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| Novio monster high. |
Hace pocos días le regalé a mi hija un novio “monster high”. Es un muñeco azulado, con gafas psicodélicas y cabello alborotado. Mi hija juega a vestirlo, a desvestirlo, y a emparejarlo con su novia, una exclusiva “monster high”. Al verla jugar, recuerdo mi niñez, durante la cual lo que se estilaba, en cambio, eran unos simples muñecos que componían “la familia feliz”. Consistían en el papá Juan, la mamá Ana, y el bebé Dulce. Iban en una caravana preciosa, de veraneo; y, vivían en un chalet de cuatro compartimentos abiertos al exterior.
Me pasaba el día viajando con los tres por el pasillo de casa, mientras observaba a mi hermano cómo organizaba batallas con los “clippers” y los “argamboys”. Cuando comparo épocas, aparte de la evidente conclusión de que antes se jugaba más y ahora ni por esas, me doy cuenta de que hoy todo se reduce a novios y novias, a cortar y a salir. Ya no hay viviendas, ni viajes familiares, ni mucho menos bebés. Cuando le pregunto a mi hija si le gustan los bebés, la respuesta es obvia: “ni por asomo, eso de cambiar pañales es una asquerosidad”.
¿Vamos hacia una sociedad de “singles”? Porque ya no se trata de debatir sobre los diferentes tipos de familia que existen, o sobre si es más legítima una que otra. El problema es que en un futuro no muy lejano el concepto de familia dejará de existir. La mente humana está preparada para ser un baile de átomos o dígitos. Hoy estaré en Singapur con Blas, mañana en New Jersey con Edwin, pasado mañana en Marte con Boris. Mantendremos una relación cordial con todos, pero no me hables ni de profundidades, ni de compromisos. Eso quedará para el tercer mundo. Y los que pretendan hacer uso de algún tipo de religación, los llamarán degenerados: terroristas que atentan contra la propia especie evolucionada.
¿Evolución o involución? El salto cualitativo de nuestra especie nos invalida y nos torna vulnerables frente a los cambios continuos de la naturaleza. Poseemos un cuerpo indefenso y un estado psíquico frágil, alterable ante cualquier circunstancia. Lo único que nos salva de perecer como especie es la cultura. Y la cultura se forja sobre la religación. Si no te anclas, si no te religas con el otro fuera de ti mismo, se pierden las redes de conexión. Eres un barco a la deriva. Todo lo que se hace, al instante se deshace. Las piezas del puzzle, al final, restan deslabazadas y olvidadas en un triste cajón de armario.

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