dimecres, 13 de novembre del 2013

El fin de una relación.


La ruptura.
Al final de una batalla, cuando ya te ha caído el obús encima, y yaces destrozado en el fondo de la cuneta; contemplas, entonces, el cielo con la poca conciencia que te queda, para repasar, a continuación, el fondo de la cuestión: la unión de dos personas, el desencuentro, el ahogo, y la soledad. Todas las relaciones se reducen a estas cuatro fases. La primera es la idealista, es la elevación a las nubes, las afinidades, los encuentros, las ilusiones, la pasión. La segunda, el choque de galaxias, donde surgen las diferencias, las confusiones, el abismo insalvable, la desilusión. Después, viene el ahogo de no soportar la situación, la presión del otro, la confianza rota, el abuso, la exaltación melodramática. Y en el último momento, la soledad: tanto esfuerzo invertido para acabar en nada, o quizá en “pax”. Una paz forzada, no querida, impuesta por las circunstancias.

En la ilusión de una relación, uno da por hecho que el otro está atento a lo que piensas y sientes; a los deseos. Pero la sorpresa del desencuentro te revela que no es así; en el fondo, nadie sabe del otro ni quiere saber. Un buen día te despiertas, y lo que dabas por sentado y consolidado, se desmorona sin quererlo ni beberlo. A veces, porque ha habido un pequeño cambio que no se ha sabido asumir: el nacimiento de un hijo, una enfermedad, o el simple hecho de librarse de una carga. Esto último, en vez de ser una alegría, se convierte en el detonante de la disolución: estábamos juntos luchando, y ahora que no hay lucha, nos separamos.

Los cambios no se asumen por comodidad, por hábito, por autoengaño, o por miedo a una pérdida de equilibrio en la pareja. El hecho de que uno se eleve por encima del otro, o desarrolle potencialidades que antes estaban latentes, descoloca. Esta puesta en acto puede connotar para el otro la aparición del fantasma de un tercero. Como has cambiado, estarías mejor con otra persona; no sé qué haces conmigo si somos tan diferentes. O has cambiado porque hay un tercero, pierdo la confianza en ti y vulnero tu intimidad para pillarte “in fraganti”.

También una crisis personal de valores, hace que te vuelvas más exigente con el otro y le pidas lo que no pueda darte. De aquí viene el ahogo, el no resistir más la presión del otro. Los comentarios hirientes, el poner el dedo en la llaga de los defectos, la humillación, y la denigración de la pareja. Cuando se llega a este punto, la conclusión es “mejor estar solo que mal acompañado”. Te pasas el día oyendo que lo has utilizado, que en el fondo querías otra cosa. Empiezan las recriminaciones y las críticas despiadadas, las malas caras, el paso de ti, que te den. Finalmente, esperas la oportunidad, el suceso que haga que todo acabe de una vez. La liberación de cadenas y engranajes, la elevación de ancla, para que el barco pueda navegar otra vez. ¡Sea para bien!



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