diumenge, 31 d’agost del 2014

La demarcación y el brujo que corre veloz.


Hechicero.
La intuición de la vida es unitaria, pero descansa sobre la paradoja: dos límites que la circundan, el más y el menos. El límite hacia arriba y hacia abajo nos orientan en el espacio infinito de nuestros mundos. Es la estructura de la existencia que se va llenando de contenidos.

El contenido de la vida posee una intensidad y un color determinado, una cantidad y un lugar. El hecho de que participemos de los límites nos da las coordenadas de nuestra vida. Pero toda fijación puede ser desplazada. Podemos correr los límites.

Los límites son necesarios porque somos incapaces de sumirnos en el ritmo de la naturaleza. Necesitamos demarcaciones, constituidas por nuestro representar y conocer primario, sobre la base de la plenitud de lo real. Pero eso implica que ya las podemos rebasar.

¿Cómo? El concepto y el cálculo, la construcción y la especulación nos llevan más allá del mundo que poseemos. Gracias a la intelectualización vemos el límite desde dentro y desde fuera. Las consecuencias de nuestros actos, pero jamás abarcar el destino completo.

El hombre es un ser demasiado poliédrico para mantenerse en el mundo de un modo rectilíneo como las plantas. La pluralidad de sus impresiones y de sus superficies de contacto es tal que requiere una preparación para su reacción: formas intelectuales que hagan posible la unión entre los contenidos del mundo y nosotros, pero siempre hasta cierto punto.

El brujo indio de Castaneda relata así la preparación: “No harás nada de provecho si no llegas a detener el mundo”. Detener el mundo es extraer el fotograma de la imagen-movimiento y quemarlo: liberar sus moléculas en un juego de colores, hacer que la percepción se vuelva gaseosa.

Se accede entonces a otro tipo de percepción que no es el hacer. La imagen se agranda y se agujerea. Se captan los agujeros, los intervalos. El mundo parpadea, se ve la vibración de la materia. Por esos agujeros se hacen pasar las líneas de fuerza, donde se producirán los movimientos acelerados. Es en ese instante cuando el brujo salta de la montaña al árbol, del río a la casa, del valle al frondoso bosque, y el iniciado ya no le sigue.

Brujo molecular que trabaja con las percepciones ínfimas. La percepción es la forma de conocimiento genuina de la humanidad. A lo largo de la historia del pensamiento se la pretendió escindir del razonamiento formando dos entidades separadas. Actualmente, las nuevas visiones de la realidad las mezclan: se piensa con los sentidos y el razonamiento verdaderamente productivo tiene lugar en el reino de la imaginería. El pensamiento es perceptual, factores visuales y de todo tipo son los que forman el concepto. El hombre se ha vuelto a reencontrar uniendo sensación y pensamiento.



dimecres, 27 d’agost del 2014

La chica que incendiaba películas.


Fotograma quemado.
En sus manos los fotogramas fosforescían. Las últimas imágenes, los últimos rostros paralizados sucumbían entre sus dedos. Las cenizas esparcidas poblaban la habitación. Había decidido desembarazarse de todo, tapiar ventanas y tragaluces, y restar en la oscuridad, hasta que el roce de un fósforo iluminase su conciencia.

La conciencia es la vida lanzada a través de la materia, un trazo luminoso que se dibuja a lo largo de un muro. En ella, las imágenes se regulan sobre una imagen central, cuyas variaciones ellas siguen. El cuerpo se mueve, siente, ejecuta, es la imagen central. Las externas se agolpan ante el cuerpo a modo vampírico. Es un centro de absorción, un percipiente. Las imágenes se dejan atraer, se deslizan en el intervalo, rellenan el hueco entre dos cortes.

La conciencia ha asumido el cuerpo y a los vampiros. Las imágenes vampíricas se han inflado con la sangre corporal. Están tan henchidas que permanecen estáticas, inmovilizadas en su centro gravitacional. Son huéspedes del organismo, garrapatas incrustadas en el cuerpo. Y el cuerpo deviene con las garrapatas, se sacude como un perro, se rasca, se retuerce y se irrita, pero ahí siguen.

La chica con paciencia las extrae, las va depositando sobre la mano y prende fuego. Sabe que igualmente la memoria las conservará, pero restarán en un tiempo virtual y ya no le molestarán. El tiempo virtual se encapsula y la chica decidirá si establece conexiones o no con el presente. No quiere lanzar nada al futuro, sólo devenir.

Los estados de conciencia son susceptibles de crecer y disminuir. La intensidad de una sensación mide la amplitud de sus movimientos moleculares. Cuando penetra en el interior del individuo lo tiñe de su propio color y hace que cambie el punto de vista sobre el conjunto de las cosas. Cuando la intensidad crece, la conciencia se paraliza. Cuando baja de intensidad, la conciencia se pone en marcha.

Por eso la chica tapia el recinto y se sumerge en la oscuridad. Quiere que la intensidad de las impresiones se reduzca a la mínima expresión. Que el mundo abarcado permanezca en latencia. Sólo ella se pondrá en acto. Es consciente de que fuera del recinto las imágenes siguen en movimiento imparable, pero ya no succionarán su líquido corporal. Ella será el aliento vital que recorra la duración. Ella será la protagonista de la película.

Acude al director quien ejecuta las tomas. El director envuelve los actos de la chica, pretende anudarlos en un argumento sinsentido. Ella despliega sin parar devenires. Se transforma en acontecimiento puro. El director no la puede seguir, la chica toma líneas de fuga. Se va, se va, sale del plano de inmanencia. El director la reclama, pero ella ha trascendido. Un ángel de alas blancas se la ha llevado al Párnaso.

dissabte, 23 d’agost del 2014

Rojo o la inversión.


Rojo.
Siempre hemos creído que era la conciencia la que iluminaba el mundo. Pero resulta que la luz descansa en la materia, se refleja en los cuerpos y es entonces cuando se revela. Se refleja cuando la detienen. Las cosas son entonces figuras de luz y la conciencia será la zona de oscuridad, la pantalla negra necesaria para tomar la foto. Las cosas se iluminan a sí mismas.

La luz es lo invisible, el espíritu o Dios. Si está en difusión perpetua y no choca con nada, no puede volverse visible. Pero lo insondable de Dios será su voluntad de revelarse. La comprensión de la luz, de la intensidad pura, es la voluntad de manifestarse. El problema se constituye, pues, en cómo volver visible a ese espíritu infinito que se propaga en todas direcciones.

Necesita de la oscuridad, de lo malvado y negro, que con su choque produzca un claroscuro, rayas en blanco y negro para transcribir el contorno de las cosas. El costado sombrío de las cosas las definirá. El claroscuro oculta y transcribe. Cuando desaparecen los contornos las cosas se reúnen en una misma naturaleza. Y cuando aparecen los contornos, las cosas se distinguen unas de otras.

La aparición del color acaba de perfilar el contorno que el claroscuro anticipaba. Si se oscurece el blanco y se atenúa el negro, surgen el amarillo y el azul que son las figuras del deseo. Deseo porque ya se ha definido cada objeto en su ego. El amarillo es el movimiento de expansión, el azul el concéntrico. Son lo cálido y lo frío. Es el mundo de la individuación establecido por la teoría de los colores.

La intensidad ya ha abandonado el infinito de la distancia. Ha entrado en distancias finitas. Lo infinito da condiciones de visibilidad para lo finito, pero no desaparece. Dios ha creado el mundo, pero sigue allí. ¿Cómo se manifestará en lo finito que ya se ha manifestado? Los grados de intensidad son su finitud, los grados de claroscuro, las estrías de blanco y negro. Lo infinito se manifestará en la intensificación de la intensidad finita.

La intensidad va a ser empujada por encima de sí misma. Va a constituir lo sublime dinámico de la naturaleza, el resplandor, la ira de Dios, lo rojo. Nos proporcionará una aspiración a la totalidad que la naturaleza por sí misma nos vedaba. Será la naturaleza incendiada, el ángel del Apocalipsis que hace arder en el fuego el ego de los seres. En este sobrepasarnos a sí mismos es cuando captamos nuestra alma. El rojo nos llama a la suprasensibilidad del ser, ya no somos sólo seres sensibles.

Es la historia de la luz, de los colores, y del alma.

divendres, 22 d’agost del 2014

De cómo el Paraíso se transformó en la isla del amor.


Isla del Amor.
El jardín del amor es un espacio cerrado donde las ninfas honran a Cupido su amo. Se trata de un retiro de solaz y de delicias bienaventuradas hecho con vergeles y florestas, todos ellos ordenados por la mano del placer.

El clima no está sujeto a la inconstancia y cambios del tiempo, es plácido y saludable, y produce todos los bienes que la naturaleza puede hacer crecer.

El lugar se encuentra en medio del mar y está rodeado con aguas claras, sin rocas, ni fango o piedras. Alrededor de la isla se levanta una valla espesa de mirtos, pero es tan densa en follaje que no se puede ver a través de sus ramas.

Esta isla paradisíaca está fuera del tiempo y del espacio. Es una paganización del Paraíso terrenal. Tiene carácter secreto, como un refugio enrejado, para albergar la erotización del amor cortés. En el centro se halla la fuente dedicada a Venus.

Manantiales y grutas llenas de corales y piedras preciosas. Fluye la miel y los arroyos de vinos. Los árboles paradisíacos pueblan todo el paisaje. Vergel de flores multicolores y la leyenda de la fuente de la juventud. Los caballeros errantes la buscaron a lo ancho y largo del mundo. Leones y grifos la cuidan y en el estanque que alimenta, algunas personas vuelven a encontrar la juventud y la salud. El agua es un modo simbólico de regeneración espiritual. También fuente de felicidad y erotismo: los jóvenes y muchachas se enlazan, y por encima de ellos Amor vela y lanza sus flechas. La atmósfera es de encantamiento.

“Los sueños de los hombres constituyen una parte de su historia y explican muchos de sus actos”. El sueño de la felicidad del hombre empezó con el Paraíso y ha marcado toda la ruta de la humanidad: búsqueda de paraísos terrenales, de islas perdidas, de edenes soñados, de tierras prometidas. La armonía con la naturaleza, la paz, sin enfermedades que afecten a los hombres, los árboles mágicos como el de la vida, la fertilidad; la perfección, la libertad, la abundancia, el entendimiento mutuo y la comunicación con el mundo divino.

En la conciencia humana resta como aquello que se perdió, pero que hay que volver a encontrar. Es la Edad de Oro, los Campos Elíseos, las Islas Afortunadas, la Arcadia feliz. La poesía pastoril canta esta unión de paisaje y amor en un empíreo lírico.

Con el tiempo el Paraíso se convierte en un “no lugar”: flota en el corazón y en la esperanza de los hombres.

diumenge, 17 d’agost del 2014

Cristal del tiempo.


Bola de cristal.
Cuando vamos a la pitonisa nos miramos a través del cristal del tiempo. En el cristal la imagen se desdobla en dos: una es la imagen de un presente, la que permanece fuera; y otra, cuando nos abocamos dentro del cristal, la de mi pasado recorriendo todos los presentes posibles. La pitonisa extrae un presente posible y lo lanza al futuro.

Salimos de allí conmocionados, y vamos encaminando nuestros pasos hacia ese futuro ilusionado. Que se cumpla o no dependerá de nosotros mismos y de las circunstancias.

En el desdoblamiento del cristal del tiempo somos dos yos: el yo que mira impasible como espectador de mí mismo, y el yo que actúa, que resta en situación de desdoblamiento.

El doble se forja en la imagen-recuerdo: ese recuerdo que guardamos por considerar su importancia, una singularidad nueva que puede ayudarnos en el futuro. Y si intuimos que nos puede ayudar es porque ya es un presente recorrido, convertido en pasado que el presente no deja de captar.

El recuerdo guiará nuestra acción. Impele la acción porque todos los presentes pasarán por él. Es el dejà-vu, la sensación de que aquello ya lo has vivido antes. Pasas por una calle nueva y recuerdas todos los detalles de la misma sin haberla visto previamente. El pasado se te adelanta antes de haberlo formado.

Hay una escena en la película “Mátrix” en la que el protagonista tiene un dejà-vu con un gato negro. Lo interpretan como un fallo en el código que hará que se cuele el enemigo en su mundo. Un fallo, una brecha que hace posible que se inmovilice una parte de la imagen, para que la otra adquiera una velocidad de vértigo y actúe. ¿Qué se gana con la brecha? Tiempo, un tiempo precioso para poder calibrar la situación y actuar de la mejor manera posible.

Se ha roto ya la cadena de acción-reacción que domina a las moléculas, y lagunas de no-ser se han instalado en el plano para formar una inteligencia. Es un intervalo, una imagen privilegiada sobre la que todas las demás se curvarán, girarán sus rostros hacia ella. Y ella será un centro privilegiado e indeterminado que percibe.

La percepción se realizará en medio del movimiento de todas las imágenes que varían sobre el ens originarium que las origina. Se forman mundos coextensivos que habitan rozándose. La inteligencia que se ha formado gracias a la inmovilización establecerá una conducta adaptada al medio. Y entre la percepción y la acción se colará la afección. El hombre sentirá que aquello percibido le afecta. Todo lo que le afecte le hará humano, demasiado humano.

dimecres, 13 d’agost del 2014

María, símbolo mágico.


María.
La mujer, la Diosa Mater, la que abre la puerta al infinito y anida en ella. Sin su aserción estaríamos perdidos. El anonadamiento divino jamás hubiera llegado a nosotros. Existen dos meses marianos por excelencia: la cumbre del verano y la del invierno, en las que se expresan la Asunción y la Anunciación. Esta semana celebramos la primera.

María es la mujer del Apocalipsis. Continuamente desaparece y es perseguida en los días de su peregrinación por la tierra. Paga su tributo a la condición humana y a la muerte. Es la señal del cielo descrita así: “una Mujer vestida de sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas”. Su misión es la siguiente: “Y cuando los abismos se abran y el gran dragón comience su última batalla, la Mujer aplastará la cabeza de la serpiente”. Y su misterio: “ser la gran Mujer con alas de águila” que ha llegado a su descanso con la Asunción, cuando la luna se sumerge eterna e inmutablemente en la luz del Sol.

Estamos, pues, ante la imagen de una mujer fuerte, rotunda, con un gran coraje, que dice sí ante una terrible misión; y la única que aguantará el horror cuando todos los discípulos huyen despavoridos tras la crucifixión. No es una sumisa, ni ninguna esclava, es una mujer de fuego que lleva su libertad al máximo y se fortifica de puro amor.

Es también la guardiana del sello de la creación. María es la representación de la creación llamada a dar respuesta; de la libertad de la criatura que no se disuelve jamás. La aparición del dogma de 1950 proclamó la fiesta de su Asunción al cielo. El Concilio Vaticano II revela su papel de mujer emancipada que se enfrenta a una cultura dominada por varones.

En el Apocalipsis lo femenino se encuentra en esa igualdad con lo masculino que Cristo le dio. En muy pocas religiones y culturas, a lo largo de la historia, la mujer desempeña este papel de absoluta igualdad. María, además, realiza la tarea mística de la profecía. Es la profetisa llena de Espíritu: escucha desde el fondo del corazón siempre. Está en permanente intercambio de la existencia creatural con el Creador, de tal manera que cada vez se hace más permeable a él.

Reivindiquemos a la mujer con alas de águila, la más poderosa.



dilluns, 11 d’agost del 2014

Caminar encima de las aguas.

Caminar sobre las aguas.
El dominio de los elementos, el gran deseo humano. Partir las aguas, levitar, traspasar fuegos; anhelos humanos desde la antigüedad. Combatir la ley de la gravedad, la ley de la temperatura, la ley de la liquidez. Hacer que el mundo no sea mundo, sino una luna ingrávida donde las moléculas floten y se predispongan a ser partidas.

Jesús no hizo más que trastornar las leyes del mundo: convertir el agua en vino, transfigurarse, caminar sobre el lago de Galilea, curar ciegos y paralíticos, triplicar alimentos, desposeer a endemoniados, y resucitar a difuntos ya enterrados. ¿Cuál es el sentido de semejantes milagros?

Jesús juega con las palabras y los aconteceres. Sus oyentes buscan el rastro de Dios en lo inexplicable, en lo maravilloso, porque presienten lo sobrenatural. En la actividad taumatúrgica se revela la divinidad.

En las leyes del mundo anteriores al racionalismo se refleja una visión parcial de la realidad total desde un ángulo determinado. Hoy en día, en cambio, se parte del falso presupuesto de que ya no cabe una visión extracientífica de la realidad. En aquella época todavía sí. La naturaleza resta abierta.

Eran signos, actos de poder conectados con la palabra que ejecuta. La conducta de Jesús sigue una pauta mágica. Pero se requería fe, sólo así Jesús se abre. Al incrédulo, falto de fe, lo envía a su casa. Pues Dios, respetando la libertad humana, actúa a través de la persona si ésta se abre a él.

Las curaciones y manifestaciones sobrenaturales muestran la salvación total del hombre, que no se reduce al ámbito interior o espiritual. Se trata de un giro escatológico: acabar con la desesperación humana y restaurar su dignidad. El milagro es un cambio cualitativo, expresa que llega algo nuevo, un desgarrón en la trama del universo.

Las tempestades se calman, la figura humana aparece envuelta de luz, camina sobre las aguas. De Jesús surge un poder cósmico que hace que los discípulos se pregunten: ¿quién es él? Se abre una vía de acceso al misterio de Jesús: se manifiesta otra forma de su presencia (el Señor a través de su imagen humilde). Los discípulos con Jesús pueden ver a Dios cara a cara.

No hay fórmulas de abracadabra, los gestos son sencillos, la palabra sobria, la curación instantánea. Prefigura otra realidad. La pequeñez de un grano de mostaza es suficiente.

dissabte, 9 d’agost del 2014

La Biblia del revés.


Biblia.
La Biblia del revés es una historia de traición. El hombre traiciona a Dios y se cumple así el designio divino. El mundo se hace mundo gracias a una fuga continua. Adán y Eva traicionan a Dios y comienza la historia humana. Los profetas huyen del mandato divino haciéndolo cumplir más que nunca. El rey David asesina, San Pedro niega tres veces a Jesús; San Pablo persiguió acérrimamente a los cristianos.

Es la historia del devenir humano desbordado que haciendo uso de su libertad responde a Dios. Y Dios escucha y va moldeando una obra de arte en la que todos los materiales se desparraman y el caos parece no tener fin. Crea un cosmos bellísimo repleto de imperfecciones, porque en la imperfección reside alétheia (la verdad). No es la Idea suprema, sino todas las pequeñas cosas diferentes que toman relevo a lo largo de la vida.

Y lo que toma relevo surge del nomadismo: manadas que recorren las estepas, pueblos enteros que emigran de aquí para allá y van dejando surcos que constituyen la historia. Historia y geografía: nuevos lugares y nuevos caminos. Esto es el hombre y Dios le crea su cuna.

Deja que crezca y sólo le acompaña, en lo bueno y en lo malo, porque quiere que aprenda él solito. Y el hombre aprende a palos, en guerras cruentas que lo merman y en erosionar la naturaleza, que le devuelve su propia erosión. Dios le ofrece su pañuelo pero deja que siga el camino humano. Cuando el hombre se queja le replica: haces uso de tu libertad, como el niño pequeño que se cae hace uso de sus piernas. El padre no puede caminar por él, pero sí aconsejarle que camine por la acera.

Ese caminar acerado son los mandamientos de amor. Jesús los expresa en su vida nómada y muere por ellos. Ese Dios que se anonada a sí mismo para hacer flotar al hombre. Quiere que el hombre levite por encima de su propia muerte, anulándola. Le enseña a hacerlo en la transfiguración; lo escenifica en su resurrección.

La pasión, camino necesario para la levitación final. Paul Auster en un libro suyo narra las vicisitudes y padecimientos de un niño para conseguir volar. Elevar su cuerpo centímetro a centímetro hasta alcanzar la escalera con peldaños imaginarios ascendentes. Y se eleva y ya no es él, es su transfiguración y puede mirar los rostros de la gente y sentir sus radiaciones que lo empujan cada vez más arriba.

Así es Jesús con su amor infinito a los hombres: las radiaciones de las personas son el empuje que le hace franquear la barrera de la muerte. Sabe que ha llevado a Dios la salvación humana.

divendres, 8 d’agost del 2014

Creatio ex nihilo.

Círculo de vuelo.
Necesitaba partir de cero y crear una nueva geografía. Anudar líneas y hacer que los pliegues resultantes enfoquen hacia otra dirección. Líneas de fuga de la nada hacia mesetas, islas, mares sin fondo. Un mundo de singularidades en las que cada aspecto fuera relevante. Nubes, polvo, estrellas sin luz, composiciones de fragmentos. Átomos que permutan en el vacío cósmico. No hay varita mágica que los conjunte; vagan al azar y se declinan según su propia inclinación.

Se declinan como las palabras en un idioma extranjero que nadie entiende. El poeta es inexistente; las palabras son autónomas. Vuelan como palomas que se posan en los árboles más diversos. Picotean las hojas, cada una diferente. No existe la igualdad. Nadie puede decir que es él mismo.

Uno es abeto, pájaro, hierba y ciénaga. El puntito del cielo que se eleva, la lava que surca la ladera del volcán. No hay dioses, ninfas, ni héroes. Sólo haces de luz que iluminan cada trecho.

Las perspectivas confluyen en un punto que lo envuelve todo. Forma un pliegue que no es nada en sí mismo, menos cuando se despliega formando expresiones. Valmentín gonarín resuena en un valle, gonarán montán en una montaña. Flis merlís en un riachuelo torcido.

La paloma alza el vuelo, se cruza con el gavilán, y gravitan en un círculo estático. El gavilán quiere darle caza, la paloma ha entrado en su campo de atracción absorbente, cada vez mayor. El círculo estático se convierte en centrífugo, de repente en tornado. El tornado sobrevuela el río, y un montón de plumas yacen flotando. Cada pluma distinta se enreda en la espuma que escupen las aguas.

Un viento helado se desplaza por el mar. Lo viste de blanco. Finas capas de hielo se apoderan de la superficie. Un barco quiebra el glaciar, parte en dos los bloques inmóviles. Traza una línea oscura entre tanta nitidez.

El pintor sigue la línea con el dedo, recoge el pincel y la profundiza. Se asoma un segundo pintor que desvía el barco, y un tercero que lo sumerge.

Ya no es un lienzo, sino una partitura en la que se anotan melodías quebradas, porque el canto del ruiseñor se superpone al zumbido de la abeja; el ruido del motor al tic-tac del reloj.

Y los olores se desprenden de las rugosidades y también se mezclan; y los sabores palpitan en el enjambre. Se juntan con los colores y se escapan: sabor de fresa con el color rojo, sabor de viento con el color azul, sabor de vacío, incoloro; siempre incoloro.

dissabte, 2 d’agost del 2014

Un verano diferente.


Paseo del monje.
Comienza el verano y se presenta como una nada vacía en el calendario. Antes repleto de actividades y cosas para hacer, ahora resta en blanco, impoluto, sin anotaciones. Anuncia una larga espera, una calma inamovible. ¿Cuántos permanecerán suspendidos en la inactividad? Muy pocos. La mayoría se agobiará, se peleará, se drogará, o contará los días para alcanzar de nuevo el ajetreo propio de las grandes ciudades.

¿Se puede dar la espalda a la velocidad? ¿Se puede ser un ente sin singularidades? ¿Se puede paralizar el flujo de la vida y ocupar la celda de un monasterio? La vida de los monjes merece una mirada cuando atravesamos el largo verano.

La lentitud de las horas marcada por un ritmo candente. Todas iguales pero diferentes al mismo tiempo. Un horario repetitivo sin urgencias permite al monje salirse del plano de la inmanencia y alcanzar una trascendencia que no es de este mundo. Lo que sería diferente y singular para cada uno de nosotros, el monje lo convierte en una llave que le conduce al punto de vista envolvente de todas las diferencias.

Lo envolvente, Dios, recoge en sí a lo envuelto: el mundo de las pequeñas diferencias comprimido en un gran nudo gordiano. El monje se deposita en ese nudo, en ese rizoma. Se halla en un vericueto de conductos, un laberinto del que ya no puede salir. La apariencia de una jerarquía de niveles es falsa. El monje, el hombre, no reside en un nivel superior al animal, e inferior al ángel. El hombre en su devenir puede ser animal, ángel y pequeño dios al mismo tiempo. Grumos y capas, anillos profundos lo constituyen.

El monje en su celda recorre este laberinto, por eso, para él, ninguna hora es igual a la otra. En cada una de ellas ha dado un paso más en la dificultad; ha avanzado un trecho sinuoso del rizoma.

¿Podemos traspasar el paseo del monje a nuestro verano? Si lo conseguimos quizá no podamos regresar nunca jamás al movimiento veloz de la gran ciudad. Constituiremos un espacio-tiempo diferente y nos situaremos en él.

El monje es un ser inmanente que traspasa el límite. Un alma que se trasciende a sí misma en una insondabilidad apabullante. Hace inmersión en un ardor heroico en el que tanto la luminosidad de las moradas como la oscuridad de la senda estrecha mellan su estado anímico. Se recoge para alcanzar el tesoro escondido. Experimenta un arrebatamiento místico que roza lo sobrenatural. Reside en la celda pero su espíritu vuela: es cometa, es mariposa, es saeta de fuego.

Así que cuando descansamos en la playa oteando el horizonte limpio de la mar, y somos el velero anclado en la apacibilidad de la nada, sentimos cómo se eleva el ancla y un suspiro se exhala en su levitar.