El hombre está vinculado con la realidad, que se halla de alguna manera en su interior y, por otro lado, infinitamente más allá. El hombre se da cuenta en su existencia, de que ha sido arrojado al mundo. Ha de navegar por el mismo y, como contrapunto, se ha de religar; tiene necesidad de un anclaje. Esta religación o vínculo surge de una estructura antropológica universal, y acontece en la realidad consciente humana.
Viene acompañada de un sentimiento de dependencia, el cual alcanza un estado de temor y fascinación. Vincula al hombre a la divinidad y une a varios individuos en el cumplimiento de ritos. Es la “religio”. Es una voz que ata, religa, vincula. Ofrece un anclaje en la vida. Las diversas religiones son plasmaciones concretas de la religación. Son formas de solidaridad de la realidad consciente humana con toda la realidad.
Si nos movemos religadamente en lo real, constituimos nuestro yo. Cada vez que nos atamos con un pedazo de realidad, nos forjamos como personas. Decimos que somos personas. El compromiso de la vinculación, el cuidado, la responsabilidad con lo real nos impele la proyección humana hacia el futuro y el poder de lo real.
El poder de lo real es enigmático, por eso el moverse religadamente resulta problemático. Es necesario el papel de mediador o guía, para que el hombre haga efectiva la voluntad de asentar su ser. En esta mediación destaca la figura de la mujer. María, la mujer por excelencia, la puerta de entrada de la divinidad al mundo. Las profetisas y sibilas de los oráculos, que abren también la puerta de lo enigmático. Las musas que facilitan la revelación, y las diosas griegas, que conducen el carro del destino humano.
El hombre no está frente a las cosas que le rodean como paseante, sino como un ser religado. Se sabe religado y tiene que averiguar qué es eso que lo mantiene atado. Por eso pregunta a la diosa del carro alado en el poema de Parménides. En dicho poema todo lo femenino es sabio: las yeguas que conducen al hombre por el camino de la divinidad, las doncellas que muestran el camino, las hijas de Helios que, apartándose los velos de la cabeza, van hacia la luz.
Finalmente, las jóvenes que persuaden a la diosa para que abra las puertas de las rutas de la noche y el día. Y la diosa, que responde el requerimiento del hombre señalándole dos vías de búsqueda: la del ser y la del no ser. La primera es la de la verdad, la del todo continuo en la que nada puede hacerse y deshacerse. Siendo lo mismo, yace firme. Pues la necesidad lo tiene cercado bajo cadenas que todo lo abarca. Es la Moira o destino que lo ha encadenado. Es el anclaje que venimos relatando, mientras que la segunda vía es la de lo mudable, lo que cambia. Sería la mera opinión humana, el navegar por aguas turbulentas.
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