dijous, 3 de juliol del 2014

El jeroglífico.


Jeroglífico egipcio.
Cuenta Proust que hay que volverse egiptólogo para descifrar el mundo. Los signos son la materia del mundo que tratamos. Para realizar nuestro aprendizaje temporal en la vida debemos interpretar los signos que nos van apareciendo.

Los signos no se presentan de la misma forma, ni se dejan descifrar del mismo modo, tampoco establecen una relación idéntica con su sentido. Evolucionan, se fijan o ceden sitio a otros signos. Todo ello genera una pluralidad de mundos, en la que cada signo ocupa un lugar.

Si nos tropezamos con un signo nos hallamos ante la punta de un iceberg que esconde mundos desconocidos. Los mundos se desarrollan temporalmente, pero existe el original, el que carece de tiempo, y éste es la esencia: el mundo enrollado, no desenvuelto. El arte será el que recobre el tiempo enrollado en la esencia. Lo hace espiritualizando la materia para alcanzar la cualidad de la esencia. Une así el sentido espiritual con el signo inmaterial. La diferencia o esencia alcanzada por la obra de arte nos permite concebir el ser.

Las esencias son puntos de vista que expresan el mundo. Y sólo mediante el arte podemos ponernos en el punto de vista del otro. Sabemos cómo ve el otro ese universo que no es el mismo que el nuestro. Gracias al arte vemos multiplicarse el mundo.

La memoria involuntaria nos coloca en el camino del arte, pues sustrae a los objetos de las contingencias del tiempo. Combray en la “Recherche” de Proust es el tiempo en estado puro, una localización de la esencia del tiempo realizada a través del recuerdo involuntario (la famosa magdalena). La memoria involuntaria trae el tiempo primordial al desenvuelto.

La sensibilidad humana es la que aprehende los signos y la inteligencia es la que los interpreta. Así el hombre sensible libera las almas implicadas en las cosas. El poeta es el que pulsa la génesis del pensamiento. Al describir las impresiones materiales libera el espíritu, arranca al pensamiento de su estupor natural.

Y es que las esencias no viven en las regiones atemperadas de lo claro y lo distinto, del pensamiento lógico, sino en las zonas oscuras. Requieren de un acto violento, de un encuentro fortuito que nos fuerce el pensamiento. No se entrega voluntariamente, se arrebata.

Así nos hallamos ante el jeroglífico del mundo, que nos sumerge en el azar del encuentro y en la necesidad del pensamiento. Así avanzamos a través de los signos amorosos, materiales e inmateriales. Aprendemos en el camino hacia el futuro. Proust es futuro, no pasado, inteligencia y sensibilidad, no imaginación y memoria. Búsqueda de la verdad.

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