| Danza de iniciación. |
Dice Sergi Pàmies que los héroes actuales son el contravalor de los de antaño. Como no estamos en tiempos de grandes gestas, las hazañas de los héroes actuales consisten en el hecho de sobrellevar con entereza la rutina gris del día a día. La responsabilidad y la tenacidad son las banderas de la heroicidad. ¿Podemos considerarnos héroes? ¿Conducimos la responsabilidad por la autopista de nuestra vida diaria? Algunos dudarían en contestar y preferirían realizar las grandes hazañas del pasado, cual si fueran aventuras maravillosas.
Los héroes de antaño se emparentaban con los dioses ctónicos y con los hombres muertos. Son los espíritus de los difuntos, que permanecen en el interior de la tierra, donde viven eternamente como dioses, a los que se aproximan por sus poderes. Recibían honores y sacrificios. Son personajes cuya muerte tuvo un relieve especial y que tienen relaciones estrechas con el combate, la agonística, la mántica y la medicina, la iniciación de la pubertad y los misterios.
Los héroes fundaban ciudades y su culto tiene un carácter cívico. Son antepasados de los grupos consanguíneos y los representantes prototípicos de ciertas actividades fundamentales. Tienen rasgos singulares y comportamiento excéntrico que delata su naturaleza sobrehumana. Se sitúan en la época de los comienzos, cuando las estructuras no estaban fijadas del todo ni las normas se hallaban suficientemente establecidas.
Descienden de los dioses pero tuvieron doble paternidad. Son abandonados poco tiempo después de nacer, y alimentados por animales salvajes. Viajan por países lejanos, se distinguen por sus innumerables aventuras, y se casan con diosas. El culto heroico era encomendado a los efebos, que lo asociaban a ritos de iniciación: como la inmersión en el mar de Teseo, su viaje al más allá, al palacio submarino de las Nereidas.
Se asociaban también a ritos para obtener curaciones, y a santuarios, sepulcros, oráculos. Cuando morían eran trasladados a las islas de los Bienaventurados, al Olimpo, o desaparecían bajo tierra. Su muerte solía ser violenta, en la guerra, en combates o por traición. A veces muy dramática: los despedazaban, desgarraban, o devoraban. La muerte conformaba su condición sobrehumana y seguían actuando después de muertos. Sus restos poseían una temible potencia mágico-religiosa.
Las tumbas de los héroes irradiaban poder sobre los mortales durante siglos. Se aproximan a la condición divina gracias a su muerte, pues gozan de una existencia ulterior ilimitada, dependiendo de los símbolos de sus cuerpos. Solían estar en santuarios y dentro de las ciudades, y como centros de culto heroico, se acompañaban de sacrificios y ritos de duelo. Los sacrificios se celebraban por la noche y con altares en antros subterráneos.
Al desaparecer el héroe, se convierte en genio tutelar de la ciudad. Goza también de la gloria, de la perennidad de su nombre. Se convierte en el modelo y ejemplo de cuantos se esfuerzan en superar la condición efímera de todo mortal; por sobrevivir en la memoria de los hombres. Las creaciones heroicas, propias del caos del tiempo de los orígenes, darán lugar al mundo de los hombres: las instituciones, las leyes, las técnicas y las artes.
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