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| Diálogo filosófico. |
Siempre se ha considerado la forma como expresión del contenido. Una mera cuestión estética que adorna aquello que se tiene que expresar. Pero la contemporaneidad ha dado la vuelta a la tortilla, procurando que aquello estético de antaño, sea ahora esencia, el contenido mismo. Lo que se quiere comunicar y elige una forma cualquiera para expresarse, ya no es válido. Sólo existe en cada caso una forma determinada y precisa, pues ella ya es la esencia.
En un diálogo filosófico cada escena representada es esencial para contribuir al fin que pretende. Tomemos el ejemplo de los diálogos platónicos, en los que se implica al lector en la discusión a la que asiste. Lo importante es la reacción que experimenta ante aquello expresado. Platón establece una conexión entre la cuestión que debe ser comunicada y el alma a la que debe ser comunicada.
El lector ha de ingresar en un proceso de transformación interna para conocer la solución del problema. Así la comunicación del saber se sintoniza con el receptor. Por eso el hecho de que Sócrates se paseara por las calles filosofando no es creíble, ya que la filosofía no se brinda, sino que es solicitada por quien pueda tener interés. La finalidad sería eliminar las eventuales ataduras personales para abrirse camino hacia verdades permanentes.
Tanto el lector como los interlocutores se sitúan en el diálogo bajo un condicionamiento ideal que hace posible su acercamiento al problema. El diálogo nunca es entre interlocutores del mismo rango, pues tiene que ver con la concepción platónica de la comunicación del saber filosófico. Ha de haber un director de conversación que corrija a cada interlocutor, si no, las cuestiones fundamentales quedarían sin solución.
El arte filosófico del discurso requiere, pues, del conocimiento de la esencia de las cosas de las que trata el discurso y el conocimiento de las almas a las que ese discurso va dirigido. Las almas poseen el recuerdo de lo que en un día contemplaron libres del cuerpo. Este recuerdo las hace mover en un impulso hacia el saber del dialéctico. El dialéctico busca en cada alma el logos apropiado para conducirla a la verdad.
La forma dialógica es como el filósofo filosofa. En la oralidad tiene lugar la búsqueda filosófica. El escrito es un mero ejercicio de refuerzo. Para la recepción de la verdad se requiere una preparación adecuada. Por eso ha de existir cierta prudencia en la transmisión del saber filosófico con el fin de no dañar su objeto. A esta prudencia se le denomina esoterismo, que no hay que confundir con un secretismo sectario que busque afán de poder.
En definitiva, la filosofía es un camino transitable que conduce a un término que se puede alcanzar: que el alma encuentre el descanso en la idea de Bien. Y ese camino, esa forma, es esencial.

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