diumenge, 3 de novembre del 2013

La profecía.


Daniel en el foso de los leones.
La profecía se sitúa en un papel socrático de crítica del sistema cuando éste se aleja de lo considerado verdadero. Aparece cuando las instituciones se corrompen y se reclama lo auténtico. Entonces, pasado y futuro se integran en el presente, dejando de existir tiempos o espacios faltos de sentido. Lo auténtico reclama su trono, a modo de voces inspiradas en la palabra. Es una palabra dotadora de acción, eficaz en sí misma, que transforma lo que acontece.

Sólo los profetas conocen las fronteras del ser. Son los descubridores del significado de las cosas y quienes lo sitúan delante de los pueblos. Utilizan la palabra no sólo para ordenar los pensamientos, sino para ejercer una influencia sobre la realidad y sobre los otros, en forma de maldición y de bendición. Si una palabra es buena lleva a la prosperidad, si es mala, a la infelicidad. Si es portadora de sentido, es eficaz y verdadera. La revelación profética plasma y dirige la historia.

La existencia del profeta arranca en el momento de la irrupción de la palabra, y toda su vida la ha de poner al servicio de la misma, para ser comunicada. El profeta está atrapado por la palabra. Se apodera de él y lo secuestra. Hablamos, principalmente, de los videntes bíblicos, cuyo modo de ser forma parte de su misión. La participación que realizan en el acontecimiento revelador, es existencial. En ellos se abre el espacio entre tiempo y eternidad. En este espacio, además, aparece el individuo con su propio destino.

Es el caso de Daniel, el profeta, que forma parte de la tradición de sabiduría judaica. La sabiduría en Israel era el conocimiento que los hombres tenían del mundo que los rodeaba; de la constitución y disposición del espacio vital; de la interpretación de los secretos del mundo. Era un carisma divino el preguntar y responder del hombre por el sentido de las cosas. El hallar la postura justa en el mundo. Los sabios tienen un papel de guía: ayudar a ver claro cómo los reinos del mundo salen de la dimensión de lo caótico; cómo su esencia y comportamiento aparecen con extraños contornos.

Daniel se formó con los sabios de la corte, y más tarde fue considerado él mismo sabio. Fue un sabio de carácter especial. Exiliado y enfrentado a dos reyes poderosos, tenía un don extraordinario, un saber y una inteligencia capaces de interpretar sueños, como el de la estatua y el del árbol de Nabucodonosor; y de descifrar enigmas y resolver problemas. Poseía el arte de la hermenéutica.

En el muro del palacio real de Baltasar, de repente aparecieron unos dedos de mano humana que se pusieron a escribir frente al candelabro, y el rey vio el trozo de mano que escribía. Daniel interpretó el significado de las palabras escritas: Mené, Téquel y Perés. Era el fin de su reino y aquella misma noche murió asesinado Baltasar.

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