| Sombra. |
Este artículo es la continuación del primero “A la caza del alma”, precisamente donde lo dejé, en la caverna platónica. Mencionaba lo sorprendente de aquella sombra infravalorada, que ahora se hacía dueña de la realidad, captando lo más sublime de ella, el alma. Pero no sólo ha conseguido este objetivo, sino que además ha sumido a la realidad misma en una sombra.
Hoy en día la realidad no se soporta si no es a través de la imagen. La imagen es la que confiere certeza a la realidad. La fotografía es la prueba judicial para constatar que aquello que nos ha sucedido es real. Las fotografías confieren realidad, y por eso hoy en día, nos queremos retratar. A diferencia de la concepción mágica de antaño, en que la fotografía te robaba el alma, ahora te concede la certeza de la realidad (soy yo porque salgo retratado en esta foto). La realidad en sí no se puede poseer, pero sí las imágenes, y ser poseído por ellas.
La fotografía nos ha cambiado la mirada que tenemos del mundo. Ahora podemos apresar, con ella, todas las temáticas y desde todos los ángulos posibles. Hasta lo que es discontinuo en la realidad, mediante las imágenes, puede unirse y narrarse, ser dicho. Accede a realidades remotas y de muy difícil conquista, y les impone que se detengan; incluso que se amplíen. Magnifica detalles diminutos y los yuxtapone. Así cualquier cosa puede ser relacionada con cualquier otra. Es un medio transformante de la realidad.
La fotografía puede así transformar la conducta, predecirla e interferir en ella. Ofrece posibilidades de control, inimaginables para otros medios como, por ejemplo, la escritura. Nos hace consumir acontecimientos para integrarlos en nuestra experiencia. Por eso preferimos este mundo de apariencias, de huellas de las cosas reales. Creemos así que encontraremos la estructura del mundo, que lo embelleceremos, o le arrancaremos la máscara. Revelaremos la realidad oculta. Arrancamos las cosas del contexto, para verlas de una manera nueva.
Es un medio revolucionario y provocador. Puede optar por lo marginal, resquebrajando así la fachada burguesa de la sociedad. Encuentra otro mundo dentro de éste. Descubre extremismos: lo feo, lo adverso, lo monstruoso. Nos hace escapar de la seguridad y del tedio de un mundo demasiado racional y convencionalizado. Pero, a su vez, la fotografía tiene su lado oscuro.
El lado vergonzoso o cobarde de la fotografía es su “voyeurismo”. Es un modo de no intervención. No dañas el mundo, pero a la vez te posicionas de una manera cobarde frente a él. Hasta la fotografía más comprometida acaba adormeciendo la conciencia de las personas, por no decir que las relaja frente al esfuerzo que supone el estudio de la cultura. La fotografía suele ser la fuente de información de la gente inculta. Y, además, es engañosa: nos dice que el mundo está más disponible de lo que está en realidad. Unifica la significación de todos los acontecimientos. En la imagen lo sucedido siempre será igual, en cambio, en el mundo real, nadie sabe lo que va a suceder.
Paradójicamente, hemos regresado otra vez a la caverna platónica. Estamos ante ese mundo de sombras que creemos real. Quizá, entonces, el verdadero conocimiento lo tengamos que buscar por otro lado.
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