dilluns, 8 de setembre del 2014

Y Alétheia se perdió.


Oveja perdida.
Estamos en el Reino del sentido siempre desplazado, de la metamorfosis continua de las multiplicidades, de las intensidades que pasan más allá de toda relación entre significado y significante. Las palabras y las cosas se separan en un sueño, donde la verdad ya no se restaura, donde lo oculto y lo olvidado tampoco se rescatan.

Navegamos en la diseminación: en una extensión plagada de semillas preñadas de sugerencias nunca cerradas ni agotadas. Las semillas remiten a algo distinto de sí y proceden de algo diferente: huellas de huellas sin origen, trazas de trazas sin meta. No hay sentidos originarios ni definitivos.

El juego de las diferencias imposibilita que un elemento remita sólo a sí mismo. Cada elemento se constituye a partir de la traza que han dejado otros. Es el tejido del texto que se produce en la transformación de otro texto. La diseminación discontinua en espacio y tiempo; la fuga de la lógica, la regulación, la normativa, la jerarquía. Es la apertura a sentidos imposibles, la inagotabilidad de las traducciones, la marcha de metáfora tras metáfora.

A este Reino se llega desheredando la tradición por desconfianza. Viendo que nada de ella puede atemperar la catástrofe humana después de un descorazonador s.XX: ningún sentido aportado por la tradición vale ya al estar siendo del hombre. La crítica se radicaliza entonces a extremos de plantear la posibilidad de lo imposible, pues la razón ha caído bajo sospecha. Se construyen mapas geográficos con múltiples entradas en todas sus dimensiones y líneas de escape.

La sospecha empieza cuando surge la angustia del individuo frente a un infinito abstracto que lo pretende subsumir. Es el grito de vida del hombre frente al sistema. A raíz de la Ilustración se crean sistemas racionales de huida hacia la colectividad, lo general, lo absoluto (Kant y Hegel), que hacen renunciar al hombre a la posibilidad de profundizar en su interior y en su soledad. Es el suicidio espiritual en el que se pretende escapar de la angustia del finito refugiándose en cualquier empresa colectiva, en una esfera de lo ético que ahoga al individuo.

El individuo para no renunciar a su propio fin inscrito en sí mismo ha de trascender dicha esfera. Se ha de colocar en una primacía irrenunciable, irrepetible, irremplazable. Ha de pensar la existencia concreta más acá del concepto. El concepto, la idea, deja de ser verdad; el valor ya no es absoluto. Entramos en la relativización y en los proyectos. El evolucionismo y el historicismo del s.XIX descubren que el tiempo es relativo (la ciencia con Einstein lo confirma).

La transformación del tiempo espacializado al de la conciencia como duración, hace aflorar a la intuición como medio de acceso al espíritu. El fin será la comprensión de la vida como verdadera realidad última y multiforme. Se rescata la vivencia, el sentimiento, la imaginación, la obra de arte, lo dionisíaco frente a lo apolíneo. La metáfora como la diferencia y la apertura máxima. El hombre: Ecce homo.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada