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| Fotograma quemado. |
En sus manos los fotogramas fosforescían. Las últimas imágenes, los últimos rostros paralizados sucumbían entre sus dedos. Las cenizas esparcidas poblaban la habitación. Había decidido desembarazarse de todo, tapiar ventanas y tragaluces, y restar en la oscuridad, hasta que el roce de un fósforo iluminase su conciencia.
La conciencia es la vida lanzada a través de la materia, un trazo luminoso que se dibuja a lo largo de un muro. En ella, las imágenes se regulan sobre una imagen central, cuyas variaciones ellas siguen. El cuerpo se mueve, siente, ejecuta, es la imagen central. Las externas se agolpan ante el cuerpo a modo vampírico. Es un centro de absorción, un percipiente. Las imágenes se dejan atraer, se deslizan en el intervalo, rellenan el hueco entre dos cortes.
La conciencia ha asumido el cuerpo y a los vampiros. Las imágenes vampíricas se han inflado con la sangre corporal. Están tan henchidas que permanecen estáticas, inmovilizadas en su centro gravitacional. Son huéspedes del organismo, garrapatas incrustadas en el cuerpo. Y el cuerpo deviene con las garrapatas, se sacude como un perro, se rasca, se retuerce y se irrita, pero ahí siguen.
La chica con paciencia las extrae, las va depositando sobre la mano y prende fuego. Sabe que igualmente la memoria las conservará, pero restarán en un tiempo virtual y ya no le molestarán. El tiempo virtual se encapsula y la chica decidirá si establece conexiones o no con el presente. No quiere lanzar nada al futuro, sólo devenir.
Los estados de conciencia son susceptibles de crecer y disminuir. La intensidad de una sensación mide la amplitud de sus movimientos moleculares. Cuando penetra en el interior del individuo lo tiñe de su propio color y hace que cambie el punto de vista sobre el conjunto de las cosas. Cuando la intensidad crece, la conciencia se paraliza. Cuando baja de intensidad, la conciencia se pone en marcha.
Por eso la chica tapia el recinto y se sumerge en la oscuridad. Quiere que la intensidad de las impresiones se reduzca a la mínima expresión. Que el mundo abarcado permanezca en latencia. Sólo ella se pondrá en acto. Es consciente de que fuera del recinto las imágenes siguen en movimiento imparable, pero ya no succionarán su líquido corporal. Ella será el aliento vital que recorra la duración. Ella será la protagonista de la película.
Acude al director quien ejecuta las tomas. El director envuelve los actos de la chica, pretende anudarlos en un argumento sinsentido. Ella despliega sin parar devenires. Se transforma en acontecimiento puro. El director no la puede seguir, la chica toma líneas de fuga. Se va, se va, sale del plano de inmanencia. El director la reclama, pero ella ha trascendido. Un ángel de alas blancas se la ha llevado al Párnaso.

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