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| Rueda cósmica de la Fortuna. |
La biosfera posee una inagotable prodigalidad creadora, libre de toda limitación. La evolución de los seres vivos bebe de la imprevisibilidad esencial y genera novedades absolutas.
Las propiedades de los seres vivos reposan sobre la conservación molecular, pero evolucionan gracias a la superación de las imperfecciones que van surgiendo en su relación con el medio ambiente.
El origen de la evolución radica en los microorganismos. Ellos la abren de una manera fortuita, sin ninguna relación con el funcionamiento final de los seres vivos. Recogen accidentes singulares (un movimiento, un gesto), los inscriben en la estructura del ADN, y una vez allí los replican y traducen. Así los accidentes extraídos del reino del puro azar, entran en el de la necesidad: de lo imprevisible a la certidumbre más implacable. La selección saca del ruido todas las músicas de la biosfera.
Los productos son del azar, pero el dominio en el que la evolución trabaja es el de las exigencias rigurosas, donde lo azaroso queda desterrado. En la escala macroscópica, la del organismo, las orientaciones generales de la evolución se despliegan ordenadamente.
Cuando un organismo queda ya establecido, aceptará mutaciones si refuerzan la orientación ya adoptada, o bien si la enriquecen con nuevas posibilidades. El código genético será quien defina las condiciones iniciales esenciales de la admisión. El genoma de una especie constituye un inmenso depósito de variabilidad fortuita frente a las propiedades celosamente conservadoras del mecanismo replicativo. El plan de evolución, por eso, sólo ha integrado una ínfima fracción de las probabilidades que le ofrecía la naturaleza.
Damos una vuelta de tuerca y nos vamos al lenguaje simbólico que nos abre el camino a otra evolución, creadora de un nuevo reino, el de la cultura, de las ideas, del conocimiento. Ha sido posible gracias al desarrollo del cerebro del hombre por una presión de selección orientada, continua y sostenida durante más de dos millones de años. Es una presión de selección específica, pues no se observa nada parecido en ningún otro linaje.
La supervivencia de la inteligencia hizo crear una presión de selección evolutiva poderosa y orientada. Para ello fue menester la evolución del sistema nervioso central hacia una inteligencia de cierto tipo, y unas modificaciones neuromotrices específicas. Una de las funciones del cerebro programado fue la de acoger el lenguaje. El niño la desarrolla entonces como un juego, sin seguir ninguna regla.
Azar y necesidad siempre entrelazados; éste es nuestro sino. Por un lado el clinamen o libertad, la desviación que permite moverse en otras direcciones cuando el mecanicismo impera. Y por otro lado la invariancia que desarrolla los proyectos del organismo inscritos en el genoma. Los núcleos de invariancia serán los que mantengan el azar en el desarrollo evolutivo.
Los griegos expresaron ya esta ligazón en su noción de la rueda cósmica de la fortuna: la necesidad ciega que padece la ausencia de una causa eficiente definida. El reino de la contingencia sin causa que atañe a lo más particular, pero que no se puede desvincular de esa rueda del cosmos que gira sin cesar.

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