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| Quercus. |
En un lugar originario donde el lenguaje todavía es inexistente, la voz gutural humana resuena en las cavernas.
En un mundo de impresiones sin conexión ninguna, exterioridad pura expuesta al azar, el hombre se mueve en un cambio perpetuo, sin identidad ni ley.
El conjunto de lo que aparece, lo dado, es el flujo de lo sensible, el ser igual a la apariencia. Los sujetos todavía no están configurados. Aún no han surgido los hábitos que produzcan la contracción que nosotros somos. Todavía no nos sostenemos en la experiencia, pues somos agua, tierra, luz y aire contraídos.
Es el hombre previo a la síntesis activa de la conciencia, es la pasividad del inconsciente. No existe el presente, sino presentes variables. Los cuerpos son intensivos, recorridos por ondas que trazan umbrales. La sensación es la vibración de un cuerpo sin órganos.
Quercus, el árbol más antiguo, el que aparece antes que el hombre, el que habla al hombre que escucha sin lenguaje. El hombre observa cómo el viento mece las hojas, las ramas, y los troncos se doblan para susurrarle aliento.
La impresión se produce entonces, el hombre espera un fenómeno, que de A surja B. Y el lugar se define porque allí ha quedado impresa la acción de la experiencia. La impronta se inscribe en la sensibilidad. Aparece una huella y una premonición, lo que ha sido y lo que se va a repetir.
La repetición produce una diferencia en el espíritu que la contempla. La diferencia procurará el advenimiento de la subjetividad. El hombre queda sujetado. Cuando surja la conciencia con sus representaciones quedará en la sombra el subsuelo de contracciones, retenciones y esperas que hacen al sujeto.
El hombre se pone en práctica, la percepción aflorará seleccionando imágenes para retenerlas y proyectarlas. Las condensará formando el pliegue que es él mismo, y que supone la parálisis del tránsito ilimitado de lo sensible.
El hombre toma conciencia de sí cuando paraliza el mundo y se separa de él. Ya no es flujo, ahora es un pequeño dios, un quercus.

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