divendres, 28 de juny del 2013

El exilio.

Exiliados.
¿Quién no se ha sentido exiliado alguna vez de su casa, su familia, su ciudad o su tierra? Por mucho que nos interpela un pensamiento globalizado que sugiere la similitud de lugares y gentes, siempre nos queda la intuición de que has sido arrojado al mundo, sin ubicación.
En el exilio español de la guerra civil, el sentimiento era unánime. Arrojados, expulsados, sin tierra, miles de seres humanos trataban de encontrar su ubicación allende.
Entre ellos un grupo de filósofos: José Gaos, García Bacca, María Zambrano, y José Ferrater Mora. En todos, enraizaba el pesimismo en cuanto a la naturaleza humana. Cruel y despiadado, el hombre sólo daña. Y bajo esta premisa cada uno de ellos buscó qué es lo que podía humanizar a esta naturaleza maldita
.
José Gaos lo halló en la carícia. Es un acto que requiere la aceptación y comprensión del otro. Era un filósofo que creía más en los sentimientos que no en los sistemas de ideas. Para Gaos existen sólo verdades contingentes sometidas a la experiencia del tiempo. Lo decisivo es lo concreto y personal, no lo abstracto o genérico. Lo que importa es nuestra relación con los demás. La verdadera realidad es nuestra vida, el aquí y el ahora, conviviendo con los demás, más o menos próximos en el espacio y el tiempo.
Para García Bacca, el hombre es un "homo faber", que con su trabajo y técnica supera el mundo natural y le permite liberarse. Pero ha de atender al peligro de la cosificación, que las cosas creadas no se pongan a ser por sí mismas, sino a ser por y para el hombre. Es también un humanista que cree en el hombre concreto.
Al igual que María Zambrano, que parte también de la existencia concreta del hombre. María busca la paz, huyendo del odio fraternal de su tiempo. Para ella el ideal es la amistad. Y la unidad de todo la halla en la razón poética.

Ferrater Mora sigue también esta línea de pragmatismo, realismo o posibilismo. Se inclina por establecer compromisos con la realidad. No se separa tampoco de la noción de experiencia, para abrirse a la pluralidad de formas de ser y de comportamiento. Es un gran compilador de la cultura filosófica. Posee una gran humildad que le permitió fijarse más en las ideas ajenas que en las propias, y difundir el pensamiento universal. Su posicionamiento es el término medio para superar lo antitético. Su filosofía permanece atada a lo dado, careciendo de la dimensión utópica y trascendental de los grandes pensamientos.

El sufrimiento del exilio dota de grandes dosis de humanidad, y valoración de la vida en su cercanía y humildad. Vale la pena, pues, sentirnos todos un poco exiliados y rendir homenaje a estos grandes hombres y mujeres que dejaron tras de sí a lo más querido.

dijous, 27 de juny del 2013

Fuego Ígneo.

Hoguera.
 Las fiestas del fuego son hechizos solares que se celebran en diversos lugares de Europa. Son ceremonias mágicas para asegurar la provisión de luz solar. Se realizan encendiendo fuegos (como el de San Juan) que imitan en la tierra al gran manantial de luz y calor en el cielo. Sus efectos son benefactores y purificadores. Promueven el desarrollo de los cultivos, favorecen la salud y la felicidad, y purifica de los elementos nocivos.
Siempre se ha identificado la luz con la vida. Existe una tradición mítica que ha tenido la luz como un principio superior, purificador, que conduce el movimiento del mundo. Con la luz, las plantas crecen y los seres vivos perciben. Esta percepción o visión Platón la identifica con el conocimiento. De tal manera que lo que no es conocimiento verdadero se convierte en ceguera. La luz sensible es así la imagen del mundo inteligible.

Lo sensible en Platón es la multiplicidad de las cosas en cuanto son materia de opinión. Lo inteligible son las cosas en cuanto son verdaderas. Para Aristóteles las cosas sensibles son el objeto de los sentidos. En cambio, las cosas inteligibles son objeto del pensamiento. Así como en Platón, lo sensible y lo inteligible están separados, siendo lo inteligible el modelo de lo sensible; para Aristóteles no hay separación, hallándose de algún modo lo inteligible en lo sensible. Muchos filósofos han hablado de un mundo inteligible como el mundo de las ideas platónico, o de lo inteligible como lo cognoscible mediante el intelecto. Sería el aspecto racional de la realidad, hallándose en lo real. En el racionalismo se ha admitido el mundo de lo inteligible y su cognoscibilidad. El empirismo, en cambio, lo ha rechazado. Kant lo ha declarado incognoscible, pues lo identifica con el mundo de la cosa en sí. Lo cognoscible es el mundo accesible al sujeto cognoscente mediante formas y conceptos a priori. Lo apriori es lo que hace posible el conocimiento.

Podemos pues decir que la luz nos hace inteligible la realidad. La vemos en su ser. Nos abre el espacio (como una de las formas a priori) y las cosas que hallamos en él. Para Kant la experiencia externa sólo es posible por la representación del espacio. Por eso el espacio es una forma a priori de la sensibilidad. Es una representación necesaria que se da antes que todo y que sirve de fundamento a las intuiciones externas. El espacio es la condición de posibilidad de los fenómennos. No es una propiedad de las cosas, sino la única condición subjetiva de la sensibilidad. Es como un esquema que surge para la coordinación de todos los sentidos externos. ¿No os sentís hechizados por la luz?

dijous, 20 de juny del 2013

El suicidio.


El camino del suicidio.
Se trata de una temática tabú donde las haya. Imputada, perseguida, denostada y anatemizada, ha sido ocultada y negada como si no formase parte de la realidad humana. Pero está ahí: las personas tienen capacidad decisoria de poner punto y final a su vida; y lo han hecho, en todas las épocas y lugares.

El suicidio se ha equiparado de traición, al modo de Judas, de un acto egoísta y cobarde, mediante el cual el hombre renuncia a la vida por muy diversas razones. Las principales son el reclamo, bien por una cuestión pasional (pérdida de una relación), ideal (por mor de la comunidad) o reivindicativa (solidaridad con un evento); y, la pérdida del sentido de la vida. Cuando ya no se tiene, surge el deseo de abandonar el engranaje vital, para evitarse así la enfermedad, la vejez, y la agonía final.

Esta traición a la vida, no se puede revelar por miedo al contagio. Y el agente principal del contagio es la prensa. Los medios de comunicación optan, pues, por el silencio para no atraer el efecto viral (como se ha producido con los desahucios, con el crack del 29, o con el suicidio de algún ídolo juvenil). Y se ha optado también por el castigo: no poder ser enterrado en tierra santa, que la familia herede las deudas y la vergüenza, no cobrar jamás de las compañías aseguradoras, y un largo etc…

Pero la persona que opta por el camino del suicidio, está buscando una solución a un sufrimiento profundo e irreversible para ella. Está buscando el cese de la conciencia. Según Freud, antes de llegar a esta búsqueda, se ha producido la ruptura de las defensas del ego y se ha liberado una energía instintiva y destructiva. Ante la pérdida, sea de la índole que sea, el suicida quiere agredir al objeto antes amado e introyectado. Se producen unas heridas narcisistas enormes, que hacen que una parte del ego se establezca contra los demás. De ahí que el suicida comunique siempre sus intenciones.

Está invadido por el sentimiento de rechazo, alienación y soledad. De esta guisa, se sitúa ante la incomprensibilidad del vivir. Es incapaz, entonces, de tener flexibilidad y adaptación mental. Carece de la interpretación de los acontecimientos que le suceden. Es la experiencia de la impotencia ante la vida. Se resuelve, entonces, por regresar al Paraíso Perdido.

Antiguamente, no se podía concebir el atentado contra el impulso de conservación. Era el destino quien fijaba la vida, y nadie se podía interponer a él. Mucho menos anticiparse a lo que ha sido ya prefijado. Desde Sócrates el sentido de la vida está tan lejos de nosotros como la vida misma. No se nos desvela por completo en ningún instante de la misma. El suicidio quedaba así fuera de toda normativa. Kant decía que quien niega el interés en la propia existencia, y lo aparta de la red de relaciones que une a los seres humanos, no puede medirse con las normas que rigen dentro de la red.

Con el suicidio el hombre renuncia a su autonomía y libertad. Sería el miedo a la libertad ya señalado por Eric Fromm. La persona, mediante este acto, demuestra que sólo se entiende a sí misma como medio para alcanzar deseos. Y si éstos se frustran, entonces se quita a sí misma de en medio. ¿Nos consideramos, pues, sólo como simples medios?

dimarts, 18 de juny del 2013

"Angelus".


Angeles.
La transmisión de la información en internet se produce a una velocidad de vértigo. Cada usuario puede comunicarse con cualquier otro o con multitud de ellos, en milésimas de segundo, y cruzando espacios siderales. La presencia física del cuerpo es innecesaria, sólo el pensamiento es lo que cuenta. ¿No os recuerda esto al mundo angelical?

En la tradición judeo-cristiana, los ángeles nos aparecen como seres espirituales, puras inteligencias y mensajeros que mueven el entendimiento iluminándolo. En el mismo instante en que quieren manifestar el conocimiento, éste ya es conocido. Su operación intelectual es independiente del lugar y del tiempo. Pueden hallarse en muchos espacios a la vez, y mantienen una comunicación ininterrumpida. Su movimiento es instantáneo y el conocimiento simultáneo.

¿Cómo es posible el conocimiento en sí? El fenómeno del conocimiento tiene lugar cuando un sujeto aprehende un objeto. Presupone la copresencia de los dos elementos. El objeto debe ser trascendente al sujeto. Estar más allá, pero al aprehenderlo, el objeto se sitúa de alguna manera en el sujeto. No está ni física ni metafísicamente, sino “representativamente”. Cuando el sujeto aprehende el objeto, lo representa. Y al representarlo tal cual es, el sujeto tiene un conocimiento verdadero del objeto. Si no lo representa bien, el conocimiento es falso.

Hay diversos modos de capturar objetos, y la finalidad de su aprehensión es para decir algo de ellos; para proporcionar enunciados. Los enunciados son unidades significativas, que significan. Y estas significaciones que se dan en la conciencia intencional cuando procedemos a describir lo dado, fenomenológicamente, son las “esencias”. Así tenemos que el predicado de los enunciados puede designar la esencia, la naturaleza o la forma de aquello que conocemos. Proporciona una definición esencial, necesaria y suficiente.

Cuando aprehendemos una tonalidad de color rojo, por ejemplo, se nos da en la conciencia intencional, que aprehende, la esencia rojo. Así, en el flujo de lo vivido por la conciencia intencional se hallan expresiones y significaciones varias, que al rellenarse se adoptan como esencias. Si hay adecuación entre la expresión y la esencia se da entonces la intuición esencial. Aquí ya nos acercamos bastante al conocimiento angelical.

La esencia se dice de aquello por lo cual y en lo cual la cosa tiene ser. Mientras las cosas, los hechos, son temporales y se dan con posterioridad; las esencias son intemporales y aprióricas. Se les llama también universales concretos y pueden ser formales o materiales, según el ratio de su aplicación. Pero lo más importante de la esencia es que estructura la realidad, al ser aquello por lo cual la realidad es tal cual.

Si poseemos intuición esencial y sabemos que la esencia es la base de la realidad, ya hemos hecho el trabajo de los ángeles. Dice Santo Tomás que los ángeles conocen por esencias. De ahí su conocimiento instantáneo y simultáneo. Como los dígitos infinitos del mundo de la información, los ángeles son miríadas comunicantes que nos acompañan en nuestro pensamiento. ¡Que sea para bien!

diumenge, 16 de juny del 2013

"Humanitas".


Cultura.
En los tiempos actuales de la comunidad virtual o cibercultura, se cuestiona qué clase de educación y cultura tenemos y qué es lo que queremos transmitir a nuestros hijos. Ante la crisis económica y la revolución digital, que hacen que sólo pensemos en una salida profesional para sobrevivir, ya se han levantado voces proclamando la muerte de las humanidades y el triunfo de una visión individualista y pragmática-económica del hombre. Dicen que esta visión nos conducirá al fin de la democracia, pues sin humanidades, careceremos del espíritu crítico para fomentar aquellas oportunidades que toda democracia promueve, y que son: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad para todos.

Pero, ¿qué son las humanidades? Las humanidades son el estudio de la “humanitas”, la cultura y el espíritu de la humanidad, transmitidas mediante la educación. Una educación humanizada busca el ideal del hombre genérico en su validez universal y normativa. La búsqueda de este patrón empezó ya en Grecia. Los griegos fueron los únicos que buscaron la ley que rige las cosas mismas, y trataron de regir por ella la vida y el pensamiento del hombre. Adecuaron la educación del hombre según su auténtico ser.

La naturaleza del hombre consiste en decir lo que son las demás cosas. El hombre genera así cultura, incorpora valores a lo que le rodea. Humaniza la realidad. Transforma el mundo y simultáneamente se transforma a sí mismo. Y discute el sentido de esta transformación y se lo apropia, creando objetos culturales. Según Ortega y Gasset el hombre bucea así en su existencia para no hundirse.

En este bracear obtiene la visión del mundo, el conjunto de la realidad y su sentido. Para ello ha combinado tanto elementos intelectuales como emotivos. Por eso se debe educar tanto la capacidad de reflexión como la capacidad de reconocer al otro como persona y preocuparse por todo el desarrollo de su vida (infancia, adolescencia, vejez). Se debe educar en la búsqueda del bien común para todos y en el reconocimiento de la debilidad y emoción humana, porque ello nos hace sociables y nos conduce a la humanidad. Dejamos de vernos como perfectos, invulnerables y que lo controlamos todo.

Eduquemos en empatía, para ver y tratar a los demás como seres diferentes con derecho a tener vida propia. Y también estimulemos a pensar. Es aprender a examinarse uno mismo para no dejarse influir por cualquier ideología. Cultivar la comprensión del otro, en eso consisten las humanidades.

Esta comprensión se vislumbra como un horizonte. Es el mundo circundante vital que poseemos todos. Las redes sociales como Facebook expresan el mundo circundante vital de la gente. A través de ellas, como una filmografía, vemos cómo están en el mundo nuestros conocidos y qué horizonte vital poseen. Si es muy limitado o amplio. Si han accedido al estudio de las humanidades o si su vida se limita a cuestiones muy pragmáticas. Observemos, pues, y luego deduzcamos.

dijous, 13 de juny del 2013

El culto a la fotografía.

Sombra.
Este artículo es la continuación del primero “A la caza del alma”, precisamente donde lo dejé, en la caverna platónica. Mencionaba lo sorprendente de aquella sombra infravalorada, que ahora se hacía dueña de la realidad, captando lo más sublime de ella, el alma. Pero no sólo ha conseguido este objetivo, sino que además ha sumido a la realidad misma en una sombra.

Hoy en día la realidad no se soporta si no es a través de la imagen. La imagen es la que confiere certeza a la realidad. La fotografía es la prueba judicial para constatar que aquello que nos ha sucedido es real. Las fotografías confieren realidad, y por eso hoy en día, nos queremos retratar. A diferencia de la concepción mágica de antaño, en que la fotografía te robaba el alma, ahora te concede la certeza de la realidad (soy yo porque salgo retratado en esta foto). La realidad en sí no se puede poseer, pero sí las imágenes, y ser poseído por ellas.

La fotografía nos ha cambiado la mirada que tenemos del mundo. Ahora podemos apresar, con ella, todas las temáticas y desde todos los ángulos posibles. Hasta lo que es discontinuo en la realidad, mediante las imágenes, puede unirse y narrarse, ser dicho. Accede a realidades remotas y de muy difícil conquista, y les impone que se detengan; incluso que se amplíen. Magnifica detalles diminutos y los yuxtapone. Así cualquier cosa puede ser relacionada con cualquier otra. Es un medio transformante de la realidad.

La fotografía puede así transformar la conducta, predecirla e interferir en ella. Ofrece posibilidades de control, inimaginables para otros medios como, por ejemplo, la escritura. Nos hace consumir acontecimientos para integrarlos en nuestra experiencia. Por eso preferimos este mundo de apariencias, de huellas de las cosas reales. Creemos así que encontraremos la estructura del mundo, que lo embelleceremos, o le arrancaremos la máscara. Revelaremos la realidad oculta. Arrancamos las cosas del contexto, para verlas de una manera nueva.

Es un medio revolucionario y provocador. Puede optar por lo marginal, resquebrajando así la fachada burguesa de la sociedad. Encuentra otro mundo dentro de éste. Descubre extremismos: lo feo, lo adverso, lo monstruoso. Nos hace escapar de la seguridad y del tedio de un mundo demasiado racional y convencionalizado. Pero, a su vez, la fotografía tiene su lado oscuro.

El lado vergonzoso o cobarde de la fotografía es su “voyeurismo”. Es un modo de no intervención. No dañas el mundo, pero a la vez te posicionas de una manera cobarde frente a él. Hasta la fotografía más comprometida acaba adormeciendo la conciencia de las personas, por no decir que las relaja frente al esfuerzo que supone el estudio de la cultura. La fotografía suele ser la fuente de información de la gente inculta. Y, además, es engañosa: nos dice que el mundo está más disponible de lo que está en realidad. Unifica la significación de todos los acontecimientos. En la imagen lo sucedido siempre será igual, en cambio, en el mundo real, nadie sabe lo que va a suceder.

Paradójicamente, hemos regresado otra vez a la caverna platónica. Estamos ante ese mundo de sombras que creemos real. Quizá, entonces, el verdadero conocimiento lo tengamos que buscar por otro lado.

dimarts, 11 de juny del 2013

La orgía.

Ninfa.
En otro tiempo el “soma” o cuerpo humano tenía una consideración diferente a la actual. Se veneraba la belleza de sus proporciones y no existía ningún pudor en mostrarlo desnudo, especialmente, los órganos sexuales en su esplendor. Así, en los juegos olímpicos griegos, los atletas se mostraban tal cual, siendo objeto de admiración. El cuerpo humano se entendía como penetrado por la forma de la belleza.

¿Cómo entendemos nosotros el cuerpo? Desde Descartes, la esencia de los cuerpos es la extensión. Es lo que ocupa el espacio exterior. Para Spinoza, es el objeto de la idea que constituye la mente humana. El cuerpo existe como lo experimentamos. Con Leibniz, se adquiere la conciencia de que tiene una fuerza propia, una energía; ya es algo más que extensión y puro cambio, o magnitud. 

En la modernidad, pues, el cuerpo formaba parte de uno de los dos polos del dualismo entre espacio exterior e interioridad (representada por el alma). Ha sido en la contemporaneidad, con Bergson, cuando este dualismo se unió, y el cuerpo acabó siendo el puente entre la materia y el espíritu. Para Gabriel Marcel, el mundo existe para mí en el mismo tipo de relación que mantengo con mi cuerpo. Y Sartre nos llega a decir que “yo existo mi cuerpo”, y mi cuerpo es para el otro. Lo utiliza y lo conoce otro. El otro es el sujeto para el cual yo soy objeto. Yo existo para mí como conocido por otro en forma de cuerpo.

Y he aquí la clave del mecanismo sexual: la sexualidad se abre cuando la persona pasa a ser “de facto” objeto para otra persona, y, viceversa. Nos utilizamos mutuamente y nos conocemos. Apresamos fragmentos del cuerpo del otro y nos excitamos. Nos sabemos así reconocidos en el otro, existentes.

En las orgías, cada persona es existente y reconocida por los demás. De una relación dual se pasa a una relación múltiple, en la que el cuerpo humano gana una extensión infinita. Fragmentos de cuerpo humano se van sobreponiendo uno a otro en un crescendo de excitación sin límite. Se gana espacio y se gana tiempo. A modo de collage la persona vislumbra el conjunto hecho de pedacitos. El placer es total.

Este éxtasis era ya buscado en Grecia e idealizado bajo forma divina. Dionisios era su representante. En Roma, era ejecutado en las bacanales, y adquirió un carácter más violento, propio de una sociedad corrompida en su opulencia. Grecia y Roma fueron las únicas sociedades que admitieron a nivel estatal las orgías. Posteriormente, fueron símbolo de rebeldía frente a las represiones, precisamente estatales y de otros estamentos. Así en la época medieval, los aquelarres orgiásticos eran la respuesta de la situación de la mujer, reducida al estatus de bruja, por la institución eclesiástica. O en la época victoriana, con una moral sexual de represión a niveles insospechados, la orgía se presentaba como una descarga a la tensión acumulada, que practicaban las clases bienestantes.

Actualmente, es una forma más de conquistar y experimentar el terreno sexual. A nivel público va ganando posiciones, pero aún estamos lejos de conseguir una aprobación estatal como en Grecia o Roma. ¿Qué diría, sino, la opinión pública, o el gobierno mismo, si se enterase de que en el Congreso de los Diputados, por ejemplo, se organizan bacanales? No quiero ni pensar.

dilluns, 10 de juny del 2013

Bajada a los Infiernos.


La muerte.
Donde fluyen las aguas del Aqueronte, a su paso por Efira, en Grecia, existe un santuario que posee la entrada al Hades, las puertas del Infierno. Actualmente, lo cubre una pequeña iglesia bizantina junto al cementerio del lugar. Y allí, al lado de una tumba, se vislumbra un orificio que conduce a lo más recóndito. En esa oscuridad siniestra se halla el santuario, donde se ofrecían sacrificios y se consultaba a los muertos. La persona que pedía consejo era acogida por un sacerdote y, durante veintinueve días no podía volver a ver la luz del sol. Conducida por laberintos oscuros y tras largos días de duermevela, la víctima atravesaba el último portal y penetraba en el reino de las sombras. Allí, en un hoyo, depositaba la sangre de los sacrificios para dar de beber a los muertos. Así era como obtenía su respuesta.

¿Y qué nos pueden decir los muertos, si no hablarnos de su propia muerte? La muerte es la propia muerte, irreductible e intransferible. Es la conversión de un ente del modo de ser al modo de ser de no existir más. La experiencia de la muerte nos está vedada como tal y sólo podemos hacernos una idea mediante la muerte de los otros. Acompañando al moribundo y luego al difunto, asistimos a su experiencia, pero no podemos asumirla como nuestra. La muerte es un concepto límite.

Es el fin que amenaza al hombre. Y el hombre sólo puede anticiparse a la consumación final. Como el hombre es un ser abierto a sí mismo, puede anticiparse a sí, y vivir vuelto hacia el fin. Es la entrega a la muerte, que produce angustia en el hombre. Por eso el hombre huye de este estado, ocupándose de realizar cosas. Incluso al moribundo se le consuela diciendo que pronto volverá a la cotidianidad, a ocuparse de las cosas del mundo.

La muerte hay que sobrellevarla como posibilidad, es la más extrema posibilidad de existencia. Y al adelantarnos a ella, comprendemos más nuestra existencia. La muerte nos abre más a nuestro propio ser, porque lo pone radicalmente en juego. Lo aparta del estar realizando cosas para el existir. Lo deja, en cierta manera, libre, para poder estar con su propio proyecto de ser. Aísla a la persona, la saca de ese estar en medio de las cosas y de los otros. Es la renuncia de sí misma para poder estar entera. A partir de ahora la persona ya no estará perdida entre las cosas, sino sumida en la certeza. La certeza de la muerte le abre a su propio ser.

El consultante, después de haberse comunicado con los muertos, era extraído del recinto sagrado por los sacerdotes, y depositado, completamente aturdido, a las orillas del Aqueronte; para emprender a solas el camino de regreso. Durante el trayecto, se cuestionaba si todo aquello había sido un sueño. Un sueño que lo apartaría para siempre de la realidad.

dissabte, 8 de juny del 2013

El oráculo.

Símil de ónfalo.
Una de las características que más me han llamado la atención del marketing on-line, la panacea del funcionamiento del mercado actual, ha sido el “pronóstico”. Mediante la búsqueda personalizada de la que hace uso internet, basándose en la información que el usuario aporta sobre sí mismo, se puede ya pronosticar. Es decir, adelantarse incluso al cambio del uso que harán los consumidores de la Red. Así, las empresas se posicionan mejor para recomendar sus productos a los consumidores. Teniendo en cuenta las compras anteriores que han realizado, y las de otros clientes que han adquirido productos similares, recomiendan lo que sus clientes podrían adquirir a continuación. Sorprendentemente, dictaminan el futuro.

Este hallazgo curioso, hace que rememore las funciones de los antiguos oráculos, que daban a conocer a los hombres las cosas futuras. ¿Para qué deseaba el hombre poseer tal conocimiento? Primero, como función catártica: para aplacar la ira de los dioses ante las desventuras acaecidas (enfermedades, fracasos, muertes). Segundo, para mediar en situaciones políticas difíciles (apoyar ciertas opciones). Tercero, como función de culto: preservar las costumbres existentes, salvar algún derecho a punto de perderse… Y, por último, como función carismática, para destacar a ciertos individuos: revelar que les está reservado un destino más importante.

Así sucedió en el oráculo de Delfos durante la Antigüedad. Delfos era una ciudad griega situada en el monte Parnaso, en un lugar idílico donde baja gran cantidad de agua de las montañas, y donde brota también un manantial. Es la fuente de Castalia, inspiradora de los poetas, y dónde se bañaban las profetisas para recibir los dones proféticos. Allí también, entre escalinatas de mármol labradas en las rocas y nichos para albergar estatuas, se halla la gruta de las ninfas. Y, para mayor maravilla, en el corazón de Delfos, el templo de Apolo, en cuyo interior se alberga el oráculo. En la antesala, el visitante se encuentra con la sentencia esculpida “conócete a ti mismo”, ya como preludio de la profecía que va a recibir.

Las profetisas o pitias eran médiums que manifestaban la voluntad de los dioses. Para ello, echaban mano de tres objetos preciosos: el trípode, donde se sentaban para no caerse una vez perdida la conciencia al entrar en trance (sus tres apoyos simbolizaban el presente, el pasado y el futuro). El laurel, don de la profecía, y el ónfalo, que era una piedra marmórea que simbolizaba el ombligo del mundo, de donde le llegaban a las pitias las fuerzas ocultas de la tierra. Al hablar, la Pitia reproducía lo inspirado por Apolo (utilizaban el pronombre “yo”). Para pronunciar los vaticinios, tenía que renunciar a su voluntad, y hacer uso de la telepatía y de la precognición. Suprimían cualquier pensamiento propio para despojar a su cuerpo de todo lo mortal y transmitir la palabra profética, el conducto entre el mundo de los dioses y de los hombres.

Así se predecía el futuro, como una manifestación de la realidad divina, y en forma de enigma, porque es el objeto de una lucha humana por la sabiduría. Cabe preguntarse ahora, si internet también nos depara lo mismo. Al ser la comunidad internauta también forjadora de sabiduría, nos ofrece el don de la profecía, dictaminando el futuro de cada usuario (lo que va a comprar, los viajes que va a hacer, donde va a ir a cenar, etc.)¡Hasta incluso revela a qué internauta le está reservado un destino más importante! ¡Bien curioso!

dijous, 6 de juny del 2013

Más allá de mi sexo.


Eros.

Una vez un amigo me contó que había establecido una relación muy especial con una chica, y que, ahora, se hallaba en una encrucijada de difícil salida. Se veían cada cierto tiempo, y durante los encuentros, ella le solicitaba siempre anudar sus cuerpos desnudos mediante cintas o correas. Así restaban anudados toda la noche, deslizándose en el sudor de ambos, y contemplándose embriagados. Como no hacían otra cosa, ahora mi amigo se cuestionaba qué clase de relación era aquella y cómo la podía ubicar en su vida, sin que saltara por los aires.

Se me ocurrió darle una explicación, hablándole de “eros”. Le dije que antiguamente el amor se consideraba como una locura o un dios poderoso. Locura en tanto que el amante aspira al amado, pero sin poder poseerlo. El amante se halla en un estado de carencia y de sobreabundancia a la vez. Está extasiado, pero al mismo tiempo anhelante. Platón expresa muy bien este estado diciendo que el amor es hijo de la Pobreza y de la Riqueza.

Cuenta el mismo autor en un diálogo bellísimo que la naturaleza del hombre era antes diferente. Pertenecía a la de un ser completo que reunía en sí lo masculino y lo femenino. Zeus, al ver su perfección, y ver que el hombre así combatiera a los dioses, decidió disminuir su fuerza, separándolo en dos. Hecha la división, cada mitad hacía esfuerzos para encontrar la otra mitad de la que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían. Era tal su ardor, que abrazadas perecían de hambre e inacción, no queriendo hacer nada la una sin la otra. Es el deseo de estar unido y confundido con el objeto amado, hasta no formar más que un solo ser con él.

Mi amigo cuando oyó el relato quedó completamente descolocado, pues entendió entonces la actitud de su amada. Pero seguía sin entender el razonamiento del amor, al que no hallaba lógica por ningún lugar. El amor, le expliqué, posee sus leyes propias, que no se pueden definir, pero sí intuir. Así decía Pascal que el amor tiene razones que la razón no comprende.

En el amor se dan unas notas inconfundibles que impelen a la persona en un proceso intencional a trascenderse para alcanzar al amado. Estas notas son la vida interior y la valoración de la persona, la ilusión o entusiasmo que se le pone, la transfiguración de la persona amada, la reciprocidad del sentimiento y la fusión final. Estas notas originan el amor, que ilumina, vivifica y transfigura el objeto amado. Cuando el amado se transfigura ante el amante, le revela los valores que antes quedaban encubiertos. Sólo el amor hace brillar las relaciones humanas.

Mi amigo siguió con su relación, ahora con un conocimiento mayor de causa. No se sujetó a razón alguna y dejó que su vida saltara por los aires. El orden del corazón le hizo cometer todo tipo de extravagancias por su amada. Pero ella era feliz, y él en su felicidad, retozaba también. Cuando los visité, hace poco, no me sorprendió ver cintas y correas esparcidas por doquier.

dimarts, 4 de juny del 2013

Lo oculto.


Leo, pienso, y abro lo oculto.
¿Alguna vez se os ha ocurrido abrir una puerta que dé lugar a algo oculto? ¿Alguna vez habéis relacionado conceptos y ha surgido una idea nueva? El único ser que lo ha conseguido ha sido el hombre gracias a aquello que lo define en su unicidad: el pensamiento. No sólo lo utiliza para estructurar la existencia, sino, además, para buscar el sentido de la vida. ¿Cómo hallo el camino y dónde encuentro mi lugar en el mundo? El sherpa es el pensar.

La cuna del pensamiento fue Grecia. Allí surgió la filosofía, una nueva manera de mirar fuera del mito. El mito es una narración que explica los orígenes históricos de una civilización, haciendo uso de las figuras de la psique humana, como Edipo, Ícaro, o Prometeo. La filosofía dio una vuelta de tuerca a esta narrativa, afirmando que hay otro decir sobre la verdad. Se consideraba la verdad como permanente, y lo ilusorio como cambiante. Para alcanzar lo permanente era necesario el pensamiento. Lo ilusorio se dejaba a los sentidos. Así surgió el pensar como visión inteligible de la realidad. Pensar es buscar la esencia de las cosas, lo que hay de permanente en ellas. Se trata de hallar lo oculto bajo el velo de la apariencia. 

¿Para qué nos sirve pensar sobre lo oculto? Primero, para quedar situado frente a las cosas que lo velan. Segundo, para tener una visión mental que nos haga comprender el sentido de la realidad. Tercero, para hacer uso de nuestra voz significativa. Dotar de significado a todo lo que nos circunda. Nombramos las cosas y ellas nos invocan.

En la modernidad, después de ver la relación del pensamiento con el lenguaje, se estudió la relación de la razón con la experiencia. El empirismo, basado en el conocimiento que aportan los datos de los sentidos, se enfrentará al racionalismo, el estudio de los fundamentos de dicho conocimiento. Ambas corrientes las unificó Kant en una sola: el conocimiento aportado por los datos sensibles se ordena en categorías, las cuales a su vez se unifican en las ideas o principios. El pensamiento quedó definido como la facultad que busca los principios del conocimiento, antes de que se dé el conocimiento mismo. 

En la contemporaneidad, se llegó a una nueva concepción de la relación entre el pensamiento y la realidad. Se descubre la historicidad y la vitalidad de la razón. El pensamiento tiene que estar sujeto a la historia y a la vida. No tiene que olvidar la evolución histórica del hombre y la conciencia de su vida, de la que tiene que rendir cuentas. El pensamiento, pues, observa y actualiza su conciencia al desarrollar su propia actividad.

Actualmente, nos sucede lo mismo cuando estamos inmersos en internet. También desarrollamos nuestro pensamiento, lo observamos en las redes, y lo sincronizamos continuamente. Hemos adquirido conciencia del mismo en su uso. Al ir tejiendo nuestro perfil, construimos historia y vida, confrontamos la experiencia con nuestra racionalidad, dotamos de significado lo que nos acontece. Y, ¿por qué no? Quizás abramos una nueva puerta a lo oculto.

dissabte, 1 de juny del 2013

Yo siento.


Sentimiento.
Si nos perturbamos ante una emoción, sea del cariz que sea, reclamamos la atención de los demás. Enseguida, los seres que nos rodean, acuden a la llamada e intentan aplacar esa emoción. El objetivo es conseguir que no sobresalga demasiado para evitar, así, el contagio a modo de epidemia.

Ya desde la Antigüedad el sentimiento era perturbación. Se consideraba al sentimiento como una alteración del ánimo que debía ser controlada e incluso eliminada por la razón. Era locura. La locura inspiraba al poeta, que se creía poseído por un dios. Venía de fuera y tomaba posesión del alma. Según Platón había cuatro tipos de locura: la profética, la ritual, la poética y la amorosa. Todas eran divinas y venían acompañadas de entusiasmo. Se trataba de un sentimiento que elevaba a la persona por encima de lo normal y cotidiano.

Para el cristianismo, este sentimiento sería la “moria”, una nueva forma de sabiduría que queda expresada en San Pablo: “Cristo crucificado es escándalo para judíos y locura para los paganos”. Es la sabiduría de la simplicidad. El sentimiento es un saber primario e inmediato, así como el entendimiento es mediato.

Durante la modernidad, pasó a ser una de las facultades básicas humanas, junto a la voluntad y el pensamiento. El sentimiento es el que experimenta con la realidad y los valores, y es, asimismo, capaz de juzgarlos. Su papel adquirió cada vez mayor importancia hasta llegar al romanticismo, donde se consideraría el sentimiento como la intuición de la realidad última. Era la única facultad capaz de expresar la naturaleza y sus formas. Véase los románticos cuadros de Gáspar David Friedrich.

Después de esta avalancha idílica, se intentó reducir los sentimientos a meras sensaciones, pero vieron que la vida emocional tiene una intencionalidad mayor, que sobrepasa al sujeto para acercarse al objeto. Y se pusieron a estudiar este grado de acercamiento, surgiendo así la clasificación de sentimientos actual.

Primero, existen los sentimientos más cercanos al contenido sensible (siento dolor porque me quemo). Segundo, los sentimientos vitales, como el bienestar y el malestar, que contienen una carga mayor de continuidad. Ya no son tan puntuales como los primeros. Tercero, los sentimientos anímicos, como la melancolía o el alborozo, que son ya intencionales. Pertenecen directamente al yo, y difícilmente se alteran por el estado somático. Finalmente, los sentimientos espirituales, que brotan de la última hondura de la persona. Ya no están sometidos a las vivencias personales. Constituyen el ser y el valor de la persona misma, como la beatitud y la paz.

Cabría decir, y ¿cómo se siente nuestro yo? ¿Cómo vivenciamos cada uno de nosotros la realidad? ¿Sentimos nuestro propio poder y valor? ¿Cómo sentimos las exigencias que la lucha por la vida supone? Así, del modo como sintamos, podemos ser personas más sensitivas, pendientes sólo de nuestros dolores y placeres. Personas vitales, que persiguen el bienestar general. Más anímicas, sujetas a las vivencias personales que nos proporcionan alegría o melancolía. O bien, personas con un sentimiento más ligado al valor de la persona y que quizá nos proporcione una serenidad del alma.