dilluns, 24 de març del 2014

La obra de arte.


El arte de la poesía.
Un lugar nuevo se abre de golpe. Lo más originario del ser, aquello que es anterior a todo lenguaje y válido para la realidad misma, se poetiza. La obra de arte es el camino más auténtico para revelar el ser. Antes de que hubiera mito, antes de que hubiera palabra y pensamiento, el poeta anunciaba lo divino.

Con la obra de arte entra algo nuevo en la existencia. No sólo se desoculta una verdad, sino también un acontecimiento. La ciencia construye el conocimiento correcto de las cosas de la realidad, pero es el arte el único que desvela el ser de estas cosas y lo muestra como un acontecer. Posibilita el ámbito de apertura en el que acontece el ser del ente ahí. Lo ve surgir.

La obra de arte hace surgir el ser y, al mismo tiempo, lo resguarda para que lo contemplemos con toda la intensidad de la tensión producida. Se trata de un sentido profundo e insondable, no de un mero significado. Posee sentido porque además de superficie a la obra de arte le caracteriza una interioridad profunda, que es la de sostenerse a sí misma.

El sostenerse a sí misma es la clave de la obra de arte. Significa que en ella el mundo está ahí. Abre su propio mundo. Por eso no es un simple objeto decorativo. El objeto es tal cuando el mundo al que pertenece se ha descompuesto, cuando ya no cabe en la articulación de su mundo. En cambio, la obra de arte abre y cierra un mundo. Lo cierra su propia materialidad.

La materia de la que está hecha adquiere su auténtica existencia dentro de la misma obra. Los materiales surgen cuando se los emplea, cuando están integrados en la obra. Así el mármol se sostiene de manera más auténtica, hace aparecer el carácter marmóreo de su ser, en el David de Miguel Ángel y no en un bloque cualquiera.

Las nociones antiguas de materia y forma aristotélicas, dejan así de tener presencia en esta nueva concepción heideggeriana. El relevo será los conceptos de mundo y tierra: el mundo abre, la tierra cierra, recoge lo dado en sí misma, integra. El mundo que surge en la obra ingresa en la figura reposada, en su existencia terrena. Su ser es ya vivencia en la existencia. Es un empuje que derriba lo anterior. Abre un mundo que nunca había estado de esa manera, y además lo alberga en la permanencia.

Este empuje de la verdad convertida en acontecimiento, no se cumple en la verdad del concepto filosófico. Por eso, en el arte se comprende el ser mismo, que es el acontecer de la verdad. Comprendiendo el arte se comprende la realidad. En cambio, objetivando la realidad, anulamos el ser. Pues se mostraría sólo la oportunidad de aprovechamiento de lo ente, la voluntad que se apodera del mismo. El arte se resiste a ser poseído. Sugiere algo superior, un ser reposando en sí mismo: la cosidad de la cosa.

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