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| Fantasma en la biblioteca. |
El fantasma es el tercero que flota, el que participa en la escena pero no tiene asignado un lugar. Es aquel que posee extrema movilidad, el que hace de su paso envoltura y emanación, efluvio que recorre la atmósfera con agilidad. Franquea fácilmente la distancia entre sistemas psíquicos y disuelve el yo en la locura.
El fantasma es el devenir, el asunto siempre inacabado del hecho de escribir. La literatura que desborda cualquier materia vivida, porque escribir no es imponer una forma a aquello experienciado, sino dar un paso de vida que atraviesa lo vivido. Es un devenir que entrelaza umbrales del universo eterno. No alcanza ninguna forma, se sustrae a todo proceso de formalización.
La literatura empieza cuando nace en nuestro interior una tercera persona que nos desposee del poder decir yo. Es delirio, una línea mágica que escapa del sistema dominante. El escritor es el vidente y oyente de las ideas que vislumbra en los intersticios del lenguaje. No define los estados de las cosas, sino que capta los acontecimientos que se escapan de las mismas. Los acontecimientos se hallan en las superficies, en la diversidad de los sinsentidos que dan cuenta del universo entero. Cuando el tiempo se ha salido de sus goznes.
Es el lugar de la ausencia del sujeto, donde se despliega una lógica de la multiplicidad de las interpretaciones. El escritor renuncia a decir yo y cae en el infinito. Pertenece a un lenguaje que nadie habla, al lenguaje del ser. El escritor es un eco, un silencio para que tome forma lo que habla sin comienzo ni fin. Se entrega a la fascinación de la ausencia de tiempo. Quien profundiza en el verso no tiene la verdad por horizonte ni el futuro por morada. Cae en la desesperación del abismo.
El abismo es un espacio autónomo, es la profundidad de lo imaginario. Se trata del punto donde no se puede hacer nada con las palabras. La necesidad interior de escribir está ligada a la cercanía de ese punto. El artista ha de sostener una fuerte conmoción en su vida para circundar el punto. Se ha de sentir privado del mundo, ausente de él, arrojado fuera de la vida y no ser ya él mismo. Sólo sintiéndose destruido hasta el fondo, surge la posibilidad de la creación más grande. No es extraño que grandes escritores hayan sido personas enfermizas y anuladas para una vida normal, como Kafka o Proust.
El escritor se siente exiliado de una realidad en la que nunca estuvo. Escribir es conjurar los espíritus que muchas veces se vuelven contra uno mismo y contra los demás. La inspiración aparece como un surgir de la nada, del abismo del silencio. Y se comunica el ser que impregna todas las cosas. Es el “resucita, Lázaro”.

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