dissabte, 14 de setembre del 2013

El paseante.


La gran ciudad.
Cuando todas las líneas de la vida confluyen en un mismo punto, éste se vuelve mágico. Si nos introducimos en el punto, hallamos el instante que concentra la eternidad. De este instante, paulatinamente, irá surgiendo la temporalidad. En el instante se concentra todo y en un instante se vive todo. Posee la plenitud del ser, donde pasado y futuro se encuentran recogidos. Es la duración infinita concentrada en el punto.

El paseante de la gran ciudad busca este punto en el oleaje de la marea de la multitud. En la multitud que se aglomera, el paseante goza de la multiplicación del número y se pierde como en un estrépito marino. Es el héroe de la ciudad que se sitúa frente a lo sublime de la naturaleza humana y sus artificios. En los empellones de la masa, mantiene más despierta la conciencia del yo e imprime en lo abarcado el propio espíritu.

El paseante es un diletante, aficionado a algún campo del saber, que dilata su propia cavidad con los intereses prestados e imaginados de esa masa anónima que lo circunda. Es un observador que disfruta de lo incógnito para exponer la cosmogonía moderna. Vislumbra trazados estelares y sigue su trayectoria confluyente en ese punto imaginado. Este punto es un tiempo indeterminado que conduce a lo eterno. La eternidad se ha humanizado en el instante.

En los instantes se lleva a cabo las vivencias de la realidad. En la temporalidad concreta estos instantes se hallan separados. Los instantes no existen al mismo tiempo y generan la duración. En cambio, en el tiempo abstracto los instantes están unidos. Se trasciende el propio tiempo. No lo niega, sino que a modo de agujero negro lo absorbe y deja como rastro de lo que fue una imagen móvil. El héroe que atraviesa masas capta la imagen y va a su encuentro.

La hazaña del héroe consiste en no dejarse absorber, preservar su yo. Pues en la multitud también se traba conocimiento con lo sobrenatural. Estar en contacto con las masas equivale a estar en contacto con la manera de existir del mundo de los espíritus. Es la vivencia de lo invisible que produce espeluzno cósmico. El héroe, al atravesar la ciudad, atraviesa a los ausentes en su espíritu, a los perdidos en sus pensamientos o cuidados. Se ha de dejar conducir por ellos, pero sin perder la identidad.

Es Ulises a su regreso a Ítaca. Sabe que el canto de las sirenas puede arrojarlo al fondo del abismo. No habrá Caronte que lo retorne en la barca. Dependerá de sí mismo o del destino sellado por los dioses. El héroe lucha, combate el desarrollo de la temporalidad para hallar el instante mágico. Es ahora, es el ya. Y lo obtiene en el fulgor de una mirada, en el misterio de un rostro que se le cruza por el camino. Entonces el héroe se postrará, y rendirá las armas al vasallaje del amor.

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