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| Círculo de vuelo. |
Necesitaba partir de cero y crear una nueva geografía. Anudar líneas y hacer que los pliegues resultantes enfoquen hacia otra dirección. Líneas de fuga de la nada hacia mesetas, islas, mares sin fondo. Un mundo de singularidades en las que cada aspecto fuera relevante. Nubes, polvo, estrellas sin luz, composiciones de fragmentos. Átomos que permutan en el vacío cósmico. No hay varita mágica que los conjunte; vagan al azar y se declinan según su propia inclinación.
Se declinan como las palabras en un idioma extranjero que nadie entiende. El poeta es inexistente; las palabras son autónomas. Vuelan como palomas que se posan en los árboles más diversos. Picotean las hojas, cada una diferente. No existe la igualdad. Nadie puede decir que es él mismo.
Uno es abeto, pájaro, hierba y ciénaga. El puntito del cielo que se eleva, la lava que surca la ladera del volcán. No hay dioses, ninfas, ni héroes. Sólo haces de luz que iluminan cada trecho.
Las perspectivas confluyen en un punto que lo envuelve todo. Forma un pliegue que no es nada en sí mismo, menos cuando se despliega formando expresiones. Valmentín gonarín resuena en un valle, gonarán montán en una montaña. Flis merlís en un riachuelo torcido.
La paloma alza el vuelo, se cruza con el gavilán, y gravitan en un círculo estático. El gavilán quiere darle caza, la paloma ha entrado en su campo de atracción absorbente, cada vez mayor. El círculo estático se convierte en centrífugo, de repente en tornado. El tornado sobrevuela el río, y un montón de plumas yacen flotando. Cada pluma distinta se enreda en la espuma que escupen las aguas.
Un viento helado se desplaza por el mar. Lo viste de blanco. Finas capas de hielo se apoderan de la superficie. Un barco quiebra el glaciar, parte en dos los bloques inmóviles. Traza una línea oscura entre tanta nitidez.
El pintor sigue la línea con el dedo, recoge el pincel y la profundiza. Se asoma un segundo pintor que desvía el barco, y un tercero que lo sumerge.
Ya no es un lienzo, sino una partitura en la que se anotan melodías quebradas, porque el canto del ruiseñor se superpone al zumbido de la abeja; el ruido del motor al tic-tac del reloj.
Y los olores se desprenden de las rugosidades y también se mezclan; y los sabores palpitan en el enjambre. Se juntan con los colores y se escapan: sabor de fresa con el color rojo, sabor de viento con el color azul, sabor de vacío, incoloro; siempre incoloro.

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