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| Tabernáculo. |
Cuando entraron en la Sinagoga, les cegó el humo que se filtraba a través de la segunda puerta cerrada. Con ayuda del rabino, a quien dieron enseguida aviso, consiguieron abrirla. Una ráfaga de calor intenso les lamió la cara, y tras ella, pudieron contemplar el infierno en su inmenso horror.
Atado frente al tabernáculo un hombre agonizaba en llamas, y sobre el altar, en vez de hallarse la Torah, aparecían desparramadas las entrañas palpitantes de diversos animales, degollados a los pies del candelabro de siete brazos.
Dentro del arca sagrada encontraron un artilugio mágico, que no se atrevieron a tocar. Como después les contó la policía científica, hicieron bien, pues contenía polvos extremadamente venenosos. La sombra había vuelto a actuar de manera despiadada, sesgando vidas y cometiendo sacrilegios en los espacios espirituales.
Conocían el modus operandi y cada vez obtenían más información sobre ella. Pero no podían agarrar a un ser inmortal, sólo desplazarlo: exorcizar los santuarios para impedirle el acceso. Jan solicitó la ayuda de los custodios y, así, poco a poco, fueron peinando la ciudad. No obstante, con el transcurrir de los meses, una inquietud iba invadiendo sus almas.
Los tres presentían que aquello no era la solución. Debían ir al verdadero origen del poder maléfico y Sebas, como buen pastor de ovejas, olisqueaba las colinas. El dependiente de la librería judía les habló de las montañas oscuras: el lugar donde los señores del nombre se reunían con los ángeles caídos. La sierra oscura donde un judío enmascarado del s.XVII, de Barcelona, accedería a semejante reunión, sólo podía ser Montserrat. Y la puerta de acceso, un hábito de monje.
Montserrat, la montaña mágica donde los nazis de la SS buscaron el Santo Grial sin éxito. Se adentraron en sus cuevas profundas y no consiguieron hallar el río subterráneo que recorre la montaña y conduce al lago insólito. Según los manuscritos antiguos dicho lago esconde un gran tesoro. Los nazis estaban convencidos que se trataba del cáliz sagrado.
Un monje benedictino del s.XVII, experto en lentes, hierbas medicinales, rollos de papiro de la antigüedad, y cálculos combinatorios, procedente de la ciudad de Barcelona, sí halló el camino de las corrientes telúricas que comprimen la montaña con una fuerza tectónica descomunal. Descendió por el pozo del diablo gracias a un sofisticado sistema de poleas fabricado por él mismo. Había calculado minuciosamente los metros, los recodos y salientes de los estrechos túneles por los que iba abocándose. A fuego llevaba grabado el mapa en la mente, después de tantos años de estudio. Y sabía qué le esperaba en la meta: no era un tesoro, ni el oro de América; tampoco el Santo Grial.
En el lago, flotando por encima de las aguas, un ser maléfico le aguardaba. Sus alas negras removían el líquido espeso formando remolinos a su alrededor. El rostro de una belleza espeluznante brillaba iluminando la cueva entera. Al óptico no le hizo falta ningún candil para contemplar la amplitud de espacio que tenía ante sí. El ángel oscuro, con un solo movimiento, desplegó sobre el lago el tablero de ajedrez de la vida. La partida acababa de comenzar.

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