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| Paseo del monje. |
Comienza el verano y se presenta como una nada vacía en el calendario. Antes repleto de actividades y cosas para hacer, ahora resta en blanco, impoluto, sin anotaciones. Anuncia una larga espera, una calma inamovible. ¿Cuántos permanecerán suspendidos en la inactividad? Muy pocos. La mayoría se agobiará, se peleará, se drogará, o contará los días para alcanzar de nuevo el ajetreo propio de las grandes ciudades.
¿Se puede dar la espalda a la velocidad? ¿Se puede ser un ente sin singularidades? ¿Se puede paralizar el flujo de la vida y ocupar la celda de un monasterio? La vida de los monjes merece una mirada cuando atravesamos el largo verano.
La lentitud de las horas marcada por un ritmo candente. Todas iguales pero diferentes al mismo tiempo. Un horario repetitivo sin urgencias permite al monje salirse del plano de la inmanencia y alcanzar una trascendencia que no es de este mundo. Lo que sería diferente y singular para cada uno de nosotros, el monje lo convierte en una llave que le conduce al punto de vista envolvente de todas las diferencias.
Lo envolvente, Dios, recoge en sí a lo envuelto: el mundo de las pequeñas diferencias comprimido en un gran nudo gordiano. El monje se deposita en ese nudo, en ese rizoma. Se halla en un vericueto de conductos, un laberinto del que ya no puede salir. La apariencia de una jerarquía de niveles es falsa. El monje, el hombre, no reside en un nivel superior al animal, e inferior al ángel. El hombre en su devenir puede ser animal, ángel y pequeño dios al mismo tiempo. Grumos y capas, anillos profundos lo constituyen.
El monje en su celda recorre este laberinto, por eso, para él, ninguna hora es igual a la otra. En cada una de ellas ha dado un paso más en la dificultad; ha avanzado un trecho sinuoso del rizoma.
¿Podemos traspasar el paseo del monje a nuestro verano? Si lo conseguimos quizá no podamos regresar nunca jamás al movimiento veloz de la gran ciudad. Constituiremos un espacio-tiempo diferente y nos situaremos en él.
El monje es un ser inmanente que traspasa el límite. Un alma que se trasciende a sí misma en una insondabilidad apabullante. Hace inmersión en un ardor heroico en el que tanto la luminosidad de las moradas como la oscuridad de la senda estrecha mellan su estado anímico. Se recoge para alcanzar el tesoro escondido. Experimenta un arrebatamiento místico que roza lo sobrenatural. Reside en la celda pero su espíritu vuela: es cometa, es mariposa, es saeta de fuego.
Así que cuando descansamos en la playa oteando el horizonte limpio de la mar, y somos el velero anclado en la apacibilidad de la nada, sentimos cómo se eleva el ancla y un suspiro se exhala en su levitar.

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