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| El gato de Alicia. |
La risa, el gesto propiamente humano que nos diferencia, que hace que no seamos ni dioses hieráticos ni tampoco animales. Sólo el hombre puede captar lo cómico, el delirio, la locura finalizada en una sonora carcajada. La risa es social y vincula a un grupo. Es acogedora, es satisfactoria, y también transgresora. Permite un cierto desorden que libera, una subversión que regenera. Produce que la sociedad no sea un sistema cerrado de posibilidades, sino una estructura de campos en perspectiva. Lo risible se sitúa en el nivel de los juegos, los sueños, las representaciones teatrales y los equívocos. Es un nivel metacomunicativo de creación. Una estrategia frente al fracaso del pensamiento serio. Nos muestra una comprensión más completa del mundo: todas las caras de la realidad. El que se ríe es capaz de contemplar las cosas con perspectiva.
De aquello de lo que se ríe uno manifiesta su personalidad. Sirve de pista en las relaciones y actitudes sociales. La risa la proporciona el cuerpo que es parte de la conciencia. La situación corporal experimentada forma el origen de la conciencia. El cuerpo es el primer espacio y lugar en el mundo y no puede estudiarse objetivamente desde fuera. El sujeto construye significados a través de sus actos corporales insertos en el mundo en que vive. El cuerpo aporta su pasado estratificado a cada nueva situación. La corporalidad es subjetiva. Mediante ella el sujeto expresa sus intenciones y su pasado. Según las situaciones el sujeto va reforzando las posturas corporales. La risa le servirá de puente memorístico: une, por ejemplo, el cuerpo de la anciana con el de la niña que fue.
¿Qué pasaría si la risa se desvaneciera como la del gato de Alicia? Seríamos robots sin alma, seres pensantes pero no metacomunicativos. Nos restaría singularidad. Generalizaríamos nuestra conducta hasta acabar en un sistema totalitario. No habría crítica, ni comedia que desmontara el sistema. Y nuestro cuerpo ya no sería el mismo, la memoria no podría unir estratos: la gestualidad cambiaría. Seríamos seres desconectados que no podrían saltar a otras épocas. Perderíamos conciencia.
La risa no nace de la estética, sino del perfeccionamiento. Genera la elasticidad y la flexibilidad necesaria para que la inteligencia pura pueda adaptarse. Surge de la profundidad del inconsciente, de lo invisible para todo el mundo. Calca lo mecánico sobre lo vivo, para criticar la rigidez que nos conduciría a una muerte segura.
La risa adivina bajo las armonías, bajo las formas gráciles, las profundas revueltas de la materia. Hace que la idea jamás invada la realidad. Impide la obstinación del espíritu: cuando la idealidad choca con lo real. Se da en la incompatibilidad entre la envoltura y lo envuelto. Por eso el monje ciego de “El nombre de la rosa”, obstinado con la idea del mundo como valle de lágrimas, envenena el libro de la risa, para que lo real no deshaga su idea.
La risa es la espuma del cava, la alegría, el tintineo de Campanilla, la vida.

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