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| Lamborghini. |
El vehículo de la conciencia atraviesa sendas oscuras: la mirada hacia el interior, el retorno al pasado, la contemplación de lo circundante y, sobre todo, muy especialmente, el alejamiento de sí mismo.
El vehículo es una estructura permanente, una unidad de apercepción que enlaza las impresiones de una manera constante; un foco que ilumina lo envuelto, lo que le pertenece, desde su propia perspectiva. Recorre multitud de procesos biológicos, pero sólo engarza actos cognoscitivos. Es una unidad sintética que se convalida sí misma, un incondicionado dado de antemano que acompaña a todos nuestros actos. Es la percepción de lo inmanente.
Lo inmanente recoge las sendas del interior, del pasado, de lo circundante a nosotros. Pero también nos sitúa frente a frente: hace que la conciencia se halle ante sí misma como producto de lo radicalmente extraño a ella. El hombre se enfrenta al alejamiento de sí mismo.
El hombre se cuestiona a sí mismo analíticamente y se abre al horizonte ilimitado de tal preguntar. Está situado ante sí mismo en una pregunta que ha rebasado ya todas las posibles respuestas empíricas parciales. Si fuera un sistema finito no podría situarse ante sí mismo como un todo. Hemos llegado, de la inmanencia, a la trascendencia.
La trascendencia en el sentido de infinitud, porque la confrontación del hombre que le constituye como sujeto, le diferencia de su condición de cosa finita que también se da en él. Cuando el hombre como sujeto se autoposee en una referencia sabedora y libre al todo, entonces es persona. Esta referencia es la condición de posibilidad y el horizonte previo para que el hombre en su experiencia particular empírica y en sus ciencias particulares pueda comportarse consigo como una unidad y totalidad.
El todo del hombre está confiado a sí mismo. Incluso si se quiere explicar desde lo ajeno o lo condicionado, lo hace él mismo. Al cuestionarse a sí mismo como un todo, se rebasa o trasciende. El sujeto es la condición apriorística de la experiencia particular. Su experiencia es trascendental. El hombre es el indeducible, no puede producirse desde otros elementos disponibles. Es el ser que trasciende, que muestra un horizonte infinito.
El horizonte infinito del preguntar humano se experimenta como una línea que retrocede cada vez más lejos cuanto más respuestas es capaz de darse el hombre. Cada respuesta vuelve a ser el nacimiento de un nuevo preguntar. Se desplaza en un horizonte cada vez más amplio, que se abre ante él sin confines. El hombre es la pregunta que se levanta vacía, y que nunca puede responder adecuadamente. El hombre trasciende porque anticipa el ser.
La anticipación lo transforma en un vehículo poderoso: el hombre es un lamborghini rojo.

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