divendres, 19 de setembre del 2014

Amo, luego existo.


Volcán en erupción.
Los filósofos, a pesar de refugiarse en la areté del pensamiento ideal y sublime, también caen en las garras del amor, y si cabe, con peores consecuencias. El amor para el filósofo es trágico, porque debe conservar su autonomía vital de pensamiento y no destruirla dejándose llevar por la seguridad de un afecto compartido. Hanna Arendt, la gran filósofa, explica que en su primer matrimonio se sentía disuelta, había perdido la unidad de su persona, a pesar de haberse casado con un hombre bueno que la apreciaba. Alcanzará la dicha en su segundo matrimonio, cuando su nueva pareja respete y ayude a fortalecer el mundo de pensamiento de Hanna.

El filósofo asocia el amor al conocimiento. La más bella historia de esta unión es la de Abelardo y Eloísa. Son de principios del s.XII. Ambos filósofos brillantes, al igual que Heidegger y Hanna Arendt, Sartre y Simone de Beauvoir; sus amores, inmersos en un mundo de complejidades.

Eloísa con sus ansias de saber alcanza una formación insólita entre las mujeres de entonces. Abelardo, profesor de filosofía y canónigo, repara en su sabiduría, que la había hecho celebérrima. Consigue instalarse en la casa del tío de ella, también canónigo, y ofrecerse para profundizar en la esmerada educación de la joven. La relación amorosa no tarda en surgir: “ninguna gama o grado del amor se nos pasó por alto”. La pasión se conjuga con el intelecto. Al poco tiempo se descubre la relación y Eloísa queda embarazada.

Por ser él un clérigo acuerdan un matrimonio secreto que no satisface al tío. Abelardo y Eloísa ponen por encima la carrera de canónigo y la reputación de profesor de claustro de Abelardo. Al no hacer público el matrimonio y desmentirlo, el tío y sus allegados se sienten estafados y creyendo que Abelardo repudia a Eloísa lo castigan severamente con la castración. A raíz del lamentable suceso, Abelardo entra como fraile en un monasterio, y Eloísa se hace monja en un convento.

El intercambio epistolar entre ellos delata la experiencia brutal amorosa de Eloísa: “Dios sabe que no busqué en ti nada más que a ti mismo. Te quería simplemente a ti, no a tus cosas. No esperaba los beneficios del matrimonio, ni dote alguna. El nombre de esposa parece ser más santo y vinculante, pero para mí la palabra más dulce es la de amiga y, si no te molesta, la de concubina o meretriz”.

“No podrías ocuparte con igual cuidado de una esposa y de la filosofía. Quien debe absorberse en meditaciones teológicas o filosóficas, ¿puede soportar los gritos de los bebés, las canciones de cuna de las nodrizas, el ajetreo de una domesticidad masculina y femenina? Esta no es la condición de los intelectuales, y quienes deben preocuparse por el dinero y las cuestiones materiales no pueden entregarse a su ocupación de teólogos o de filósofos”.

Así de radical fue Eloísa por un ideal de vida: la consagración a la dimensión espiritual. Conservar esta pequeña llama, que no se apague, es el leitmotiv de todo filósofo y su lucha en la vida cotidiana. De ahí que el amante de la sabiduría camine siempre sobre un volcán a punto de estallar.



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