| Personas abiertas a los demás. |
En un diálogo “mayéutico” sobre la fragmentación de la personalidad en el uso de las redes sociales, se vino a cuestionar, en torno a su enriquecimiento, la noción de persona.
Desde la bien temprana Grecia, se concibió a la persona con una simple nota: la expresión. Uno de los grandes logros griegos fue la invención del teatro. En el teatro, los actores representaban a los héroes clásicos, y para su actuación hacían uso de una máscara con forma de embudo, con el fin de hacer resonar la voz. A esta máscara se la denominaba “persona”. Era lo sobrepuesto al individuo. Lo que el hombre expresaba.
Con el primer cristianismo, a esta noción se le añadió otra más: la propiedad. Como una sinfonía a la que se le iban añadiendo entradas musicales, la persona se expresaba ahora a sí misma en sus propias acciones. Descubrieron que la persona tenía, así, una propiedad distintiva.
Llegó San Agustín y a esta propiedad distintiva le añadió la noción de interioridad. La persona es persona gracias a la experiencia de su interioridad. El hombre, entonces, empezó a relacionarse consigo mismo de una manera ya muy concreta y real.
La sinfonía se amplió con la llegada del medioevo: se le añadió la nota del “sui juris”. La persona existe por derecho propio, es un ser suyo.
Con la modernidad este ser suyo se piensa en distintos tiempos y diferentes lugares, y lo hace porque siente que es dueño de sus propias acciones. La conciencia del hombre va creciendo a pasos agigantados, hasta considerarse una unidad que se define con elementos procedentes de sí misma.
Pero faltaba la coda de la sinfonía, y se la puso Kant: la noción de libertad. La persona es una unidad psicofísica, pero no determinada en su ser, sino libre. La persona es independiente de la naturaleza, es capaz de crear, valorar, y someterse a unas leyes propias. Fue el gran descubrimiento: ver que se podía constituir a sí misma.
Con este descubrimiento entramos, de lleno, en la contemporaneidad: la persona se construye a sí misma. Para construirse trasciende lo natural. Este sentimiento de trascendencia le lleva a superar los límites de su propia subjetividad. El hombre se siente persona cuando se abre a lo otro (se sacrifica por amor a otro ser, a la especie, a los valores, al conocimiento de una verdad objetiva…) Entonces el hombre, su persona, se siente un ser auténtico y ético.
A modo de conclusión de esta sinfonía de la persona, podríamos plantear si construimos con autenticidad y valor nuestra vida, y si ese “ser auténtico” lo plasmamos en todos los ámbitos. Especialmente, en el de las redes sociales, que es el más rompedor. ¿Nos abrimos a los otros, o nos ocultamos? ¿Estamos construyendo nuestra personalidad, paso a paso, con la experiencia que nos proporcionan las propias acciones? O quizás, emulamos ídolos para no enfrentarnos al vacío de construir nuestro ser de la nada. La solución,pues, queda a vuestra consideración.
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