dilluns, 27 de maig del 2013

Matar al diablo.


Baco en pleno festejo.
Todo empezó con la pregunta de por qué el mal, la limitación, la privación, el daño, el dolor, el sufrimiento sin fin, la enfermedad. Sin hallar respuestas, los hombres se pusieron en marcha e intentaron paliar aquello que presuponían lo causaba: la inconsciencia, mediante la razón y la responsabilidad; la injusticia, mediante una sociedad más justa; la enfermedad, mediante el avance de la medicina; la locura, mediante la psiquiatría; la limitación, mediante el progreso; la crueldad, mediante la bondad; la incultura, mediante el estudio. Pero siempre quedaba un resto, una presencia que hacía que todo aquello construido por el hombre un buen día se desmoronase (catástrofes, guerras, malentendidos, ideologías malditas, enfermedades monstruosas). Y los hombres empezaron a preguntarse si habría algo más allá de la realidad, que parecían controlar, que pudiera provocar todo aquello. 

Empezaron creyendo en el bien y el mal, que como una batalla celestial, se agredían mutuamente para adquirir la supremacía. Después se dieron cuenta de que no podían estar igualados, pues el mal necesita del bien para ser, pero el bien, no. Lo bueno puede ser en sí mismo, pero el mal siempre tiene como referencia al bien (la enfermedad es enfermedad con respecto al cuerpo sano). Si parecía, entonces, que el bien era superior al mal, ¿cómo permitía la existencia del mal? 

Se estudió la naturaleza del bien para comprender cómo podía contener lo adverso a él. Pues el bien, la plenitud, tenía que ser omnipotente también, y si lo era, contenía a la realidad en su totalidad con lo adverso incluido. La bondad, en tanto bondad, no puede forzar a ningún ente a que sea bueno. La bondad si es bondad dota de libertad a los entes, para que quieran compartir con ella su ser buenos. Si eligen ser adversos, los contiene igualmente, pues forman parte de la esencia de su libertad. 

Este ser adverso, elegido por sí mismo, tiene muchos nombres: el ángel oscuro, el diablo, el demonio. Y su adversidad: la malicia, el maleficio, lo diabólico, causan y provocan el desequilibrio en lo que tendría que ser llevado a la plenitud (el hombre, el mundo). Para su reparación, el hombre desarrolló un ámbito religioso que le religara con la plenitud y le ofreciera unas herramientas. Los utensilios que cosen las heridas de lo maléfico son los ritos. 

Desde la prehistoria los hombres han utilizado los ritos: para poder cazar, para las cosechas, la fertilidad, la sanación. Actualmente, se denominan sacramentos, y los hay de iniciación a la vida, de penitencia, de matrimonio, de sacerdocio, de unción de enfermos. Y dentro de la enfermedad, se consideran los ritos del exorcismo (a modo de enfermedad para sanar, el exorcismo sana de la presencia maligna). 

Hoy, en día, los exorcismos se han puesto de moda, pues parece que la presencia del maligno va a más. ¿Qué quiere el diablo? Según la simbología cristiana, al diablo le queda poco tiempo para el Juicio Final, y los tiempos actuales son proclives a hablar del fin del mundo. Ya está todo dicho.

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