| Cara iluminada. |
La epifanía del rostro no puede ser poseída por ninguno de mis poderes. Se resiste a la aprehensión. El rostro no puede ser contenido, abre una dimensión nueva perforando la forma que lo delimita. La expresión del rostro abre los contornos de la forma. Hace estallar la forma aprisionada en un gesto. No se puede neutralizar, porque el rostro es inapropiable. Se escapa al poder porque desgarra lo sensible.
Al imponerse más allá de la forma, invoca al interlocutor, que no puede dejarse de preguntar y responder. El rostro se presenta a sí mismo por sí mismo. Se garantiza y es la palabra la que lo autentifica. Es un contenido que desborda el continente. Su presencia es pública y exige una respuesta del ser.
El recibimiento del rostro introduce la humanidad. Los ojos que miran reflejan al hombre. En la mirada se instaura la igualdad: se accede al otro y se adquiere responsabilidad frente a él. El otro recoge la mirada y el que mira se manifiesta a sí mismo. Percibimos con los ojos y a la vez somos percibidos. Revelamos el alma propia, al intentar descubrir la del otro.
En la línea que une ambos ojos, cada cual transmite al otro la propia personalidad. Al bajar la vista privamos al otro de una posibilidad de conocernos. La cara es el lugar geométrico del conocimiento mutuo. Es el símbolo de todo lo que el individuo ha traído como supuesto de su vida. En el rostro está almacenado el pasado del hombre y ha tomado rasgos fijos.
El rostro no obra, como el pie o la mano. Con sólo verlo ya comprendemos al hombre, no hace falta que actúe. Revela la individualidad a nuestra mirada. Simboliza no sólo la interioridad permanente, sino también lo más variable de nuestra alma: los estados de ánimo. En el rostro vemos simultáneamente la sucesión de la vida de la persona. Es una simultaneidad inquieta, donde todas las huellas del pasado se dilatan en la cara humana.
El rostro toma y da, es cambiante. Es proclive al amor. Designa un movimiento por el cual el ser se liga, antes incluso de la búsqueda del amor. Es predestinación, elección de lo que no ha sido elegido. Es un acontecimiento que se sitúa en el límite de la inmanencia y la trascendencia. Traba una relación con el otro que se transforma en necesidad. El rostro filtra la luz de lo que aún no es pero acabará siendo. Cuando acariciamos el rostro, estamos solicitando aquello que se oculta, como si no fuese aún.
El caminante que vislumbra rostros, atraviesa misterios. Ama, va al trasfondo, intima, se eleva. Cruza vidas paralelas, donde pasado, presente y futuro se unen en un punto mágico. Halla la revelación de que todos somos “imago Dei”. Seres que tenemos algo que decir, más allá de este mundo y en este mundo.
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