dilluns, 23 de juny del 2014

El intérprete.

Juego de cartas.
Interpretamos porque somos “homo ludens”, el hombre que juega. Jugamos porque somos libres. Podemos discernir, escrutar la multitud de impresiones que recibimos y sobre las que nos constituimos. Al ejercer nuestra crítica, combinamos los elementos para destacarlos, volverlos relevantes, brillantes para todos, para uno mismo. El juego de la elección nos hace humanos.

El hombre que interpreta despliega el sentido del juego. Refleja la multivocidad del ser a través de la multivocidad de sentidos que se entrelazan en un juego como el poético, en donde las palabras no refieren, sino que se palpan en su desnudez.

El intérprete muestra lo que es a través del pensar. Enseña a ver algo que todos podemos llegar a ver y a entender. Transmite una experiencia de sentido como la dada en la obra de arte, que saca al hombre de lo habitual y cotidiano.

Cuando el hombre se ve golpeado por aquello inhabitual no comparte una catarsis o evasión del mundo, sino que es colocado delante de un espejo que le muestra lo que es. Ya no puede ocultarse tras las sombras de lo cotidiano. Deja de ser sombra y se revela a sí mismo. Por eso la experiencia del arte prende todo nuestro ser. En Hegel ya era una forma de autoconocimiento del espíritu.

La obra de arte se integra en la comprensión que cada uno tiene de sí mismo. ¿Nos sentimos alcanzados por el sentido de lo dicho, de lo expuesto? Cuando contemplamos un cuadro, escuchamos una pieza musical, o leemos poesía lírica, no nos trasladamos a otra esfera, sino que nos confrontamos a nosotros mismos. Descubrimos algo que estaba encubierto. Nos orienta en el mundo y en nuestra propia autocomprensión.

Todos somos intérpretes cuando accedemos al gran contexto de sentido. Cuando desplegamos las palabras que son gestos de sentido. Cuando nos enredamos en la interpretación que puede ser falsa y verdadera a la vez. Tal el don que nos otorgan las musas.

La palabra interpretada convoca al ser-ahí cerca. Nos envuelve en la cercanía, en la familiaridad. Nos acerca el mundo ordenado espiritualmente. Nos atestigua nuestra existencia ahí. Pero, ¿qué desplegamos? La libre posibilidad que nos hace ser humanos en medio del impulso de la materia y de la forma. El reflejo del espejo en el que nos avistamos de modo inesperado, extraño: cómo somos, cómo podríamos ser, lo que pasa con nosotros. Pulsamos lo innombrable.


Lo innombrable, tantas veces tratado por Lovecraft, lo extraño, no es más que otra perspectiva, pero quizá la definitiva que recorre nuestro ser. ¿Qué es? Quizá eros, quizá tánatos, las dos pulsiones básicas del hombre y el modo en cómo cada uno de nosotros las modulamos. Acabamos en el aliento vital, en Bergson, en Deleuze, en Freud y no podemos salir de ellos. Nadie aún los ha superado.

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