no podía volver a ver la luz del sol. Conducida por laberintos oscuros y tras largos días de duermevela, la víctima atravesaba el último portal y penetraba en el reino de las sombras. Allí, en un hoyo, depositaba la sangre de los sacrificios para dar de beber a los muertos. Así era como obtenía su respuesta.

¿Y qué nos pueden decir los muertos, si no hablarnos de su propia muerte? La muerte es la propia muerte, irreductible e intransferible. Es la conversión de un ente del modo de ser al modo de ser de no existir más. La experiencia de la muerte nos está vedada como tal y sólo podemos hacernos una idea mediante la muerte de los otros. Acompañando al moribundo y luego al difunto, asistimos a su experiencia, pero no podemos asumirla como nuestra. La muerte es un concepto límite.

Es el fin que amenaza al hombre. Y el hombre sólo puede anticiparse a la consumación final. Como el hombre es un ser abierto a sí mismo, puede anticiparse a sí, y vivir vuelto hacia el fin. Es la entrega a la muerte, que produce angustia en el hombre. Por eso el hombre huye de este estado, ocupándose de realizar cosas. Incluso al moribundo se le consuela diciendo que pronto volverá a la cotidianidad, a ocuparse de las cosas del mundo.

La muerte hay que sobrellevarla como posibilidad, es la más extrema posibilidad de existencia. Y al adelantarnos a ella, comprendemos más nuestra existencia. La muerte nos abre más a nuestro propio ser, porque lo pone radicalmente en juego. Lo aparta del estar realizando cosas para el existir. Lo deja, en cierta manera, libre, para poder estar con su propio proyecto de ser. Aísla a la persona, la saca de ese estar en medio de las cosas y de los otros. Es la renuncia de sí misma para poder estar entera. A partir de ahora la persona ya no estará perdida entre las cosas, sino sumida en la certeza. La certeza de la muerte le abre a su propio ser.

El consultante, después de haberse comunicado con los muertos, era extraído del recinto sagrado por los sacerdotes, y depositado, completamente aturdido, a las orillas del Aqueronte; para emprender a solas el camino de regreso. Durante el trayecto, se cuestionaba si todo aquello había sido un sueño. Un sueño que lo apartaría para siempre de la realidad.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada