dimecres, 4 de setembre del 2013

El torneo.


Cúpido.
En el patio de armas de un castillo medieval se reúnen una serie de caballeros que aspiran al amor de su dama. Van a competir entre ellos y lustran las lanzas, los yelmos, y las guirnaldas de los caballos. Cada uno aspira a ser el elegido y porta una prenda de la amada en contacto con lo más hondo de su piel. Saben lo que se les exige: fidelidad y entrega. Es el amor cortés. El éxtasis que eleva a la amada al cielo. La devoción por la dama que supone el abandono de la voluntad y del ser del caballero. La dama desdeña y el caballero se resigna ante la inaccesibilidad del objeto adorado.

En el amor cortés se invierten los papeles tradicionales. El hombre es ahora quien corteja y quien confiesa públicamente su inclinación amorosa. La mujer, en cambio, se mantiene inaccesible, cuando, antiguamente, era la que pedía clemencia de amor ante la altanería del hombre. El hombre se entrega a la pena de amor, al exhibicionismo y al masoquismo sentimental. Si no hay correspondencia y satisfacción inmediata, tanto mejor. Se trata de un vasallaje erótico, donde queda unida la espiritualidad más alta con la sensualidad más intensa.

Es una época en la que el amor adquiere un sentido nuevo. Por primera vez influirá en la totalidad de la personalidad del ser humano. Será el canal de la experiencia de la vida. La atracción amorosa se analizará sentimentalmente. La persona renacerá éticamente gracias a la bondad y la belleza del amor. Se descubre la ternura y la intimidad del sentimiento. Se descubre la felicidad del amor, antaño denostado.

En esta nueva concepción influye un factor clave: la posición de la mujer en la cultura cortesana medieval. Las mujeres intervienen en la vida intelectual de la corte. El ideal cortesano se torna femenino. Los hombres piensan y sienten a la manera femenina. La dama es el centro de este universo. El castillo se construye en torno a ella, y ella es la que instruye al caballero en las formas cortesanas. Le dota de todo un sistema ético de comportamiento. La dama forja al caballero como un nuevo héroe con virtudes.

Las virtudes caballerescas se consiguen con ejercicio físico y dominio espiritual. Sus principios son: la fortaleza de ánimo, la constancia, el dominio de sí mismo, la fidelidad, el concepto del honor, la generosidad, la cortesía y la galantería. No existe el miedo al peligro, no se busca el provecho propio y sí la gloria. Es la antítesis del burgués que como clase social también aparece en el s.XII, con el surgimiento de las ciudades.

Y mientras dura el fragor de la batalla, la dama recorre las siete moradas de su castillo. Sabe que en la suprema hallará el tesoro escondido, pero, antes, tendrá que atravesar la noche del alma. El símbolo de la noche es el despego de lo sensible, del mundo objetivo. El alma se adentra en la noche y sólo la sostiene el universo interior, la espacialidad subjetiva. No hay luz, no hay nada, ni nadie. Sólo la llama del corazón guía sus pasos.

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