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| Sirena. |
Mujeres aladas, mujeres con cola de pez, mujeres que dominan los elementos. Mujeres que causan pavor por su belleza maldita y sus poderes ocultos. Las sirenas, el arquetipo de mujer ancestral que recorre la mitología de todas las épocas, incluso la actual, en donde se afirma haberlas visto en lugares precisos.
Las sirenas son hijas de la dulzura de las musas, son imágenes de la seducción. No inspiran como las musas pero ofrecen un amor temerario e imposible que liga a los navegantes que circundan su límite. Encadenan a los hombres en el amor. Tienen extraños poderes y anhelos sin freno.
Las sirenas ofrecen una feminidad indómita, que sublima a la mujer como hada. Son seres no civilizados, naturales, que amenazan el orden masculino. Como tal en el pensamiento griego reflejan la concepción de la doncella como portadora de la muerte. Son compañeras de la reina del Hades Perséfone y, por ello mismo, letales seductoras de hombres.
Se asientan en un preciso lugar y desde allí guardan a los difuntos (su imagen aparece en relieve en los cementerios), y median entre vivos y muertos gracias a sus cantos. Son el intersticio entre los dos mundos. Se desplazan entre la superficie de la tierra y el profundo Más Allá.
Lanzan sus lazos a modo de cantos mágicos, ofreciendo hospitalidad en la trampa de un placer exquisito. Tientan con la sabiduría, y la muerte de los apresados deviene en una letal inmovilidad. Su hechizo mágico se compone de melodía y relato sabio que conducen al deleite supremo. En sus palabras de tentación espejean la esperanza ilusoria de ser mortal y a la vez superviviente en la gloria imperecedera de la heroicidad.
Son deseo en estado puro, muerte en estado puro. Forman parte de la ruta aventurada de los héroes. Cuando se las vence se lanzan al agua y quedan convertidas en rocas. Se deslizan con facilidad, son escurridizas; de ahí la cola de pez.
Según Maurice Blanchot las sirenas conducen a un lugar en donde sólo resta desaparecer, porque la música en esa región de fuente y origen se hunde. Despiertan un placer extremo de caer, que el hombre no puede satisfacer en las condiciones naturales de la vida. Causan una desesperación muy cercana al rapto. Un movimiento hacia el canto y la expresión del mayor de los deseos. Las sirenas desaparecen en la verdad y la profundidad de su canto.
Comprometen a la navegación dichosa y desdichada que es el relato. El que habla sufre la muerte si el que escucha se le escapa. Es la poesía que debe de desaparecer para que cobre vida; la realidad que debe morir para que nazca la literatura. Dicen Adorno y Horkheimer que quien quiera subsistir al canto de las sirenas que haga oídos sordos a lo irrevocable. La sociedad se encarga de ello.

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