| El camino del suicidio. |
Se trata de una temática tabú donde las haya. Imputada, perseguida, denostada y anatemizada, ha sido ocultada y negada como si no formase parte de la realidad humana. Pero está ahí: las personas tienen capacidad decisoria de poner punto y final a su vida; y lo han hecho, en todas las épocas y lugares.
El suicidio se ha equiparado de traición, al modo de Judas, de un acto egoísta y cobarde, mediante el cual el hombre renuncia a la vida por muy diversas razones. Las principales son el reclamo, bien por una cuestión pasional (pérdida de una relación), ideal (por mor de la comunidad) o reivindicativa (solidaridad con un evento); y, la pérdida del sentido de la vida. Cuando ya no se tiene, surge el deseo de abandonar el engranaje vital, para evitarse así la enfermedad, la vejez, y la agonía final.
Esta traición a la vida, no se puede revelar por miedo al contagio. Y el agente principal del contagio es la prensa. Los medios de comunicación optan, pues, por el silencio para no atraer el efecto viral (como se ha producido con los desahucios, con el crack del 29, o con el suicidio de algún ídolo juvenil). Y se ha optado también por el castigo: no poder ser enterrado en tierra santa, que la familia herede las deudas y la vergüenza, no cobrar jamás de las compañías aseguradoras, y un largo etc…
Pero la persona que opta por el camino del suicidio, está buscando una solución a un sufrimiento profundo e irreversible para ella. Está buscando el cese de la conciencia. Según Freud, antes de llegar a esta búsqueda, se ha producido la ruptura de las defensas del ego y se ha liberado una energía instintiva y destructiva. Ante la pérdida, sea de la índole que sea, el suicida quiere agredir al objeto antes amado e introyectado. Se producen unas heridas narcisistas enormes, que hacen que una parte del ego se establezca contra los demás. De ahí que el suicida comunique siempre sus intenciones.
Está invadido por el sentimiento de rechazo, alienación y soledad. De esta guisa, se sitúa ante la incomprensibilidad del vivir. Es incapaz, entonces, de tener flexibilidad y adaptación mental. Carece de la interpretación de los acontecimientos que le suceden. Es la experiencia de la impotencia ante la vida. Se resuelve, entonces, por regresar al Paraíso Perdido.
Antiguamente, no se podía concebir el atentado contra el impulso de conservación. Era el destino quien fijaba la vida, y nadie se podía interponer a él. Mucho menos anticiparse a lo que ha sido ya prefijado. Desde Sócrates el sentido de la vida está tan lejos de nosotros como la vida misma. No se nos desvela por completo en ningún instante de la misma. El suicidio quedaba así fuera de toda normativa. Kant decía que quien niega el interés en la propia existencia, y lo aparta de la red de relaciones que une a los seres humanos, no puede medirse con las normas que rigen dentro de la red.
Con el suicidio el hombre renuncia a su autonomía y libertad. Sería el miedo a la libertad ya señalado por Eric Fromm. La persona, mediante este acto, demuestra que sólo se entiende a sí misma como medio para alcanzar deseos. Y si éstos se frustran, entonces se quita a sí misma de en medio. ¿Nos consideramos, pues, sólo como simples medios?
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