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| Rojo. |
Siempre hemos creído que era la conciencia la que iluminaba el mundo. Pero resulta que la luz descansa en la materia, se refleja en los cuerpos y es entonces cuando se revela. Se refleja cuando la detienen. Las cosas son entonces figuras de luz y la conciencia será la zona de oscuridad, la pantalla negra necesaria para tomar la foto. Las cosas se iluminan a sí mismas.
La luz es lo invisible, el espíritu o Dios. Si está en difusión perpetua y no choca con nada, no puede volverse visible. Pero lo insondable de Dios será su voluntad de revelarse. La comprensión de la luz, de la intensidad pura, es la voluntad de manifestarse. El problema se constituye, pues, en cómo volver visible a ese espíritu infinito que se propaga en todas direcciones.
Necesita de la oscuridad, de lo malvado y negro, que con su choque produzca un claroscuro, rayas en blanco y negro para transcribir el contorno de las cosas. El costado sombrío de las cosas las definirá. El claroscuro oculta y transcribe. Cuando desaparecen los contornos las cosas se reúnen en una misma naturaleza. Y cuando aparecen los contornos, las cosas se distinguen unas de otras.
La aparición del color acaba de perfilar el contorno que el claroscuro anticipaba. Si se oscurece el blanco y se atenúa el negro, surgen el amarillo y el azul que son las figuras del deseo. Deseo porque ya se ha definido cada objeto en su ego. El amarillo es el movimiento de expansión, el azul el concéntrico. Son lo cálido y lo frío. Es el mundo de la individuación establecido por la teoría de los colores.
La intensidad ya ha abandonado el infinito de la distancia. Ha entrado en distancias finitas. Lo infinito da condiciones de visibilidad para lo finito, pero no desaparece. Dios ha creado el mundo, pero sigue allí. ¿Cómo se manifestará en lo finito que ya se ha manifestado? Los grados de intensidad son su finitud, los grados de claroscuro, las estrías de blanco y negro. Lo infinito se manifestará en la intensificación de la intensidad finita.
La intensidad va a ser empujada por encima de sí misma. Va a constituir lo sublime dinámico de la naturaleza, el resplandor, la ira de Dios, lo rojo. Nos proporcionará una aspiración a la totalidad que la naturaleza por sí misma nos vedaba. Será la naturaleza incendiada, el ángel del Apocalipsis que hace arder en el fuego el ego de los seres. En este sobrepasarnos a sí mismos es cuando captamos nuestra alma. El rojo nos llama a la suprasensibilidad del ser, ya no somos sólo seres sensibles.
Es la historia de la luz, de los colores, y del alma.

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