dimecres, 17 de setembre del 2014

El anillo mágico.


Anillo mágico.
Cuando en la novela de Harry Potter, Voldemort duplica varias veces su alma para resguardarla en objetos sensibles, no hace otra cosa que seguir la estructura de la forma simbólica. En ella un contenido espiritual de significado es vinculado a un signo sensible y le es atribuido interiormente. Así se va hilvanando el hombre en el lenguaje y trazando círculos, anillos, con los que penetra cada impresión. Vive en medio de la ensoñación, no se enfrenta a la realidad de modo inmediato.

En el flujo continuo de imágenes, mediante conceptos, el hombre destaca determinadas formaciones de contornos y propiedades fijas. Los elementos sensibles se dejan disponer de maneras distintas según el punto de vista. Si es lógico sigue una concatenación causa-efecto y la cadencia se ilumina entera de manera clara y distinta. Pero si es mítico, la iluminación es puntual con lugares intensamente iluminados y otros sumidos en la oscuridad. Porque la forma mítica es un devenir espacial, en el que los acontecimientos dependen de constelaciones, de fuerzas misteriosas que aparecen en el contacto y se resuelven en las distintas regiones del espacio.

El hombre delimita el espacio con las propias barreras que se impone a sí mismo. La separación espacial genera la distinción cualitativa. La entrada y salida de las diferentes esferas o lugares están ligadas a ritos, ya que cualquier intuición de lo exterior permanece infiltrada de determinaciones internas. Se delimita para individualizar: imponer un nombre, señalar algo concreto. En el mito es el lenguaje el que articula el mundo. Ante una determinada circunscripción espacial, se retrocede a la oscuridad, pues el sitio ya está iluminado, ocupado por una individualidad o espíritu. El juego de luz y oscuridad es el primer impulso de la capacidad de pensar del hombre. La intuición del fenómeno de la irrupción de la luz fundamentará el espacio y el tiempo mítico.

También la ley pars pro toto, la parte por el todo: una estrella por toda la constelación, un ahora mágico por todo el pasado y el futuro. El mito empieza cuando a la intuición de las partes delimitadas del universo se les dota un devenir en el tiempo. Es cuando lo divino desenvuelve en el tiempo su existencia y su naturaleza: los dioses narran su historia. Aquí, en la explicación del origen, se revela el verdadero ser mitológico. Con la forma del tiempo se hace patente la profundidad del mundo. Lo que cuenta es la procedencia y no el contenido de lo dado: cuando se retrotrae el contenido hasta las profundidades del pasado. La memoria es la que ilumina la conciencia; las cosas quedan explicadas cuando se las conecta con algún suceso irrepetible del pasado, descubriendo su génesis mitológica.

La parte por el todo, el ahora que entraña el pasado y está preñado de futuro: interpenetración cualitativa de todos los momentos temporales que representa la adivinación. La magia quiere acercarse a la totalidad del acaecer para colmar la conciencia con la intuición de esa totalidad. El fin es liberarse de la sujeción inmediata a la impresión. Todos queremos un anillo mágico.

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