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| Lilith. |
El ángel oscuro cegó al óptico nada más comenzar el juego. La luz no le pertenecía. El señor del nombre se reunía con el señor de la sombra y el contacto se iba a llevar a cabo por otro cauce. La visión fija presencias, constituye esencias eidéticas que conducen al Bien Supremo, a la Verdad, a la Belleza. Ahora, en cambio, se trataba del camino inverso. No se podía tolerar nada fijo. Todo quedaría sumido bajo la bruma del líquido espeso que sustenta al ángel caído en el lago.
El cauce iba a ser la piel. El tacto se consolida fragmento a fragmento. No existe la totalidad en su actuar. Son los pliegues que buscan recovecos donde esconderse y volver a surgir. Instantes nada más, como el placer y el dolor que abrasan la piel. El óptico se quedó desconcertado, había alcanzado lo más elevado del conocimiento gracias a la luz, y ahora lo insertaban en un medio diferente del que no tenía ninguna experiencia.
La piel simboliza a la mujer, el órgano femenino constituido por pliegues que se superponen. Fragmentos táctiles llamándose los unos a los otros. El óptico estaba perdido y el ángel sabía que iba a ganar la partida. El tablero de la vida que superpuso al lago se convirtió enseguida en Lilith: la mujer más hermosa y temida por los hombres. La primera mujer de Adán que reivindicó la paridad huyendo del Paraíso, cual Norah de “La casa de muñecas” de Ibsen.
Los hombres la temen porque es como ellos, creada a igual semejanza de Dios, y no subordinada a nadie, ni a nada. Libre como el viento, búho de Minerva que levanta el vuelo al anochecer, cuando ya todo ha acontecido. Vive sin luz, autosuficiente, poseyendo con el tacto. Comparte con los hombres, sus iguales, y su fecundidad no tiene límite. Es la primera vampiresa y el icono del feminismo anarquista.
Lilith poseyó al óptico: hizo trizas su piel y secó para siempre la fuente de su semen. Lo convirtió en sombra de sí mismo. El erudito monje vasallo ahora de la mujer. Lo reconduciría por laberintos femeninos, espejos y fragmentos de la realidad. Gracias a ella alcanzó el destino de la estrella: lo quería inmortal a su lado.
Lilith representa la discontinuidad del mundo moderno frente a la continuidad que ha imperado en el antiguo. Desde Grecia o incluso antes la realidad se entendía de manera continua. No existían vacíos o cortes en ella. Se creía a la Naturaleza regida por el orden y la regularidad de la continuidad. Las cosas existían ligadas entre sí y llenas. Pero este laberinto del continuo se desvanece en la escala microfísica con la aparición de los corpúsculos.
Los corpúsculos son partículas mínimas de espacio-tiempo, que explican las cualidades de los cuerpos en función de cantidades. La energía emite según estas cantidades o cuantos. La luz la vemos ondulatoria pero está compuesta de corpúsculos. Lilith enseñó la teoría corpuscular a su amante, y juntos dominaron la materia más allá de ella misma.

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