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| Dinamita. |
¡Yo no soy un hombre! ¡Yo soy dinamita! Es la exclamación de un profeta maldito. El grito eufórico de Nietzsche: el filósofo del martillo y de la “muerte de Dios”. El que acaba con la metafísica, el que arranca a la filosofía del seguro camino de la ciencia, de la búsqueda de la certeza; para conducirla al camino del arte, de la creatividad, de la pasión, y de la vida. El amor delirante que sintió por Cósima Listz, mujer de Wagner, fue la escenificación de un sí rotundo a la vida.
Nietzsche empezó hurgando en Grecia, como buen filólogo clásico, y descubre que la realidad griega es múltiple y no sólo racional como nos hizo creer la Ilustración. Grecia es apolínea y dionisíaca. Lo apolíneo desgarra con formas y definiciones racionales la voluntad de vivir originaria. Lo dionisíaco, en cambio, potencia dicha voluntad, haciendo al individuo profundamente feliz, aun en sus auténticas explosiones de dolor. Defiende lo ilógico como necesario para los hombres: la vuelta a la naturaleza para reaprender el goce de la vida y aceptar su dolor. Devolver al hombre el sentido de la tierra, la pasión vitalista.
Nietzsche quiere transmutar los valores, desenmascarar los conceptos a martillazos. Sus ideas son pura dinamita y las quiere llevar a cabo con la fuerza renovadora de un profeta. El trabajo del genio creativo es el que transmutará los conceptos racionales y lógicos. Será el intérprete del interior de la realidad y el que ofrecerá las diferentes perspectivas. Nietzsche, indagador como nadie, descubre que el elemento en que reposa la cultura, es la creación de valor. Y los valores tienen que ser opuestos a la “moralina” imperante de la época burguesa decimonónica en la que vive.
Hay que superar esta moralina y situarse en un punto de vista más allá del bien y del mal. De aquí su puesta a punto del concepto de la “muerte de Dios”: hay que acabar con esa religión cobarde y de reprimidos, que odian esta vida para ir a buscar sólo la del más allá. El valor supremo será, entonces, la vitalidad, la voluntad de vivir y de poder. Desde aquí erige el ideal de superhombre basado en la personalidad creadora, trágica; que vive en constante peligro y hace que su vida sea un esfuerzo y una lucha. También, siguiendo esta línea, desligará la doctrina del eterno retorno, en la que da a cada uno de los momentos de la existencia un valor infinito; tanto es así, que lo repite eternamente.
La existencia es un devenir que no conoce satisfacción, aburrimiento, ni fatiga. Por eso la voluntad de vida es un impulso que va más allá, que no se detiene nunca. Es activa y vital, superando la mera adaptación a las condiciones externas. Es la manifestación y la expansión a todas. Es la esencia íntima del ser: el “pathos”, el afecto, el sentimiento, el amor.

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