dissabte, 10 d’agost del 2013

Erótica.


Cabaret.
En un teatro exuberante, una actriz baja las escaleras del escenario adoptando una pose provocadora. El espectáculo se ha iniciado. La actriz ha adquirido el papel de reina. Será servida por los miembros del sexo opuesto y envidiada por los del propio. Depositarán a sus pies obsequios y alabanzas, y ella hará uso de su poderío. Poder femenino para encandilar, para levantar el ánimo, para susurrar lo abyecto, para jugar con los equívocos y no tan equívocos. Es una profesional y conoce las técnicas. Su arte es el juego erótico. ¿Jugamos?

Inteligencia y sutilidad puestas al servicio de un perfume, una prenda íntima, una mirada de soslayo, una caricia voluptuosa. Sagacidad social para saber quién tiene, quién puede, hasta qué límite, cuánto hay que arriesgar y cuánto ocultar. Se juega al amor pero sin caer en sus redes. Es un como sí, pero sin compromiso. Se pactan las condiciones del juego. Ofrecemos tanto, obtenemos tanto otro. El número de jugadores puede ser variante, y se recrea un ambiente apropiado para cada uno de ellos.

Quizá un pie, un pecho, una cadera; cualquier partición visual del cuerpo sirve de entrada. Hay juegos suaves y juegos duros. De una simple felación se puede pasar a la sodomía. Para ello existen profilácticos, cremas adecuadas, dilatadores, consoladores, esposas, antifaces. El placer se aumenta, se interrumpe. Se estimulan ciertas zonas en detrimento de otras. La estimulación es táctil, salivar, olorosa, de fluidos varios.

Las peticiones y promesas se intercambian. Dame más, te prometo más, ¿te ha gustado?, volveré. Un beso, una palmadita amistosa, un adiós. Y un hola otra vez, me gustó, vuélvelo a hacer. La actriz despliega sus artes y obtiene beneficios: una noche y pago la luz; dos, el gas y el agua; tres, y tengo la mitad del alquiler… Estoy en mi mundo y me lo paso bien. Interpreto jugando.

Las hetairas eran mujeres poderosas con un amplio despliegue de capacidades intelectuales y culturales. Poseían una influencia política sin parangón. Manejaban situaciones, tramoyas, haciendo uso de su ser completo: cuerpo y alma. El genio griego creó para ellas a Afrodita, la diosa del amor. Hesíodo nos relata su nacimiento del semen espumoso de un dios castrado, Urano. ¿Acaso la mujer para ser, para desplegar su poder, ha de castrar al hombre? ¿El ser mujer implica el feminizar al hombre? Quizá sea así.

En el “Himno homérico a Afrodita” nos la presenta como Señora de las fieras: “Tras ella, dándole escolta, marchaban los lobos grises, los leones de pelaje leonado, los osos, las rápidas panteras insaciables de cervatillos”. Afrodita pone el deseo y logra extraviar la razón de Zeus. En el impulso sexual o de vida unifica los tres modos de existencia: animal, humano y divino. Religa la sexualidad dotándola de carácter divino, y reina sobre los tres niveles cósmicos: el cielo, el mar y la tierra. Revela la sexualidad como trascendencia y misterio.

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