dijous, 29 d’agost del 2013

El enigma de los megalitos.


Símbolos prehistóricos.
Hoy en día lo que sorprende es estar vivo. La vida ocupa todo el centro de interés de la ciencia. Al constatar que la inmensa mayoría del Universo está formada por materia inerte y vacío, la vida en la Tierra resta como un ínfimo oasis en una amplitud infinita de desierto sideral. Nos ocupamos de la maravilla de la vida y no acabamos de entender cómo es posible. Pero esta visión de la vida no siempre ha sido así. Hasta hace poco, lo que maravillaba era, precisamente, lo contrario, la muerte. El conocimiento científico era muy limitado, por no decir inexistente, como en la Prehistoria. Los hombres primitivos sólo conocían el ámbito que les rodeaba físicamente: la naturaleza viva. Lo extraño para ellos era la aparición súbita de la muerte, de lo inerte. Era un choque brutal, indigerible, desgarrador, que les obligaba a seguir buscando la vida allí donde acababa de desvanecerse. De esta manera surgió el culto a los muertos.

Los megalitos rinden culto a los antepasados. El recuerdo de los nombres y hazañas de los muertos, queda fijo en los megalitos. Gracias a la piedra, el hombre espera que su nombre sea rememorado. Se sentía fascinación por transformar las tumbas colectivas en monumentos espectaculares e indestructibles. Aquí surge el simbolismo lítico y el carácter religioso de las piedras y las rocas. Las mansiones de los muertos se construían en piedra, mientras que la de los vivos con arcilla bastaba. La roca, la losa, el bloque de granito hablan de la duración infinita, de la permanencia, la incorruptibilidad, de un modo del existir independiente del devenir temporal. La existencia de la piedra se tenía por inmutable e inmortal.

Esta concepción implica la fe en la supervivencia del alma, la confianza en el poder de los antepasados y la esperanza de que éstos protegen a los vivos. El menhir era el sustituto del cuerpo al que se incorporaba el alma del muerto. Era un cuerpo para la eternidad y a menudo se decoraba con figuras humanas. Las piedras agujereadas que cierran el paso en algunos sepulcros megalíticos, permiten la comunicación con los vivos a través de aquellos agujeros de las almas. Los megalitos se convertían así en depósitos inagotables de vitalidad y potencia. Su construcción implicaba un trabajo largo y pesado: traslado de grandes rocas, excavación de cámaras funerarias en la roca viva… Los hombres primitivos se tomaban tamaña molestia por la creencia de que serían puntos de referencia clave para los muertos.

Los menhires eran los tronos de las almas y de sus hogares. Como tales eran depositados en lugares estratégicos, como focos direccionales. No cerraban ningún espacio y su forma redondeada hacía que también fueran focos rotacionales: nos incitan a movernos a su alrededor. Los alineamientos y los círculos de menhires subrayan lo ya implícito. Circunscriben, definen la organización espacial sin fijarla, para facilitar así el baile de almas que tiene lugar a su alrededor.

dilluns, 26 d’agost del 2013

La risa de los dioses.


El cordero.
En el mundo de los griegos los dioses vivían apartados de los hombres, y no había intercesión posible. Todo acontecía según necesidad y destino. Los hombres no podían modificar su destino, ni interceder por él, ni mucho menos engañar a los dioses. El intento de sobrepasar la naturaleza o el límite se denominaba “Hybris” y era castigado. Cuando el titán Prometeo roba el fuego de los dioses, para aliviar de su miseria humana a los hombres, les proporciona progreso técnico y desarrollo cultural. Pero, a cambio, recibe un castigo eterno: encadenado a una roca para siempre, cada mañana tiene que soportar cómo un buitre le come el hígado.

Es el dolor visceral de todo esfuerzo titánico de lo humano: un dolor que no haya consuelo. La única respuesta que obtiene es escuchar la risa de los dioses. La vida de los hombres es trágica y Zeus responde con la risa. Así también cuando hay disputas entre los dioses mismos. La risa es un bálsamo que evita que se produzca el derramamiento de sangre, y un indicio de que se conoce la naturaleza humana y de que se prevee sus consecuencias. Son dos ideas contrapuestas en el pensamiento griego: a la idea de la risa le corresponde la idea de la contradictoria existencia humana.

El hombre se recrea en la propia ruina y ama la desgracia desatada, lo que provoca la hilaridad divina. Epimeteo, hermano de Prometeo recoge como regalo a Pandora, la última fuente inagotable de miseria para la humanidad. Zeus, viendo que los seres humanos se deleitan en la mujer y aman su propia desgracia, suelta una carcajada. La risa de Zeus es aniquiladora pero nadie muere por ella. Nada se modifica en la contradictoria existencia humana. Lo trágico y lo cómico se unen. Las figuras humanas y divinas perfilan sus límites. Cuando se violan los límites de la propia forma, se suscita entonces la risa. Se disuelve así todo rasgo titánico que pueda acabar mal.

La sonrisa de Zeus apacigua el dolor y la discordia. Es la relajación de una tensión social. Es la señal del ser pleno que todo lo abarca, lo humano y lo titánico. Por suerte, hoy en día, no nos hemos quedado con la risa de los dioses griegos. El hombre ha perdido su impotencia y su ser trágico. ¿Cómo? Con un escándalo tan mayúsculo que muchos todavía lo consideran inaceptable. El escándalo es que un dios, Dios, se haya infiltrado entre los humanos, y haya padecido sus miserias para salvarlos. Este hecho es inadmisible para una concepción separatista entre el mundo divino y el humano, donde no cabe intercesión posible. También para aquellas religiones donde Dios es innombrable y donde nada se puede decir de Él, ni tan siquiera representarlo.

¿Nos consideramos salvados o aún padecemos la risa divina?

divendres, 23 d’agost del 2013

El sentido espacial.


La caverna.
El hombre no siempre se ha regido por la vertical y la horizontal para orientarse en el espacio constituyente de la realidad. Hubo un tiempo en que todas las direcciones tenían la misma importancia. Significaba lo mismo representar una figura boca abajo, hacia arriba, de un lado o de otro. Las cuatro direcciones eran iguales y el hombre vivía en un laberinto cuatridimensional. Nos remontamos al Paleolítico, a la Prehistoria y, sobre todo, a la caverna.

El hombre prehistórico no vivía en el interior de las cavernas. Se guarecía bajo salientes de roca. Las cavernas, en cambio, eran lugares santos, aptos para la celebración de rituales sacros, con ayuda de imágenes simbólicas dotadas de poder mágico. Se creía que en los huesos y en la sangre del animal sacrificado residía el alma dispuesta a renacer. Las pinturas de las cavernas facilitaban la posesión del alma de los animales que iban a ser cazados.

Las cavernas tienen interior, pero no exterior. No poseen espacio visual: reina en ellos la perpetua oscuridad. En todas las direcciones se repiten los túneles rocosos que hacen que se convierta en un laberinto. Se toman en consideración los cuatro horizontes y se crean formas para responder a ellos, para saludarlos. Son espacios de arquitectura acústica que pueden llenarse de sonido. El hombre primitivo definía el espacio más por el oído, que no por la vista.

La cualidad esencial del sonido no es su ubicación sino su presencia, que llene el espacio. Es una esfera sin límites fijos. Las imágenes de las cavernas también se representan como los sonidos, que vienen y van. En el arte prehistórico las cosas no se muestran como son, sino como aparecen en un instante. Las formas esculpidas en piedra aparecen y desaparecen según la luz vacilante de una antorcha. Su aspecto es dinámico, no estático. Las figuras están fuera de la ley de la gravedad. Es como el orden de las estrellas, que a lo largo y ancho del espacio infinito despliegan sus relaciones libres y universales.

En la caverna el espacio es, pues, invisible. Para que se haga visible es necesaria una mano que le dé formas y límites. Se trata de encerrar el vacío en unas dimensiones generadoras de forma, a cuya percepción se suscite una respuesta emocional inmediata. Existe el proceso en el que una impresión de huecos inarticulados se transforma en experiencia emocional. Las formas y los movimientos de los animales se han grabado a fuego en la conciencia del hombre. Como el sentido espacial en el niño, que se forma al comparar las velocidades con que distintos objetos se mueven en el espacio.

El hombre se apercibe del vacío que le rodea y le presta forma y expresión psíquica. Eleva el espacio al ámbito de las emociones. Plasma la relación interior del hombre con su entorno. Es el registro psíquico de las realidades que se alzan frente a él, le circundan y se transforman. Así el hombre expresa gráficamente su posición en el mundo y su necesidad de habérselas con él. La concepción del espacio se forma instintivamente, y por eso revela en cada época sus actitudes hacia el cosmos, la humanidad y los valores eternos.

dilluns, 19 d’agost del 2013

Musas y ninfas.


Ninfas y Silenos.
El origen del lenguaje, la música y la danza es mítico, y viene representado por la Musa como reveladora de lo divino, del ser, en su plasmación en las artes. Las musas y las ninfas se pasean por el monte Ida, su caminar y su danza son música, porque acompañan la danza invisible de la naturaleza. En la magia de los orígenes las cosas no tienen peso. Así como el viento pasa sobre las hierbas y roza las hojas de los árboles, así danzan los seres invisibles. Las ninfas son el origen mítico de la danza.

En las riberas del arroyo Iliso, lugar consagrado a las ninfas, Sócrates pedía ser poseído por la belleza de los dioses. Los manantiales y los arroyos susurran la melodía de la esencia de la naturaleza. Los hombres se encuentran allí con el aliento de las ninfas que les hace enloquecer, les produce un sacudimiento espiritual. Pero también un entusiasmo poético en el alma. Las ninfas son diosas, libres como el viento que sopla en las copas de los árboles, y encrespa el espejo de las aguas.

Las ninfas y las musas son hijas de Zeus y Mnemósine. Cantan la vida bienaventurada de los dioses y el origen del ser y el destino de los hombres mortales. Atrapan a los hombres y les hacen perder el sentido, produciéndoles el alumbramiento del espíritu. El poseído por las musas será el poeta inspirado. Se requiere de su guía para explorar la senda profunda del arte. El canto y la palabra que simbolizan las musas es la manifestación del ser de las cosas.

Es la voz inspirada, llena de secretos, que precede al habla armoniosa de los hombres. Es el canto que representa al mundo de cada ser; el conocimiento vivo en el que resuena la realidad cósmica. En el canto dicha realidad queda expresada en tonos, y en el lenguaje, en las palabras como cuerpos sonoros. El lenguaje expresa las cosas de tal manera, que sin él no hay pensar sobre las mismas. Sólo en el pensar hablado las cosas están presentes.

Las cosas acontecen en las palabras como esencias míticas. Así las palabras que perfila el poeta figuran las cosas en su vitalidad, personalidad y divinidad originales. Las cosas se mueven en las palabras de modos variados y a la medida del ambiente y situación en la que se encuentran. Los conceptos abstractos primero fueron formas vivientes. Pero la musa añadió también al canto hablado el movimiento rítmico de la danza. En la danza el cuerpo es completamente en sí mismo. El ritmo que lo posee lo libera de las cosas que lo enredan y lo devuelve a sí mismo.

Todo se vuelve liviano, los movimientos etéreos gozan de la perfección y de la belleza. Lo viviente revela en la danza la forma pura de sus ser. El hombre tiene el sentimiento vago de tocar la existencia misma. Si te dejas conducir por las Musas, por la voz que sale sonando de la esencia misma de las cosas, manifiestas el mundo y lo divino.

divendres, 16 d’agost del 2013

Hera o el amor.


Hera o el Árbol del Mundo.
A diferencia de Afrodita, la diosa del amor, con su séquito de lobos y su pasión destructora, Hera se presenta como el amor fecundo. Es la Tierra Madre. La sacralidad de la vida puesta en lo femenino. Esta noción aparece con el descubrimiento de la agricultura y el paso al Neolítico. Es una época en que las mujeres se convierten en propietarias de los campos cultivados. Pasan a ser las domesticadoras de las plantas. Adquieren una posición social fuerte y fundan instituciones como la matrilocación, por la que el marido queda obligado a vivir en casa de su esposa.

La fecundidad de la mujer se une a la fertilidad de la tierra. Las mujeres se convierten en responsables de las cosechas, pues ellas son las que conocen el misterio de la creación. Misterio que rige la vida, la alimentación y la muerte. La mujer se asimila al suelo fértil y pare sin ayuda alguna. Es Hera cuando concibe y da a luz a Hefesto y a Ares. Es el parto en el suelo, el gesto de depositar en tierra al recién nacido. El hombre, nacido de la tierra, retorna a su madre al morir.

La sacralidad femenina y maternal se confunde con el enigma milagroso de la creación. La matriz de la mujer es la matriz de la tierra. Es el misterio de la vegetación, en el que se exige la muerte de la semilla para asegurarle un nuevo nacimiento aún más maravilloso, porque se traduce en una sorprendente multiplicación. Es una verdad que se ha mantenido incluso para el hombre contemporáneo.

Incluso la creatividad religiosa viene suscitada por el misterio del nacimiento, de la muerte y del renacer identificado en el ritmo de la vegetación. Son los dioses que mueren y resucitan. Se elabora también una religión cósmica basada en la renovación periódica del mundo. Los ritmos cósmicos son tomados de la vida vegetal. Su símbolo es el Árbol del mundo. Así la realidad absoluta, el rejuvenecimiento, la inmortalidad se presentan bajo la forma de un fruto o de una fuente que mana al pie de un árbol.

En el centro del mundo hay un Árbol cósmico que une las tres regiones cósmicas: raíces en el infierno, tronco en la tierra, y las ramas que tocan el cielo. El espacio también se determinó a raíz de esta concepción. Para el agricultor, el mundo verdadero es el espacio en que vive: la casa, la aldea, los campos de cultivo. Aparecerá el lugar consagrado, como centro del mundo, donde tendrán lugar los ritos y plegarias, y se erigirán altares y santuarios. Es el lugar donde se establece la comunicación con los seres sobrehumanos.

La vivienda poseerá, pues, un simbolismo cosmológico y se considerará una “imago mundi”. Se dividirá en estancias simbolizando las fuerzas antagónicas cósmicas, como lo masculino y lo femenino, cuyo combate aumenta el poder creador de la vida.

dimarts, 13 d’agost del 2013

Héroes.


Danza de iniciación.
Dice Sergi Pàmies que los héroes actuales son el contravalor de los de antaño. Como no estamos en tiempos de grandes gestas, las hazañas de los héroes actuales consisten en el hecho de sobrellevar con entereza la rutina gris del día a día. La responsabilidad y la tenacidad son las banderas de la heroicidad. ¿Podemos considerarnos héroes? ¿Conducimos la responsabilidad por la autopista de nuestra vida diaria? Algunos dudarían en contestar y preferirían realizar las grandes hazañas del pasado, cual si fueran aventuras maravillosas.

Los héroes de antaño se emparentaban con los dioses ctónicos y con los hombres muertos. Son los espíritus de los difuntos, que permanecen en el interior de la tierra, donde viven eternamente como dioses, a los que se aproximan por sus poderes. Recibían honores y sacrificios. Son personajes cuya muerte tuvo un relieve especial y que tienen relaciones estrechas con el combate, la agonística, la mántica y la medicina, la iniciación de la pubertad y los misterios.

Los héroes fundaban ciudades y su culto tiene un carácter cívico. Son antepasados de los grupos consanguíneos y los representantes prototípicos de ciertas actividades fundamentales. Tienen rasgos singulares y comportamiento excéntrico que delata su naturaleza sobrehumana. Se sitúan en la época de los comienzos, cuando las estructuras no estaban fijadas del todo ni las normas se hallaban suficientemente establecidas.

Descienden de los dioses pero tuvieron doble paternidad. Son abandonados poco tiempo después de nacer, y alimentados por animales salvajes. Viajan por países lejanos, se distinguen por sus innumerables aventuras, y se casan con diosas. El culto heroico era encomendado a los efebos, que lo asociaban a ritos de iniciación: como la inmersión en el mar de Teseo, su viaje al más allá, al palacio submarino de las Nereidas.

Se asociaban también a ritos para obtener curaciones, y a santuarios, sepulcros, oráculos. Cuando morían eran trasladados a las islas de los Bienaventurados, al Olimpo, o desaparecían bajo tierra. Su muerte solía ser violenta, en la guerra, en combates o por traición. A veces muy dramática: los despedazaban, desgarraban, o devoraban. La muerte conformaba su condición sobrehumana y seguían actuando después de muertos. Sus restos poseían una temible potencia mágico-religiosa.

Las tumbas de los héroes irradiaban poder sobre los mortales durante siglos. Se aproximan a la condición divina gracias a su muerte, pues gozan de una existencia ulterior ilimitada, dependiendo de los símbolos de sus cuerpos. Solían estar en santuarios y dentro de las ciudades, y como centros de culto heroico, se acompañaban de sacrificios y ritos de duelo. Los sacrificios se celebraban por la noche y con altares en antros subterráneos.

Al desaparecer el héroe, se convierte en genio tutelar de la ciudad. Goza también de la gloria, de la perennidad de su nombre. Se convierte en el modelo y ejemplo de cuantos se esfuerzan en superar la condición efímera de todo mortal; por sobrevivir en la memoria de los hombres. Las creaciones heroicas, propias del caos del tiempo de los orígenes, darán lugar al mundo de los hombres: las instituciones, las leyes, las técnicas y las artes.

dissabte, 10 d’agost del 2013

Erótica.


Cabaret.
En un teatro exuberante, una actriz baja las escaleras del escenario adoptando una pose provocadora. El espectáculo se ha iniciado. La actriz ha adquirido el papel de reina. Será servida por los miembros del sexo opuesto y envidiada por los del propio. Depositarán a sus pies obsequios y alabanzas, y ella hará uso de su poderío. Poder femenino para encandilar, para levantar el ánimo, para susurrar lo abyecto, para jugar con los equívocos y no tan equívocos. Es una profesional y conoce las técnicas. Su arte es el juego erótico. ¿Jugamos?

Inteligencia y sutilidad puestas al servicio de un perfume, una prenda íntima, una mirada de soslayo, una caricia voluptuosa. Sagacidad social para saber quién tiene, quién puede, hasta qué límite, cuánto hay que arriesgar y cuánto ocultar. Se juega al amor pero sin caer en sus redes. Es un como sí, pero sin compromiso. Se pactan las condiciones del juego. Ofrecemos tanto, obtenemos tanto otro. El número de jugadores puede ser variante, y se recrea un ambiente apropiado para cada uno de ellos.

Quizá un pie, un pecho, una cadera; cualquier partición visual del cuerpo sirve de entrada. Hay juegos suaves y juegos duros. De una simple felación se puede pasar a la sodomía. Para ello existen profilácticos, cremas adecuadas, dilatadores, consoladores, esposas, antifaces. El placer se aumenta, se interrumpe. Se estimulan ciertas zonas en detrimento de otras. La estimulación es táctil, salivar, olorosa, de fluidos varios.

Las peticiones y promesas se intercambian. Dame más, te prometo más, ¿te ha gustado?, volveré. Un beso, una palmadita amistosa, un adiós. Y un hola otra vez, me gustó, vuélvelo a hacer. La actriz despliega sus artes y obtiene beneficios: una noche y pago la luz; dos, el gas y el agua; tres, y tengo la mitad del alquiler… Estoy en mi mundo y me lo paso bien. Interpreto jugando.

Las hetairas eran mujeres poderosas con un amplio despliegue de capacidades intelectuales y culturales. Poseían una influencia política sin parangón. Manejaban situaciones, tramoyas, haciendo uso de su ser completo: cuerpo y alma. El genio griego creó para ellas a Afrodita, la diosa del amor. Hesíodo nos relata su nacimiento del semen espumoso de un dios castrado, Urano. ¿Acaso la mujer para ser, para desplegar su poder, ha de castrar al hombre? ¿El ser mujer implica el feminizar al hombre? Quizá sea así.

En el “Himno homérico a Afrodita” nos la presenta como Señora de las fieras: “Tras ella, dándole escolta, marchaban los lobos grises, los leones de pelaje leonado, los osos, las rápidas panteras insaciables de cervatillos”. Afrodita pone el deseo y logra extraviar la razón de Zeus. En el impulso sexual o de vida unifica los tres modos de existencia: animal, humano y divino. Religa la sexualidad dotándola de carácter divino, y reina sobre los tres niveles cósmicos: el cielo, el mar y la tierra. Revela la sexualidad como trascendencia y misterio.

dijous, 8 d’agost del 2013

La sacerdotisa.


La sacerdotisa.
El hombre está vinculado con la realidad, que se halla de alguna manera en su interior y, por otro lado, infinitamente más allá. El hombre se da cuenta en su existencia, de que ha sido arrojado al mundo. Ha de navegar por el mismo y, como contrapunto, se ha de religar; tiene necesidad de un anclaje. Esta religación o vínculo surge de una estructura antropológica universal, y acontece en la realidad consciente humana.

Viene acompañada de un sentimiento de dependencia, el cual alcanza un estado de temor y fascinación. Vincula al hombre a la divinidad y une a varios individuos en el cumplimiento de ritos. Es la “religio”. Es una voz que ata, religa, vincula. Ofrece un anclaje en la vida. Las diversas religiones son plasmaciones concretas de la religación. Son formas de solidaridad de la realidad consciente humana con toda la realidad.

Si nos movemos religadamente en lo real, constituimos nuestro yo. Cada vez que nos atamos con un pedazo de realidad, nos forjamos como personas. Decimos que somos personas. El compromiso de la vinculación, el cuidado, la responsabilidad con lo real nos impele la proyección humana hacia el futuro y el poder de lo real.

El poder de lo real es enigmático, por eso el moverse religadamente resulta problemático. Es necesario el papel de mediador o guía, para que el hombre haga efectiva la voluntad de asentar su ser. En esta mediación destaca la figura de la mujer. María, la mujer por excelencia, la puerta de entrada de la divinidad al mundo. Las profetisas y sibilas de los oráculos, que abren también la puerta de lo enigmático. Las musas que facilitan la revelación, y las diosas griegas, que conducen el carro del destino humano.

El hombre no está frente a las cosas que le rodean como paseante, sino como un ser religado. Se sabe religado y tiene que averiguar qué es eso que lo mantiene atado. Por eso pregunta a la diosa del carro alado en el poema de Parménides. En dicho poema todo lo femenino es sabio: las yeguas que conducen al hombre por el camino de la divinidad, las doncellas que muestran el camino, las hijas de Helios que, apartándose los velos de la cabeza, van hacia la luz.

Finalmente, las jóvenes que persuaden a la diosa para que abra las puertas de las rutas de la noche y el día. Y la diosa, que responde el requerimiento del hombre señalándole dos vías de búsqueda: la del ser y la del no ser. La primera es la de la verdad, la del todo continuo en la que nada puede hacerse y deshacerse. Siendo lo mismo, yace firme. Pues la necesidad lo tiene cercado bajo cadenas que todo lo abarca. Es la Moira o destino que lo ha encadenado. Es el anclaje que venimos relatando, mientras que la segunda vía es la de lo mudable, lo que cambia. Sería la mera opinión humana, el navegar por aguas turbulentas.

diumenge, 4 d’agost del 2013

Símbolo mítico.


El cáliz como símbolo.
Cuando abordamos el símbolo, penetramos en un romanticismo evocador de realidades no accesibles. Jugamos con significaciones y constituimos así la propia capacidad humana distintiva. Al hombre le define la simbolización. Es la manera humana de tratar las cosas. Mezclar sensaciones e imágenes, trasladar sentidos, designar respuestas del inconsciente a ciertas situaciones fundamentales. Vinculamos de esta forma la existencia a una visión del mundo, que concretamos en mitos y la ponemos en acción en rituales.

Un mito es un relato de algo fabuloso que se supone acontecido en un pasado remoto y casi siempre impreciso. Los mitos pueden hacer referencia al inicio de una comunidad o, incluso, del género humano. Suelen personificar cosas o acontecimientos. El relato mítico responde de algún modo a la realidad. Expresa lo que jamás deja de ocurrir en todos los tiempos y lugares, lo que permanece siempre. Fija la esencia de una estructura de lo real.

El modo de fijarla es un relato. Los hechos del mismo se desenvuelven en un tiempo falso. Pero hay que ir más allá de este tiempo, buscar lo siempre presente, lo que no transcurre, lo arquetípico. Platón consideró el mito como un modo de expresar ciertas verdades que escapan al razonamiento. Sería el modo de expresar el reino del devenir. A partir del Renacimiento se cuestionó el grado de verdad de los mitos. El pensamiento de la Ilustración se encargó de depurar los mitos y leyendas de la historia. Luego, se reconsideró su lugar en la misma, en tanto creencias acontecidas.

Para Vico, es un modo de pensar que tiene sus propias características, y que expresa ciertas formas de la vida humana básica. Para Cassirer es un supuesto cultural, y no importa que no corresponda a nada sucedido. Es una forma de conciencia y una necesidad inherente a la cultura. Lévy-Strauss dirá que los mitos son estructuras innatas de la mente. Las formas de la existencia aparecen envueltas en el pensamiento mítico. Antes de que el mundo se dé a la conciencia, se toman las cosas empíricas como un conjunto de potencias e influjos.

Estas potencias o figuras míticas son productos autónomos del espíritu. La base positiva última del espíritu y de la vida. La intensidad con que se la vive. Es la fuerza que rebasa el control de la propia conciencia. La mitología es una experiencia y una vivencia. Es el proceso de verdad que se recrea continuamente. La primera conciencia que configura el ser mediante el deseo, y que se infiltra tanto en la intuición interior como en la exterior. El hombre se siente poseído por las cosas en esta conciencia primigenia, e intenta dominarlas mediante el deseo.

De la fusión del deseo, el hombre puede llegar a la determinación del objeto intercalando eslabones entre el mismo y su deseo. Mito es el pozo del tiempo. Es el patrón intemporal con que la vida se moldea a sí misma. Captura el alma del individuo y la llena de imágenes. Al encadenarlas tiene lugar el libre discurrir del pensamiento. Desaparecen los conceptos de espacio y tiempo. La realidad se condensa, se desplaza y deviene simbólica.