| La caverna. |
El hombre no siempre se ha regido por la vertical y la horizontal para orientarse en el espacio constituyente de la realidad. Hubo un tiempo en que todas las direcciones tenían la misma importancia. Significaba lo mismo representar una figura boca abajo, hacia arriba, de un lado o de otro. Las cuatro direcciones eran iguales y el hombre vivía en un laberinto cuatridimensional. Nos remontamos al Paleolítico, a la Prehistoria y, sobre todo, a la caverna.
El hombre prehistórico no vivía en el interior de las cavernas. Se guarecía bajo salientes de roca. Las cavernas, en cambio, eran lugares santos, aptos para la celebración de rituales sacros, con ayuda de imágenes simbólicas dotadas de poder mágico. Se creía que en los huesos y en la sangre del animal sacrificado residía el alma dispuesta a renacer. Las pinturas de las cavernas facilitaban la posesión del alma de los animales que iban a ser cazados.
Las cavernas tienen interior, pero no exterior. No poseen espacio visual: reina en ellos la perpetua oscuridad. En todas las direcciones se repiten los túneles rocosos que hacen que se convierta en un laberinto. Se toman en consideración los cuatro horizontes y se crean formas para responder a ellos, para saludarlos. Son espacios de arquitectura acústica que pueden llenarse de sonido. El hombre primitivo definía el espacio más por el oído, que no por la vista.
La cualidad esencial del sonido no es su ubicación sino su presencia, que llene el espacio. Es una esfera sin límites fijos. Las imágenes de las cavernas también se representan como los sonidos, que vienen y van. En el arte prehistórico las cosas no se muestran como son, sino como aparecen en un instante. Las formas esculpidas en piedra aparecen y desaparecen según la luz vacilante de una antorcha. Su aspecto es dinámico, no estático. Las figuras están fuera de la ley de la gravedad. Es como el orden de las estrellas, que a lo largo y ancho del espacio infinito despliegan sus relaciones libres y universales.
En la caverna el espacio es, pues, invisible. Para que se haga visible es necesaria una mano que le dé formas y límites. Se trata de encerrar el vacío en unas dimensiones generadoras de forma, a cuya percepción se suscite una respuesta emocional inmediata. Existe el proceso en el que una impresión de huecos inarticulados se transforma en experiencia emocional. Las formas y los movimientos de los animales se han grabado a fuego en la conciencia del hombre. Como el sentido espacial en el niño, que se forma al comparar las velocidades con que distintos objetos se mueven en el espacio.
El hombre se apercibe del vacío que le rodea y le presta forma y expresión psíquica. Eleva el espacio al ámbito de las emociones. Plasma la relación interior del hombre con su entorno. Es el registro psíquico de las realidades que se alzan frente a él, le circundan y se transforman. Así el hombre expresa gráficamente su posición en el mundo y su necesidad de habérselas con él. La concepción del espacio se forma instintivamente, y por eso revela en cada época sus actitudes hacia el cosmos, la humanidad y los valores eternos.
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