dijous, 27 de març del 2014

Caín.


Caín matando a Abel.
Al igual que Caín la sombra corre después de cometer el asesinato. Ciega, golpeándose contra las rocas, quiere salir del recinto sagrado de las montañas y huir lejos, muy lejos, fuera del alcance de la propia oscuridad mortificante. El ángel oscuro se ríe viendo la agonía del óptico, y para que ésta no tenga fin, decide él mismo llevar al asesino frente al demiurgo.

El demiurgo no juzga moralmente, sólo moldea las formas de lo sensible según las ideas eternas. Cuando recibe al monje agónico, cual masa putrefacta, lo fermenta en la lente perfecta que había creado aquél tras largos años de investigación y estudio. El monje viviría la inmortalidad en la superficie de los espejos, y cada vez que uno de ellos se resquebrajase, sentiría, durante siete años, cómo las grietas penetran en el alma.

El demiurgo enfoca la lente perfecta hacia la estrella más pérfida, y deja que la luz del sol atraviese el cristal, cual mil cuchillos de dolor. La sombra es ya inmortal.

Cuatro siglos después, llegan a las montañas de Montserrat, Jan con Evaristo y Sebas, en el viejo coche atrotinado del párroco. Entusiasmados contemplan el paisaje de las alturas y acuden a hablar con los monjes de forma cordial. Amablemente, les dejan acceder al archivo y constatar la desaparición misteriosa de un monje barcelonés, de origen judío, en el s.XVII. Se llamaba fray Tomás y su nombre verdadero Salomón Leví. Había sido el cartógrafo de las cuevas subterráneas de Montserrat, además de un buen espeleólogo.

Los tres consultan los mapas cartográficos y a Jan le llama la atención la señal que aparece en la cueva más profunda de todas. Es el símbolo del agua. Tiene que existir un lago, y si es así, Jan sabe lo que supone tal descubrimiento. Los libros de magia negra mencionan dicho lugar, donde el supremo de lo oscuro practica y dirige los rituales más siniestros. Jan acaba de hallar el habitáculo del ángel negro.

Los monjes les confirman que jamás se halló esa cueva y que forma parte de una leyenda. Entonces Sebas, el pastor, augura que él la encontrará.

Caín mató por ira, por no soportar lo que consideraba una injusticia. La ira se desencadena cuando se interpreta mal un hecho y se cae en la injustificación. Caín se esfuerza más que Abel, pero el agradecimiento que recibe es escaso. Abel, el agraciado, recibe el honor con la ley del mínimo esfuerzo. ¿Cuántas veces en la vida hemos contemplado estos hechos? Infinitas veces.

La interpretación justa de la historia fraticida sería que el esfuerzo no guarda proporción con la valoración final del resultado. Se apela aquí a la ley del mercado: el valor de la cosa viene impuesto desde fuera, por un equilibrio de constantes. La desgracia de Caín consiste en que de antemano iba a perder, porque la valoración del producto ya estaba dada, independientemente del esfuerzo. Caín recurre a la ira por desconocimiento de las leyes del trueque. Es la ira del ignorante que se siente impotente. Y el asesinato, como todos, producto de la estupidez.

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