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| Escolanía. |
Los niños cantores alzaban las voces hasta rozar la cúpula de la Iglesia, donde decenas de ángeles, pintados en acuarela, recogían y hacían reverberar los sonidos a través del santuario. Las cadencias se filtraban por las grietas y cual dendritas penetraban los cimientos de las rocas. Lilith, desde lo profundo de la cueva, podía sentir las manifestaciones apoyándose en la piedra. Los amaba. Amaba a esos niños que habían sacrificado su vida para albirar, aunque sea, un destello divino.
La acusaban los detractores de asesina de niños para maldecir su papel de mujer libre. La apedreaban y la hacían huir a lo más recóndito por haber abandonado el Paraíso. Pero ella había sido madre y quería a los niños. Los defendía de las sombras que los rondaban. Sabía de las tentaciones de los frailes, pero también del Abad, en cuyo corazón palpitaba la oscuridad. Hijo menor de un noble había accedido al cargo por intereses de poder. Asimismo constituía un bocado suculento para el ángel caído que habitaba el lago.
Los niños cantores estaban destinados al culto. Eran instruidos intelectualmente en latín y poseían una educación musical excelente. En cumplimiento de una promesa o voto las familias los entregaban al santuario. El resto de los custodios, ermitaños y monjes, oblatos, sirvientes y curas, llevaban una vida de rigor espiritual en torno a la imagen de la Madona oscura. Eran sus protectores. Las oraciones, las lecturas, la liturgia, la piedad y la cultura, eran hilos que adornaban el icono.
La iconoclastia o destrucción de las imágenes jamás llegó al santuario. El icono restó protegido como presencia de lo inefable. Signo de lo divino que interrumpe en lo profano, concentrando las fuerzas espirituales del lugar. La aparición del icono torna el lugar sacro, pues su encuentro es mágico. Suele ser un pastor que lo rescata de la fisura de una cumbre. Los pastores de ovejas son símbolos de guías espirituales. El rescate de la tierra madre, reflejo de un origen celestial.
Sólo una parte del cristianismo rinde culto a las imágenes, el resto y demás religiones lo rechaza. El motivo es la creencia en un Dios distante que no puede confundirse con nada de este mundo. El simbolismo del icono implica, en cambio, que lo sacro hace aparición en lo profano. Manifiesta la presencia de una ausencia, la cercanía del Otro. Ese Otro habita entre nosotros y trazamos círculos mágicos allí donde destella su palpitar. En el círculo se da la conexión entre lo humano y lo divino. El hombre clama, Dios responde.
Lilith utilizó la magia del icono para proteger a los niños. Depositó debajo de la almohada de cada uno de ellos una medallita de la Madona oscura y recitando el ave María creó un límite infranqueable que los volvió invulnerables. Los niños cantores siempre estarán protegidos, y sus voces, acompañarán la corte celestial por toda la eternidad.

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