dijous, 29 d’agost del 2013

El enigma de los megalitos.


Símbolos prehistóricos.
Hoy en día lo que sorprende es estar vivo. La vida ocupa todo el centro de interés de la ciencia. Al constatar que la inmensa mayoría del Universo está formada por materia inerte y vacío, la vida en la Tierra resta como un ínfimo oasis en una amplitud infinita de desierto sideral. Nos ocupamos de la maravilla de la vida y no acabamos de entender cómo es posible. Pero esta visión de la vida no siempre ha sido así. Hasta hace poco, lo que maravillaba era, precisamente, lo contrario, la muerte. El conocimiento científico era muy limitado, por no decir inexistente, como en la Prehistoria. Los hombres primitivos sólo conocían el ámbito que les rodeaba físicamente: la naturaleza viva. Lo extraño para ellos era la aparición súbita de la muerte, de lo inerte. Era un choque brutal, indigerible, desgarrador, que les obligaba a seguir buscando la vida allí donde acababa de desvanecerse. De esta manera surgió el culto a los muertos.

Los megalitos rinden culto a los antepasados. El recuerdo de los nombres y hazañas de los muertos, queda fijo en los megalitos. Gracias a la piedra, el hombre espera que su nombre sea rememorado. Se sentía fascinación por transformar las tumbas colectivas en monumentos espectaculares e indestructibles. Aquí surge el simbolismo lítico y el carácter religioso de las piedras y las rocas. Las mansiones de los muertos se construían en piedra, mientras que la de los vivos con arcilla bastaba. La roca, la losa, el bloque de granito hablan de la duración infinita, de la permanencia, la incorruptibilidad, de un modo del existir independiente del devenir temporal. La existencia de la piedra se tenía por inmutable e inmortal.

Esta concepción implica la fe en la supervivencia del alma, la confianza en el poder de los antepasados y la esperanza de que éstos protegen a los vivos. El menhir era el sustituto del cuerpo al que se incorporaba el alma del muerto. Era un cuerpo para la eternidad y a menudo se decoraba con figuras humanas. Las piedras agujereadas que cierran el paso en algunos sepulcros megalíticos, permiten la comunicación con los vivos a través de aquellos agujeros de las almas. Los megalitos se convertían así en depósitos inagotables de vitalidad y potencia. Su construcción implicaba un trabajo largo y pesado: traslado de grandes rocas, excavación de cámaras funerarias en la roca viva… Los hombres primitivos se tomaban tamaña molestia por la creencia de que serían puntos de referencia clave para los muertos.

Los menhires eran los tronos de las almas y de sus hogares. Como tales eran depositados en lugares estratégicos, como focos direccionales. No cerraban ningún espacio y su forma redondeada hacía que también fueran focos rotacionales: nos incitan a movernos a su alrededor. Los alineamientos y los círculos de menhires subrayan lo ya implícito. Circunscriben, definen la organización espacial sin fijarla, para facilitar así el baile de almas que tiene lugar a su alrededor.

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