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| María. |
La mujer, la Diosa Mater, la que abre la puerta al infinito y anida en ella. Sin su aserción estaríamos perdidos. El anonadamiento divino jamás hubiera llegado a nosotros. Existen dos meses marianos por excelencia: la cumbre del verano y la del invierno, en las que se expresan la Asunción y la Anunciación. Esta semana celebramos la primera.
María es la mujer del Apocalipsis. Continuamente desaparece y es perseguida en los días de su peregrinación por la tierra. Paga su tributo a la condición humana y a la muerte. Es la señal del cielo descrita así: “una Mujer vestida de sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas”. Su misión es la siguiente: “Y cuando los abismos se abran y el gran dragón comience su última batalla, la Mujer aplastará la cabeza de la serpiente”. Y su misterio: “ser la gran Mujer con alas de águila” que ha llegado a su descanso con la Asunción, cuando la luna se sumerge eterna e inmutablemente en la luz del Sol.
Estamos, pues, ante la imagen de una mujer fuerte, rotunda, con un gran coraje, que dice sí ante una terrible misión; y la única que aguantará el horror cuando todos los discípulos huyen despavoridos tras la crucifixión. No es una sumisa, ni ninguna esclava, es una mujer de fuego que lleva su libertad al máximo y se fortifica de puro amor.
Es también la guardiana del sello de la creación. María es la representación de la creación llamada a dar respuesta; de la libertad de la criatura que no se disuelve jamás. La aparición del dogma de 1950 proclamó la fiesta de su Asunción al cielo. El Concilio Vaticano II revela su papel de mujer emancipada que se enfrenta a una cultura dominada por varones.
En el Apocalipsis lo femenino se encuentra en esa igualdad con lo masculino que Cristo le dio. En muy pocas religiones y culturas, a lo largo de la historia, la mujer desempeña este papel de absoluta igualdad. María, además, realiza la tarea mística de la profecía. Es la profetisa llena de Espíritu: escucha desde el fondo del corazón siempre. Está en permanente intercambio de la existencia creatural con el Creador, de tal manera que cada vez se hace más permeable a él.
Reivindiquemos a la mujer con alas de águila, la más poderosa.

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