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| Caminar sobre las aguas. |
El dominio de los elementos, el gran deseo humano. Partir las aguas, levitar, traspasar fuegos; anhelos humanos desde la antigüedad. Combatir la ley de la gravedad, la ley de la temperatura, la ley de la liquidez. Hacer que el mundo no sea mundo, sino una luna ingrávida donde las moléculas floten y se predispongan a ser partidas.
Jesús no hizo más que trastornar las leyes del mundo: convertir el agua en vino, transfigurarse, caminar sobre el lago de Galilea, curar ciegos y paralíticos, triplicar alimentos, desposeer a endemoniados, y resucitar a difuntos ya enterrados. ¿Cuál es el sentido de semejantes milagros?
Jesús juega con las palabras y los aconteceres. Sus oyentes buscan el rastro de Dios en lo inexplicable, en lo maravilloso, porque presienten lo sobrenatural. En la actividad taumatúrgica se revela la divinidad.
En las leyes del mundo anteriores al racionalismo se refleja una visión parcial de la realidad total desde un ángulo determinado. Hoy en día, en cambio, se parte del falso presupuesto de que ya no cabe una visión extracientífica de la realidad. En aquella época todavía sí. La naturaleza resta abierta.
Eran signos, actos de poder conectados con la palabra que ejecuta. La conducta de Jesús sigue una pauta mágica. Pero se requería fe, sólo así Jesús se abre. Al incrédulo, falto de fe, lo envía a su casa. Pues Dios, respetando la libertad humana, actúa a través de la persona si ésta se abre a él.
Las curaciones y manifestaciones sobrenaturales muestran la salvación total del hombre, que no se reduce al ámbito interior o espiritual. Se trata de un giro escatológico: acabar con la desesperación humana y restaurar su dignidad. El milagro es un cambio cualitativo, expresa que llega algo nuevo, un desgarrón en la trama del universo.
Las tempestades se calman, la figura humana aparece envuelta de luz, camina sobre las aguas. De Jesús surge un poder cósmico que hace que los discípulos se pregunten: ¿quién es él? Se abre una vía de acceso al misterio de Jesús: se manifiesta otra forma de su presencia (el Señor a través de su imagen humilde). Los discípulos con Jesús pueden ver a Dios cara a cara.
No hay fórmulas de abracadabra, los gestos son sencillos, la palabra sobria, la curación instantánea. Prefigura otra realidad. La pequeñez de un grano de mostaza es suficiente.

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