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| Columnas de Simeón el Estilita. |
Nuestro foco de atención siempre persigue lo móvil. Es una estrategia de adaptación ante lo cambiante. Es el modo de supervivencia. Sin embargo, existe una percepción que podría parecernos un lujo. Se trata de la contemplación de las partes inmóviles del medio para localizar el sitio de posibles futuros cambios o examinar el contexto en el que tienen lugar los acontecimientos. Es un lujo, en tanto los factores constantes se desvanecen de la conciencia. Ésta sólo presta atención a la inconstancia y le supone un reto escoger el marco visual de la situación que debe contemplarse.
La inmovilidad, la causa immobili, fue un concepto ya definido por Aristóteles. La sabiduría remite a la causa. Enseña las primeras causas y los principios. El fin o bien por el que debe hacerse cada cosa. Su conocimiento procura lo verdadero. Aristóteles considera que las cosas mueven al ser movidas, pero hay una substancia inmóvil que mueve al ser amada, y que es el origen de los cielos y de cuanto hay en ellos.
Todos desean el Bien y en el deseo surge el movimiento para alcanzarlo. Así cuanto más perfecto es el ente, más se acerca a la inmovilidad. ¿Cómo es la inmovilidad? Es una substancia simple y eterna, pura forma, pura inteligencia, que mueve por atracción. El hombre siente necesidad de la misma y para hallarla su camino le conduce nada menos que al desierto.
La hermenéutica del desierto describe las características de la atracción a lo indeterminado: lugar sin formas ni colores, siempre igual. Los desertizados experimentan la renuncia, el desapego, la ascesis más radical. La finalidad es conseguir la libertad, el Paraíso, la gnosis. La gnosis es la visión del principio constantemente vuelta hacia él. Es el conocimiento de la sustancia inteligente, la aprehensión de lo indeterminado. Se pretende la posibilidad de operar sobre el proceso cósmico mediante ritos o pensamientos.
Los primeros eremitas del s.IV lo hicieron a través de la Escritura. Se vaciaron de sí mismos y de cualquier distracción para llenarse sólo de la Palabra divina. Buscaban la libertad del hombre natural en el Paraíso. Vivir sin preocupaciones, con humildad y caridad, para no cargarse con lo superfluo que oprime y esclaviza. La inmovilidad es, pues, en el fondo una liberación: un volver a ser Adán y Eva en el Paraíso. Eso sí, sin serpiente. Los padres del desierto establecieron una demonología sobre el mismo. La lucha contra lo satánico en lo árido adquiere su mayor esplendor.
Precisamente, la falta de estímulos hace que el demonio pueda tentar más fácilmente al hombre. Y lo hace, porque quiere echarlo de sus dominios (con la aparición del cristianismo al diablo sólo le queda lo yermo): “¡Fuera de nuestros dominios! ¿Qué se te ha perdido en el desierto?” le gritaban los demonios a San Antonio; temían que llenase de ascetismo el último reducto que les quedaba. La lucha contra el santo fue de extrema violencia. No es casualidad que “El exorcista” se inicie también en el desierto: el demonio surge de allí y se encarniza contra el sacerdote.

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