diumenge, 8 de setembre del 2013

Roma-Amor.


El amor romántico.
Los templos como las tumbas sujetan las fuerzas tectónicas del subsuelo y elevan un clamor hacia el cielo. Pero cuando el templo se resquebraja por el paso del tiempo y se convierte en ruina, a punto de ser devorada por la naturaleza; el caos, lo misterioso, el infinito, hacen su aparición. Estamos ante lo gótico, ante el Romanticismo. Es la fuerza dionisíaca que surge del declive del clasicismo y de lo apolíneo que representa. Es una prefiguración del psicoanálisis de Freud. Una intuición de lo que luego sería el descubrimiento del inconsciente con su carga demoníaca, frente al consciente racional. Ambas particiones son necesarias para el sentir y el pensar humanos.

El Romanticismo del s.XIX exaltaba el yo, la soledad, la melancolía, la atracción por los paisajes misteriosos y el medievalismo. La noche y los sepulcros, el suicidio y la muerte, éstos eran sus temas. El romántico vive desde sus sentimientos, se siente solo frente a la naturaleza y refleja el dolor cósmico. La felicidad se vuelve una aspiración infinita e irrealizable, y la sed romántica de justicia y libertad se vuelve incompatible con el mundo establecido. Se siente pasión por los estados de ánimo extremos; la excentricidad y las situaciones límite.

Desde el gótico, en la época medieval, el desarrollo de la sensibilidad no había recibido un impulso tan fuerte. El romántico vive en un siglo de revolución donde todo se pone en tela de juicio. Tiene miedo y huye al pasado. Gracias a esta mentalidad surgió el historicismo. Descubre que estamos en un eterno fluir. Así como para la Ilustración, la historia es el despliegue de la Razón Inmutable; el romanticismo gana la noción del curso vital. Todo factor está en estado de movimiento y sujeto a un constante cambio de significación. Aparece el extrañamiento del mundo, el arte de alejar el objeto, de volverlo misterioso, desconocido, infinito. Se crea ilusión y autoengaño. Es la antesala del cine y la fotografía.

Y no sólo se extraña el mundo, sino también el hombre a sí mismo. Se produce un desgarramiento del alma. Hallará lo inconsciente, lo oscuro a la razón. El ensueño y el éxtasis, la satisfacción que no puede darle el intelecto seco, frío y crítico. Su lema será que cuanto más impenetrable es el caos, más brillante será la estrella que surja de él. La enfermedad, como uno de los temas clave del romanticismo, representaba el dualismo vida-muerte, la repulsión de la limitación. Y la excentricidad era el síntoma de este sentido dinámico de la vida que se descubre. La corriente de sentimientos y pensamientos será más real que la realidad exterior. El mundo se torna mera ocasión para el movimiento espiritual.

Creían en un espíritu trascendente, que era el alma del mundo. Es la fuerza creadora del lenguaje, de la inspiración. Su portador es el héroe demoníaco de Byron, el hombre poseído y alucinado, que arrastra a la perdición a sí mismo y a todo lo que está en contacto con él. Es la idea del ángel caído, que aparece con una fuerza irresistible. Por un sentimiento de culpabilidad, de estar abandonado por Dios, condenado.

Hoy en día seguimos sintiendo en nuestra piel la revolución que nos invade. Vivimos tiempos convulsos y la estela del Romanticismo no nos ha abandonado.

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